“Todo estaba en llamas”: La pérdida de la civilización en The Road (2006) de Cormac McCarthy

Raymond Williams explica que “en general, civilización se usa hoy para designar un estado o condición consumados de vida social organizada” (59). La palabra refiere, entonces, a un estado que regularmente se considera como “correcto” y, por lo mismo, a un modo de vida normativo. Los discursos civilizatorios suelen sugerir (y demonizar) la existencia de una contraparte “no civilizada”; es decir, la barbarie, lo salvaje. Williams dice que “la civilización, un modo de vida civilizada, las condiciones de la sociedad civilizada, pueden considerarse tan capaces de perderse como de conquistarse” (61). Por ende, toda narración apocalíptica, al partir de la erradicación de la sociedad como la conocemos, ofrece una exploración de la idea de civilización.

El mundo apocalíptico presenta normas morales y de comportamiento distintas a las identificables en nuestra realidad inmediata. Ese nuevo juego de reglas puede implicar el regreso del ser humano a la bestialidad, es decir, a lo visceral, impulsivo, violento, irracional. La novela The Road (2006) de Cormac McCarthy juega con esta idea al partir de un evento catastrófico sin especificar que hace al planeta infértil y peligroso, por lo que la ley de supervivencia se vuelve prioridad. En The Road los humanos se matan entre ellos por recursos, se alimentan los unos de los otros y el principio del homo homini lupus (el hombre es el lobo del hombre) entra en vigencia. Los protagonistas sin nombre, un padre y su hijo, parecen ser los últimos vestigios de una civilización ahora inexistente.

El derrumbe de la civilización trae consigo el derrumbe de reglas sociales y morales que regularme norman nuestra existencia, lo que resulta en peligros en cada esquina, cada casa, cada carretera. El hombre de la novela trata de sobrevivir al mundo, al mismo tiempo que trata de salvaguardar a su hijo, intentando conservar ese pequeño pedazo de humanidad llamado familia (la primer instancia de sociedad) luego del suicidio de la madre quién le espeta a su esposo que, en ese mundo insufrible: “tarde o temprano nos atraparán y nos matarán. Me violarán. Lo violarán a él. Van a violarnos y matarnos y comernos y no quieres aceptarlo. Preferirías esperar a que ocurriera” (McCarthy 56).* La violencia humana, así como el invierno que se avecina, obliga a los protagonistas a emprender una travesía en busca de climas más cálidos: “Estaban avanzando hacia el sur. No sobrevivirían otro invierno aquí” (4). En este sentido, el cataclismo los despoja de hogar, y les priva del sedentarismo “seguro” de la civilización para regresarlos al nomadismo salvaje.

Así, el camino representa un recorrido por una civilización occidental que, en el mundo apocalíptico de la obra, se ha perdido. En varias ocasiones, durante la búsqueda de alimento, el padre encuentra pilares de nuestra cultura (como libros o dinero) y los deshecha porque carecen de valor en ese mundo en el que lo importante es sobrevivir. Así, McCarthy plantea los símbolos hegemónicos como obsoletos, al mismo tiempo que explota sus capacidades evocativas: “Si veían mundos distintos lo que sabían era lo mismo. Que el tren se quedaría allí, erosionándose lentamente por toda la eternidad y que ningún tren volvería a andar jamás” (181). Si el tren representó durante mucho tiempo la idea de progreso, en la novela se convierte en un memento del avance tecnológico, ya no un estandarte de la civilización (piénsese en los Westerns) sino un mausoleo de esa idea.

Asimismo, al haber nacido posterior al cataclismo, el niño no tiene conocimiento de la civilización que el padre echa en falta, y lo cuestiona constantemente:

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De este modo, la figura del joven también sirve para contrastar el mundo pasado con el mundo nuevo. El padre es la encarnación de un contexto cuyos símbolos, mitos, valores y funcionamiento el niño desconoce. Tanto así que el joven se maravilla ante una alacena con comida, una lata de coca-cola o una cascada, cosas que a nosotros podrían parecernos normales: “Podían oler el agua y podían sentir el frío que emanaba de ella. Un banco de piedras de río mojadas. Se paró y miró al niño. Guau, dijo el niño. No podía apartar su vista de ella” (37). Esto es, me parece, un guiño a lo maravilloso en la ciencia ficción, provocado por cosas que se alejan completamente de nuestra realidad inmediata y relacionado regularmente con lo sublime; por ejemplo “naves de combate en llamas en el hombro de Orión, … relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la entrada de Tannhäuser” (Blade Runner 1982). Al volver maravilloso algo simple, McCarthy distancia su novela de la realidad, al mismo tiempo que crea un comentario sobre nuestro contexto contemporáneo.

Por otra parte, el viaje también sirve para explorar la idea de frontera, otro de los pilares de la civilización que consiste en construir diferencias inexistentes a partir de líneas imaginarias en un mapa. En The Road las fronteras no existen: no hay nadie que vele por ellas. Los protagonistas cruzan los “estados” sin saber cuándo o dónde comienza uno hasta que, en cierto punto, el hombre comienza a hallarse cosas escritas en español cada vez con más frecuencia, lo que sugiere un cruzamiento de la frontera nacional, sin aduanas, sin muros. Los espacios dejan de ser cuestión de propiedad privada y de identidad. Padre e hijo tienen la siguiente conversación:

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El cataclismo borra las fronteras entre naciones al mismo tiempo que borra la idea de nación, dando a entender que tanto frontera como nación son construcciones sociales.

Es claro que lo que tenemos en la novela de McCarthy es un derrumbamiento de la simbología occidental pues deconstruye una y otra vez las dicotomías existentes en la civilización. Si el joven simboliza el futuro de la raza humana, también es producto de una sociedad (si se le puede llamar así) inhumana, en la que los sobrevivientes terminan por comerse a los niños, por ser el “eslabón más débil”: “El niño sacudió la cabeza. Ay, papá, dijo. Se volteó y miró de nuevo. Lo que el niño había visto era un infante sin cabeza carbonizado y destripado y ennegreciéndose en el asador” (198). El canibalismo niega la humanidad del otro y lleva gradualmente a la extinción humana; es por ello que el padre intenta rescatar a la “civilización” enseñando al niño valores muy poco vigentes en un mundo en ruinas.

McCarthy utiliza el fuego como símbolo para representar esa civilización salvable, esa esperanza que el padre deposita en el niño. En repetidas ocasiones, le dice que al niño que él carga el “fuego”, ese símbolo prometeico que aparece en la novela casi siempre como sinécdoque del hogar perdido, pero encontrado a ratos, cada que se está a salvo y en familia: “Este es mi niño, dijo. Lavo de su cabello los sesos de un hombre muerto. Ese es mi trabajo. Luego lo envolvió en la cobija y lo cargo hacia el fuego” (74). El hombre y su hijo llevan la llama con ellos y les sirve de protección por las noches. El mundo gris que se cubre de cenizas poco a poco es resultado de la extinción de ese fuego llamado civilización.

Sin embargo, el fuego en la novela también es un peligro que consume el mundo poco a poco:

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El fuego es al mismo tiempo destructor y purificador y la novela de McCarthy parece mostrar las bondades de la civilización, pero también sus dilemas y sus peligros.

Aunque se presente como extraño al inicio, el mundo de The Road termina por ser similar al nuestro. Los protagonistas no son muy distintos a las miles de personas que viajan de un lugar a otro en busca de una vida mejor, huyendo del fuego lento que destruye sus mundos y hallándose en la carretera con peligros inhumanos, producto de esa supuesta lucha contra la “barbarie”. Sin embargo, en medio de esa marea de horrores existen pequeñas fogatas que nos alimentan, nos mantienen a salvo y nos muestran lo que necesitamos saber. A partir de ahí, es nuestro deber tomar decisiones precisas, saber elegir qué, entre lo aprendido y lo enseñado, es parte de una civilización extinta y qué es útil para este nuevo mundo en el que nos ha tocado vivir. Al final de la novela el padre muere y el hijo se despide de él: “Lloró durante un largo rato. Hablaré contigo todos los días, susurró. Y no olvidaré. Luego se levantó y dio la vuelta y caminó de regreso a la carretera” (286). En ese acto simbólico, el hijo deja el pasado detrás y se abre paso al futuro, cargando el fuego y las lecciones aprendidas, siempre avanzando hacia adelante, hacia el futuro, junto a esa flecha llamada tiempo.

*Las traducciones de The Road aquí presentadas son de mi autoría. Sin embargo, la novela sí está traducida al español con el nombre de La carretera y se puede hallar en la editorial DeBolsillo.

Obras citadas:

Blade Runner. Dir. Ridley Scott. Warner Bros. Pictures, 1982.
McCarthy, Cormac. The Road. Nueva York: Vintage, 2006.
Williams, Raymond. “Civilización”. Palabras Clave. Un vocabulario de la cultura y la sociedad. Trad. Horacio Pons. Buenos aires: Nueva Visión, 2003. pp 59- 61)

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