Editorial II: De dictadores y superhéroes

La palabra “poder” ha estado dando vueltas en mi cabeza desde hace un rato. La encuentro en los libros que leo, en las series que me gustan, en la pareja que discute a mi lado en el café, en las lonas de partidos políticos que todavía no terminan por desaparecer y se adhieren al contexto urbano con el mismo principio químico que hace que la tinta se quede en tu dedo por días después de votar. La encuentro, sobre todo, en situaciones que hacen que comience a sentir cierta aversión hacia el concepto mismo.

El dominio hegemónico siempre ha resultado problemático; no sólo porque se suele usar para destruir en lugar de construir (o para construir cosas que destruyen) sino porque además esa autoridad para mandar o influir sobre otros individuos es sumamente frágil. La gente ejerce su poder sin consideración y se le olvida que es una ficción, que nadie lo puede poseer a menos que le sea otorgado por alguien más (ya sea alguna divinidad o un mero mortal), que implica la cooperación de ambas partes y que quien lo da tiene la capacidad de quitarlo.

Curiosamente, la palabra “poder” tiene connotaciones muy variadas; significa también la capacidad de hacer o de ejecutar una acción. Muchas veces las ficciones nos dan el poder de hacer, de inventar y de descubrir aquello que no creíamos posible: jugar un videojuego donde controlas al personaje y no sólo puedes derrotar a los malos sino que tienes superpoderes; ver una película que te permita identificarte con los personajes o la situación y te ayude a sanar; leer algún libro que te haga sentir, llorar, reír y creer de nuevo. En ese sentido, las ficciones también ejercen poder sobre los individuos, pero no se trata de una relación jerárquica, sino de una relación de influencia que permite ser y expresar.

No me queda claro si las ficciones nos dan el poder de hacer y de ser o si éste ya existe dentro de cada individuo y éstas sólo hacen que lo encuentres dentro de ti. Tal vez ha imperado la connotación negativa de la palabra y ya estamos hartos de escuchar de gente que quiere creerse superior a sus iguales. Por suerte, las ficciones están ahí para recordarnos que el poder también es un verbo y una fuerza creadora.

Rebeca Dávalos

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