“Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras”: Respuestas de una comunidad ante la violencia de género en “Las cosas que perdimos en el fuego” de Mariana Enriquez

América Latina es un amplio territorio con miles de riquezas culturales. Patrimonios de la humanidad abundan en la mayor parte del continente americano. Es interesante ser testigo de tantas maravillas culturales cuando al mismo tiempo se está expuesto constantemente a una representación de este gran territorio como lugares de excesiva violencia. No se habla sólo de problemas políticos como las dictaduras en Sudamérica y la gran corrupción de los gobiernos en México; se trata también de los cárteles y la noción de ser países cuyos sistemas jurídicos funcionan en conjunto con estos grupos narcotraficantes. Otra de las características que representa a Latinoamérica, desgraciadamente, es la violencia de género.

Ésta no es una situación aislada de los problemas anteriores; van de la mano y se modifican, pues una comunidad no puede aislar los problemas sociales de los problemas políticos. Mariana Enriquez aborda en su cuento, “Las cosas que perdimos en el fuego”, la noción de violencia de género al introducir dos casos de mujeres que fueron quemadas por sus parejas. Ante la falta de credibilidad por parte de los medios y las autoridades, las mujeres organizan hogueras colectivas con el fin de tomar control sobre sus cuerpos y traer atención ante lo que miles de mujeres sufren. En esta entrada exploro la idea de comunidad por medio de la violencia en el cuento de Mariana Enriquez para resaltar cómo la sociedad actual, al estar inmersa en la inseguridad y la falta de apoyo de las autoridades, recurre a métodos extremos para hacerse escuchar en conjunto.

El cuento comienza con un hecho que pareciera ser aislado, pues a pesar de interrumpir la cotidianidad de las personas nadie parece tomar acciones concretas ante la situación. A modo de periodista, la voz narrativa relata los acontecimientos que llevaron a las mujeres a tomar medidas drásticas ante la violencia de género en el cuento: “La primera fue la chica del subte … tenía la cara y los brazos completamente desfigurados por una quemadura extensa, completa y profunda … le quedaba un solo ojo … En la nuca conservaba un mechón de pelo largo … era la única parte de la cabeza que el fuego no había alcanzado” (Enriquez 185). Al describir el crudo aspecto de la chica, la voz narrativa enfatiza al mismo tiempo cómo reaccionan otros ante su aspecto en el subterráneo:

Al introducir la situación económica de la chica, quien ha sido afectada por un acto tremendamente violento, la voz narrativa alude a los drásticos cambios que ocurren en la vida de la víctima y cómo estos importan poco a la sociedad en la que está inscrita.

La chica del subte se presenta en público como una víctima de violencia doméstica, sin embargo, su actitud resulta desafiante ante su condición: “se vestía con jeans ajustados, blusas transparentes, incluso sandalias con tacos cuando hacía calor. Llevaba pulseras y cadenitas colgando del cuello. Que su cuerpo fuera sensual resultaba inexplicablemente ofensivo” (Enriquez 186). La chica del subte se presenta como lo abyecto en el espacio cotidiano, por lo que el énfasis en su apariencia es esencial para la voz narrativa. Ileana Diéguez afirma que para Julia Kristeva lo abyecto es: “aquello que perturba una identidad, un sistema, un orden, y encuentra en el cadáver el colmo de su manifestación” (29). Con su apariencia, esta chica parece resaltar tanto la belleza física que ha perdido como la realidad con la que debe vivir a diario y hace que los pasajeros encaren su propia realidad también.

La violencia de género, en especial la violencia doméstica, suele verse con tintes de comportamiento esporádico y accidental. Sin embargo, la gran mayoría son intencionales y premeditados, como denuncia el cuento al darle voz a las víctimas. La chica del subte hace un gran hincapié en la falta de justicia hacia su caso, por lo que nombra a su agresor en cada ocasión que mendiga dinero:

La chica del subte denuncia abiertamente a su agresor día tras día como menciona la voz narrativa y el efecto en los pasajeros parece ser sencillamente incomodidad, pues de haber tomado acciones drásticas para ayudarla, quizá no seguiría mendigando dinero ni justicia para su situación.

Al denunciar claramente a su atacante, la chica de subte no niega tener intenciones de dejar a su pareja; ¿acaso esto justifica el acto de violencia? El acto del novio es una práctica muy común, Rita Segato afirma que siempre ha existido una afinidad de nombrar al territorio con atributos femeninos: “el cuerpo, y muy especialmente el cuerpo de las mujeres, por su afinidad arcaica con la dimensión territorial, es, aquí, el bastidor o tableta sobre el cual los signos de adhesión son inscritos” (69). El hecho de quemar a la chica para que “no fuera de nadie más” (Enriquez 186), demuestra una mentalidad que pone a la mujer como un objeto o territorio que puede y debe marcarse. En el cuento se enfatiza que la historia de la chica del subte es sólo su versión de las cosas: “Pozzi dijo que se había quemado sola, se había derramado alcohol en medio de una pelea y había querido fumar un cigarrillo todavía mojada. –Y le creyeron –sonreía la chica del subte sin labios” (Enriquez 186). Este argumento es bastante común en nuestra sociedad, pues no siempre se toma el testimonio de la víctima como lo que en verdad ocurrió. Si bien la voz narrativa afirma que Pozzi fue encarcelado en cuanto la chica pudo hablar, este tipo de violencia se vive de forma constante y en ocasiones las víctimas no pueden hablar más de ello.

El acto de hacer una aparición pública para denunciar algo que ocurre es necesario para la chica del subte, pues sólo de esa forma puede generar conciencia sobre el problema. Diéguez afirma que: “esa acción de la queja, lejos de hacer el dolor ‘incomunicable’, propicia un lugar de encuentro a partir de reconocerse en experiencias de dolor” (24). Al comunicar su dolor, la chica apela, en efecto, a afectar a otros con su historia, pues es la indiferencia hacia su condición la que ha hecho que tenga que mendigar por dinero para poder vivir: “Cuando se iba del vagón, la gente no hablaba de la chica quemada, pero el silencio en que quedaba el tren, roto por las sacudidas sobre los rieles, decía qué asco, qué miedo” (Enriquez 186-187). Cuando la violencia es constante, hasta cierto punto se pierde la sensibilidad ante ello, “se construye un efecto aterrorizante que impedirá responder de manera organizada y colectiva … ayuda a educar a la sociedad en el ejercicio de la anomia y en el debilitamiento de la capacidad de empatía respecto de otros cuerpos sufrientes, es decir, a instalar el principio de crueldad” (Mondragón 14). Al estar expuestos a un ambiente hostil, es difícil mostrarse empáticos o preocupados ante los horribles sucesos del día a día. El silencio en el tren es un reflejo de la sociedad que está acostumbrada a la alta cantidad de violencia que se vive a diario, por lo que un caso, aunque alarmante a la vista, no es suficiente para causar un gran impacto.

Si bien, esto parece ser un hecho aislado dentro de la diégesis, la voz narrativa informa que a éste siguieron otros, cada vez más escandalosos y mediáticos pero que continuaron sin generar acción social: “Hicieron falta Lucila y la epidemia que desató, sin embargo, para que llegaran las hogueras. Lucila era una modelo y era muy hermosa, pero, sobre todo, era encantadora” (Enriquez 188). Al hablar de Lucila como una mujer que no sólo era hermosa sino buena persona, la voz narrativa genera empatía hacia ella. Lucila, al igual que la chica del subte, es quemada por su pareja:

Segato afirma que: “se ‘escribe’ en el cuerpo de las mujeres victimizadas por la conflictividad informal al hacer de sus cuerpos el bastidor en el que la estructura de la guerra se manifiesta” (61). A pesar de no ser el resultado de una guerra contra el Estado, este cuento señala la violencia que se ejerce hacia un grupo específico de la sociedad, que se ve vulnerable e incapaz de actuar ante un enemigo que se disfraza de pareja.

La voz narrativa señala que, a partir de la quema de Lucila, se genera una especie de enfermedad en la que más y más mujeres sufren las consecuencias de la violencia de género: “Hombres quemaban a sus novias, esposas, amantes, por todo el país” (Enriquez 189). La violencia, en lugar de la empatía o la justicia, comienza a extenderse de manera descontrolada en el cuento. Segato desarrolla en su teoría la importancia del cuerpo muerto: “Los cuerpos agredidos son cuerpos frágiles, no son cuerpos guerreros. Por eso manifiestan tan bien, con su sufrimiento, la expresividad misma de la amenaza truculenta lanzada a toda la colectividad” (61). Ante la falta de respuesta social y la falta de confianza en las víctimas, las mujeres comienzan a hacer hogueras colectivas en las que se queman a sí mismas: “Por eso, cuando de verdad las mujeres empezaron a quemarse, nadie les creyó” (Enriquez 189). Diéguez aborda este tema cuando habla sobre la formación de comunidades después de un asesinato: “Las prácticas de duelo están inevitablemente vinculadas a los acontecimientos de muerte violenta … dejando incluso traumas en torno al acontecimiento real de la muerte” (26). Las mujeres hacen una comunidad con base en una violencia que muchas han sufrido para mostrar empatía con ellas.

La forma en que estas mujeres organizan hogueras para quemarse colectivamente podría corresponder a un acto de resistencia que empata con el concepto de communitas del dolor que Diéguez propone:

Las mujeres en el cuento reflexionan sobre las consecuencias de constantemente encontrarse con noticias de mujeres quemadas, en especial después de un caso violento que involucra a una madre y su hija: “El padre, antes de suicidarse les había pegado fuego a madre e hija con el ya clásico método de la botella de alcohol. No las conocían, pero Silvina y su madre fueron al hospital para tratar de visitarlas o, por lo menos, protestar en la puerta; ahí se encontraron. Y ahí estaba también la chica del subte” (Enriquez 190). Este trágico escenario es, incluso, una forma en la que madre e hija encuentran una especie de reconciliación al tener intereses comunes por llorar a estas víctimas.

La comunidad que forman estas mujeres al organizar las quemas colectivas no pretende otorgar un estatus de jerarquía entre las mujeres que deciden quemarse, aquellas que no y aquellas que cuidan de las mujeres quemadas. Las mujeres inician protestas para exigir un alto ante la violencia y, sin embargo, no son escuchadas: “había varias mujeres de más de sesenta años; a Silvina la sorprendió verlas dispuestas a pasar la noche en la calle, acampar en la vereda y pintar sus carteles que pedían BASTA BASTA DE QUEMARNOS” (Enriquez 190). Ante la creciente violencia, la chica del subte afirma que: “Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las mujeres van a ser como yo, si no se mueren … Una belleza nueva” (Enriquez 190). La forma en la que las mujeres hacen visible el dolor y la condición de otras consiste en unirse a ellas ante una situación de violencia constante, como explica Diéguez: “Hacer del dolor individual una experiencia colectiva es la premisa para pensar la posibilidad de una ‘comunidad moral’ … conformar –aunque sea efímeramente–  un cuerpo en el que mi dolor pueda comunicarse con el dolor del otro” (24). Este intento de comunidad en el cuento se relaciona con la teoría de Diéguez al formarse fuera de un ámbito legal e incluso en contra del estado: “ahora que había una hoguera por semana, todavía nadie sabía ni que decir ni cómo detenerlas, salvo con lo de siempre: controles, policía, vigilancia” (Enriquez 189). Las mujeres en la historia están hartas de esperar respuesta de las autoridades y recurren a otros métodos retomando la reflexión de la chica del subte.

De manera extrema, los personajes femeninos en el cuento hacen de la realidad de muchas mujeres una realidad propia al saltar a las hogueras que ellas mismas organizan para resaltar el problema acrecentado de violencia de género: “Las quemas las hacen los hombres, chiquita, Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices” (Enriquez 192). Las mujeres hacen albergues en sus casas para atender a aquellas que han decidido quemarse y necesitan atención médica: “La torta era para festejar a una de las Mujeres Ardientes, que había sobrevivido a su primer año de quemada. Algunas de las que iban a la hoguera preferían recuperarse en hospitales, pero muchas elegían centros clandestinos como el de María Helena” (Enriquez 192). Diéguez afirma, como se ha dicho anteriormente, que se puede crear comunidad a parte de un dolor común, una comunidad de dolor (23-24). Estas mujeres reconocen un mal común que amenaza sus vidas diariamente, la violencia de género que ha llegado a formas altamente peligrosas: “la rapiña que se desata sobre lo femenino se manifiesta tanto en formas de destrucción corporal, sin precedentes, como en las formas de trata y comercialización de lo que estos cuerpos puedan ofrecer, hasta el último límite” (Segato 58). Las acciones que toman amenazan sus vidas, pero entre estas mujeres hay un compromiso de cuidado mutuo y de hacer público un problema social y de género.

El cuento de Mariana Enriquez, al igual que la colección que lleva el mismo nombre, es una forma de denunciar a través de la literatura los horrores a los que está expuesto hoy en día un individuo, en especial una mujer, en América Latina y, sin duda, en el resto del mundo.

Bibliografía:

Diéguez, Ileana. Cuerpos sin duelo. Iconografía y teatralidad del dolor. Córdoba: Ediciones DocumentA/Escénicas, 2013.

Enriquez, Mariana. “Las cosas que perdimos en el fuego”. Las cosas que perdimos en el fuego. Barcelona: Anagrama, 2016.

Mondragón, Rafael. “El cuidado de la palabra en tiempos de violencia expresiva. Reflexiones sobre los filólogos populares de América Latina y sus prácticas de acción cultural”. En prensa.

Segato, Rita Laura. La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de sueños, 2016

 

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