Ghost in the Shell (2017): el agua y la búsqueda identitaria

La película Ghost in the Shell (2017), dirigida por Rupert Sanders, nos enfrenta con una sociedad en el futuro cuya principal característica es la posibilidad de “mejorar” el cuerpo con agregados cibernéticos, además de la capacidad de tener acceso a la memoria por medio de dispositivos electrónicos. Esto ya de entrada presupone un cuestionamiento que es característico de la ciencia ficción: la exploración de lo que significa ser humano y sus límites. En este sentido, la protagonista del filme que analizaré a continuación es la encarnación de esta problemática. La Mayor (Scarlett Johansson) es un personaje que no tiene identidad, al ser producto de un experimento que busca borrar los recuerdos de la mente humana y combinar sus capacidades de intuición e instinto con cuerpos sintéticos, utilizados para el combate. La evolución del personaje en esta búsqueda del Yo puede entenderse por medio de un análisis de los elementos líquidos dentro del filme, los cuales están enteramente relacionados con las nociones de memoria, identidad y cuerpo.

El principio del filme resulta primordial para entender esta problemática ya que representa la muerte de una identidad y el nacimiento de un cuerpo mecanizado para el combate y una mente pura, sin recuerdos. En la primera secuencia, vemos a un grupo de individuos pertenecientes a la compañía Hanka Robotics llevando en camilla a una chica japonesa (Motoko Kusanagi) hacia lo que se intuye es una especie de hospital o sala de operaciones. La secuencia nos lleva entonces al momento en que un cerebro está siendo conectado a un esqueleto robótico en lo que parece ser un tanque de agua. Este simbólico inicio marca la reencarnación de la Mayor a un presente sin pasado y sin identidad; el agua como elemento de transformación puede entenderse como la metáfora del vientre materno y el nacimiento de un nuevo individuo puro, aunque en este punto el proceso del “parto” sea completamente artificial.

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© Paramount Pictures

La noción de un individuo purificado y sin memoria queda representada en el blanco del líquido de donde surge la Mayor. Dicha noción se enfatiza más adelante en el filme con los diversos comentarios que el personaje Batou (Pilou Asbaek), agente del mismo sector que la Mayor, le hace a la protagonista sobre la pureza de su mente.

Sin embargo, este nacimiento artificial resulta problemático ya que su propósito es el de la creación de un híbrido humano-máquina (mejor conocido como cyborg) sin memoria ni libertad y entrenado para el combate, cuya finalidad principal es de naturaleza bélica. El conflicto identitario que aqueja y caracteriza a la protagonista se refiere a la ausencia de recuerdos que le permitan conectarse al presente en el que se encuentra. Su mente humana sólo sirve para utilizar sus instintos en situaciones de peligro y tener un juicio sobre el bien y el mal. La ausencia de recuerdos la llevan a autocuestionar su humanidad e incluso llegar a identificarse más con otros robots que con las personas. La tensión de este conflicto estalla cuando Kuze (Michael Pitt), producto imperfecto en comparación con la Mayor, empieza a hackear las mentes de algunos personajes para obtener información relacionada con el experimento que llevó a la creación de los cyborgs. La Mayor logra rescatar uno de los cuerpos robóticos de una de las Geishas utilizadas para obtener la información y decide sumergirse en los recuerdos de ésta para localizar a Kuze.

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© Paramount Pictures

Esta sumersión en los recuerdos de la Geisha no sólo resulta en la localización (equívoca) de Kuze sino que despierta en la Mayor ciertas imágenes que estaban encriptadas en su memoria; la idea de el agua en relación con la identidad y la mente se nos vuelve a presentar pero ahora con tonos oscuros que nos refieren a un subconsciente al que la Mayor hasta ese punto no tenía acceso. Lo líquido en relación con la memoria y la identidad también queda representado por medio de la medicina que la Mayor comienza a inyectarse en la nuca para suprimir sus recuerdos. La Dra. Ouelet (Juliette Binoche) trata de eliminar por medio de esta medicina todos los “errores” que empiezan a aparecer en la mente de la Mayor, quien más adelante, en una conversación que tiene frente a frente con Kuze, descubre que son vestigios de recuerdos de su vida pasada.

En dicha conversación, Kuze le menciona que ella no es la única Cyborg que Hanka Robotics creó, sino que hubo intentos fallidos anteriores. Esto causa en la Mayor (quien es capaz de discernir entre el bien y el mal) un conflicto interno en el que se siente utilizada e incluso parte de un proyecto inhumano, en el que múltiples vidas han sido sacrificadas. La Mayor decide abandonar la organización e ir en busca de Kuze para obtener más respuestas. Antes de empezar su rastreo, nos encontramos con que la mayor entra en contacto con otro elemento líquido, esta vez natural.

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© Paramount Pictures

La Mayor se sumerge en el mar de Tokyo y al regresar a la superficie, Batou la espera en un bote. Él le pregunta por qué le gusta sumergirse en el agua y ella le contesta que es lo único que ella conoce que “se siente real”. Este diálogo es clave si lo pensamos en relación con lo acuático y la idea del agua como origen: no se trata solamente de un elemento de transformación como en el caso de la primera secuencia del filme, sino de una confirmación de su naturaleza humana y un retorno a su pasado como Motoko, representada en este surgir del agua oceánica, en este nacimiento natural y en el resurgir de una identidad suprimida. No es casualidad que este suceso sea seguido por la recuperación de sus recuerdos y su pasado. Motoko es vista como una amenaza por el dueño de Hanka Robotics ya que ha recuperado su autonomía y conoce el secreto de los 98 intentos fallidos realizados antes de su exitosa creación. Este hombre la captura y decide aniquilarla por medio de una inyección letal. Él ordena a Ouelet que lleve a cabo el procedimiento pero ella, en lugar de inyectarla con el líquido letal, decide restaurar sus recuerdos por medio de otra inyección. Este líquido que contiene sus recuerdos se relaciona, entonces, con el regreso a la superficie representado en la secuencia anterior. La Mayor resurge de las aguas oceánicas profundas con su antigua identidad, preservada en el fondo de su subconsciente.

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© Paramount Pictures

Al final de la película, sin embargo, Motoko decide permanecer como la Mayor y seguir dentro del sector al que pertenece. Una de las frases con las que se cierra la película es “nos aferramos a nuestros recuerdos como si éstos nos definieran, pero lo que nos define son nuestras acciones”. Esto representa una negación del pasado recién redescubierto que quizás sea un fallo dentro de la coherencia narrativa que no existe dentro de la versión animada: en ella, Motoko es perseguida y su cuerpo queda destruido tras la batalla con el tanque; es Batou quien la rescata y le construye un cuerpo nuevo, el cual es el de una niña, elemento que enfatiza la idea de renacimiento y que cuestiona la posibilidad de tener una identidad estable dentro de esta sociedad que propicia y facilita los mejoramientos corporales. Sin embargo, a pesar de las palabras de la Mayor, la película sí apunta a la necesidad de conocer nuestro pasado para poder vivir en el presente. La idea de una identidad sin origen es simplemente imposible y es sólo cuando la Mayor conoce su pasado que puede decidir qué hacer con su presente.

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