Brooklyn (2009) de Colm Tóibín: la transformación del cuerpo migrante

Brooklyn (2009), del prolífico autor Colm Tóibín, narra la historia de una joven irlandesa llamada Eilis Lacey quien, durante su viaje migratorio hacia el nuevo mundo —Estados Unidos a mediados del siglo XX—, logra crearse una identidad binacional. Lo notable dentro de la novela de Tóibín es que dicho proceso identitario se refleja mediante el impacto que la travesía imprime en el cuerpo de esta jovencita. La trama es impecable y podría leerse incluso como una novela de formación, es decir, una novela donde se narra el crecimiento de un personaje ante una o varias problemáticas, y que finalmente, al superarlas, lo puedan insertar dentro de la sociedad. Así, tenemos a una chica que tiene que emigrar a otro país para poder obtener recursos (dinero) que le ayuden a ella y a su familia (que se queda en Irlanda) a tener una vida mucho más cómoda (ya que la sociedad irlandesa representada dentro de la novela asemeja las inequidades socioeconómicas por las cuales pasó la sociedad irlandesa histórica durante el siglo XX). Eilis llega a una sociedad cuya única semejanza con su cultura en cierto grado es el idioma que se habla; y ya en Brooklyn, Nueva York la única conexión que tiene con Irlanda es la señora Kehoe, dueña de la casa donde reside Eilis y oriuda de Wexford.

Dentro de la novela existen dos instancias por las que el cuerpo de Eilis Lacey sufre cambios que reflejan paralelamente su ingreso o transgresión dentro de la naciente sociedad neoyorkina del siglo XX. La primera es el viaje en barco de Irlanda a Estados Unidos que en sí mismo simboliza el desapego —un tanto obligado y no— de Eilis con su madre y su hermana. Y digo “un tanto obligado y no” debido a que, como es bien sabido, la migración nunca deviene de la pasividad; es decir, los movimientos demográficos siempre nacen de una búsqueda por mejorar las oportunidades que alguien tenga en su vida. En este caso, Eilis, ante la disyuntiva que se le ha sido impuesta a tan temprana edad, se ve coercionada indirectamente por las reglas sociales para poder sacar a su madre y hermana adelante. Por una parte, su madre no puede emigrar debido a que es mayor (lo que nos deja ver un poco la forma en que la edad muchas veces se percibe como una restricción para poder moverse libremente), y su hermana Rose no puede separarse de Irlanda debido a que ella es quien cuidaría de su madre adulta:

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Entonces, Rose se percibe erróneamente como una mujer soltera que no ha podido cumplir con la función que la sociedad ha impuesto sobre ella (ser madre y esposa) debido su edad. Así, Eilis se ve orillada a dejar su hogar; y la única forma en que puede hacerlo es mediante el barco a la isla Ellis.

En la actualidad, se tiene una visión idealizada de lo que implican los barcos. Pero a mediados del siglo pasado, y de la forma en que lo narra Tóibín, el viaje en barco no era sino una verdadera odisea. La poca gente que se atrevía —y se atreve— a tomar un riesgo mediante la migración tenían —y tienen— que soportar un viaje desgastante, tanto física como emocionalmente. En Brooklyn, emocionalmente hablando, Eilis tiene que romper con las dinámicas sociales irlandesas para poderse adecuar así más o menos dentro de una sociedad que no conocía. Dejó su pequeño pueblo para llegar a la imponente Nueva York. Ya en el barco, Eilis se encuentra en un cuarto angostísimo con un baño compartido con otros migrantes del viejo continente, lo que la orilla a llegar a un estado de tanta presión emocional y física que su cuerpo no resiste más y expulsa (por medio de sus fluidos corporales) el miedo y la incertidumbre que el viaje ha cargado sobre ella:

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Después de cenar en el comedor del barco, Eilis vomita, defeca y llora y suda como si su transgresión hacia una mejor vida requiriera de algún sacrificio humano. Deshecha una gran parte de sus fluidos corporales para poderse liberar de los restos de Irlanda que tenía dentro de ella y poder asimilarse a la cultura estadounidense.

La segunda instancia es una por la que pasa una vez que la joven se ha circunscrito a las dinámicas sexoafectivas en Brooklyn; es decir, justo cuando Eilis decide entablar relacione sexuales con Tony (el apuesto italiano del cual se enamora). En dicho acto, no sólo expulsa la parte de sus fluidos corporales que le restaban, sino que también experimenta eso que no consiguió hacer antes de salir de Irlanda, ese deseo de ejercer y experimentar con su sexualidad. Al momento de entablar el coito con Tony, esa parte estadounidense que se había estado construyendo finalmente se solidifica y se convierte en real; no solamente porque se encuentra en Brooklyn cuando sucede el acto, sino que también debido a la multiculturalidad doble que representa Tony. Como primer nivel de multiculturalidad está la binacionalidad que tiene el italoamericano; y como segundo nivel está la multiculturalidad que en sí mismo refleja Tony ante los ojos de Eilis. Ella no entabla relaciones sexuales con un norteamericano cuyos padres fueran nativos de dicho país, sino que por azares del destino (o de la voz autoral) Eilis termina con alguien cuya experiencia migrante ha sido fundamental para la construcción de su identidad.

Finalmente, Eilis Lacey atraviesa una montaña rusa de emociones; va desde un punto bajo en Irlanda, hasta un punto mucho más cómodo en Brooklyn, para así regresar al fondo cuando vuelve a su tierra natal por el funeral de su hermana y de vuelta a la estabilidad de su nueva vida. Ciertamente, Colm Tóibín se encargó de embellecer la narrativa con la prosa que caracteriza las novelas de este autor; pero dejando de lado el romanticismo y la idealización que un nuevo comienzo en un nuevo país podría traer potencialmente a cualquier migrante, miles de personas se ven obligadas en contra de su voluntad a desplazarse de su país natal. Fríamente hablando, Brooklyn cumple con ciertos aspectos que la definen como una novela de formación, o una novela romántica, o una novela histórica; incluso fue adaptada a una cinta que recibió varias nominaciones al Oscar (cinta que, a mi parecer, deja de lado a muchas otras películas románticas que han sido sobrevaloradas a lo largo de los años). Al final del día, el arte —como las novelas y los filmes— se crea, entre muchas otras cosas, para poder disociarse un poco de la realidad que nos rodea de pesadumbre y melancolía.

Pero lo que no hay que olvidar es que muchas de las personas que tienen que dejar sus hogares por la guerra, pobreza, hambruna, violencia, y otros fenómenos socioculturales, merecen la oportunidad de que se les escuche, más allá de cualquier narrativa esperanzadora que se pueda presentar en sus vidas. Los migrantes merecen que su voz sea escuchada sin ninguna narrativa barata impuesta sobre ellos por los medios que buscan vender una nota, olvidando que todos los migrantes son humanos antes de ser desplazados, humanos que merecen que las razones por las cuales han sido obligados a desplazarse sean analizadas y resueltas dentro de un espectro multinacional, humanos que pasan frío, hambre y dolor en durante la travesía.

Aún así, el cuerpo es el único bien que todos los migrantes poseen.

 

*La imagen destacada fue tomada por Jessie Jenkinson (IG: @jenkinsonx5 / Web: http://www.jessiejenkinson.co.uk/)

 

Bibliografía:

Tóibín, Colm. Brooklyn. Scribner : Nueva York, 2009. EPUB.

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