Narcos México (2018): Representación y moral mercantilizada

Partiendo de la práctica moderna de los servicios de streaming, cuya normalidad recae en realizar una serie sobre cualquier cosa, tema o hecho, encontramos la inevitable pero necesaria serialización del narco; tal es el éxito contundente de cuatro temporadas producidas por Netflix, reflejado en el contenido consumible de esta representación propagada globalmente. Si bien Narcos (2015 – presente) esta no es la única “narcoserie” existente sobre personajes o hechos verdaderos, la atención se torna hacia esta saga debido a sus propósitos estéticos-mercantiles y a sus implicaciones representativas alrededor de la magnitud del proyecto por parte de los medios estadounidenses. Como tal, la producción de series pasadas se contrasta y eclipsa ante el presupuesto elevado por el que se pretende contar porvenires del narcotráfico, eventos y realidades ficcionalizados que buscan validez más allá de lo que una dramatización pueda delimitar. La serie Narcos es un producto “peligroso” puesto que la puesta en escena consolida un sin fin de matices del universo del narcotráfico donde los discursos manejados cuentan una ficción con preferencias hacia un tipo de moral e industria específicos que se difuminan ante la realidad “auténtica” que presumen tener con sutileza, ya sea con su estética o dramatizaciones que conllevan un discurso inherente. ¿Quién la produce y bajo qué fin? A fin de cuentas, detrás de todo lo presentado hay un realizador operando una industria mercantil de entretenimiento.

©Netflix
©Netflix

Iniciada bajo el foco recurrente de Pablo Escobar (Wagner Moura) en las primeras dos temporadas, la serie aborda la figura del narco a partir de una estética exquisita y un discurso unilateral con pretensión de objetividad. Si bien resaltan la participación tanto policial como “criminal”, la narración y presencia activa anglosajona de Steve Murphy (Boyd Holbrook) en la plenitud de los capítulos se convierte en el peso por el que la obra se adjunta inherentemente al discurso institucional de Estados Unidos al igual que su sentido ético. Sin embargo, cabe resaltar la notoria pretensión de autenticidad dentro de la ficción a través de los personajes latinoamericanos hablando español al igual que el uso de material de archivo (fotos, reportajes, videos) relacionado a los hechos que presenta la serie.  

Las temporadas siguientes, enfocadas en el cartel de Cali (luego del descenso de Escobar) y el cartel de Guadalajara, repiten esta fórmula narrativa bajo la exploración de personajes poco resaltados, mas no carentes de importancia. El narcotráfico representado se muestra como una vida llena de lujos, violencia y principalmente cocaína ─que los agentes “gringos” parecen buscar más que otra cosa en la totalidad de la serie y lo que Eric Newman, productor ejecutivo de la serie, ha explicitado como el personaje principal de toda la saga─.

Narcos. Diego Luna
©Netflix

Ahondando sobre esta última temporada, Netflix toca el tema del narcotráfico mexicano añadiendo a Miguel Ángel Félix Gallardo (Diego Luna) y Rafael Caro Quintero (Tenoch Huerta) a su repertorio de personajes. Reconocidos sinaloenses por iniciar la infraestructura más grande del narco en el país a través de la creación del cartel de Guadalajara, su representación comienza en 1980, donde se levanta el susodicho “imperio” a la par de la investigación de Kiki Camarena (Michael Peña) por parte de la Drug Enforcement Administration, mejor conocida como DEA. El elenco complementario tan lleno de talento mexicano como José María Yazpik, Joaquín Cosío, Teresa Ruiz, Tessa Ia y Andrés Almeida, por nombrar algunos, agrega a la impresión de “calidad” por la que Netflix parece caracterizarse.   

Narcos México, en un sentido primitivo, se puede considerar como un producto mercantil de Netflix ya que genera plusvalía al comercializar el universo compartido de narcos “ficticios”. Sin embargo, también suscita a una conciencia histórico-social de un tema poco tratado en los usuarios suscritos al servicio de streaming, asumiendo que estos son la mayoría. He aquí la polémica de la serie y las múltiples aristas posibles a tratar. ¿Cómo abordas temas de venta de cocaína que ha afectado a un sinfín de gente bajo un discurso unilateral? La serie responde y pretende una autojustificación al mostrar la “complejidad” del personaje del narco. Félix Gallardo, a fin de cuentas, es un empresario que sin importar lo que comercie o la magnitud de sus acciones violentas posibles, mantiene un éxito meritocrático ad hoc con su persona. Apreciamos su ascenso al poder por mano propia, su forma de adentrarse al mundo del narcotráfico empezando por la marihuana y su reputación consolidada una vez que comercia “coca” y las cantidades de dinero que le deja. Por otra parte, Caro Quintero se muestra como un campesino romántico que daría la vida ya sea por su producto ─la planta de marihuana sin semilla─ o su amante “Sofía”, omitiendo la realidad de sus actos en favor del pueblo y su apodo notorio como el “Narco de Narcos”.

Narcos. Temporada 4
©Netflix

Sobre esta exotización, entendida como la apropiación de la práctica o figura ajena que impone un discurso, los medios estadounidenses dejan en claro su admiración empresarial hacia los personajes. A fin de cuentas los protagonistas de estas series tienen suficiente dinero para despilfarrar en mansiones, mujeres, guaruras e inversión internacional cual vil empresa privada sin impuestos lo permite. Sin embargo, el código moral por el que la serie se rige se muestra a partir del antagonismo heróico que (re)presentan los agentes estadounidenses. Las instituciones locales, según el recuento ficticio, no terminan de captar lo necesario para aprehender a los individuos que transgreden las normas cívicas. A fin de cuentas esas figuras llenas de lujos generados por el dinero ilegal tocan el territorio “americano”.

Acompañado del discurso moralizante en torno al dinero, ya sea de manera consciente o inconsciente, la serie conlleva el trasfondo de ser un producto de entretenimiento. Dejando de lado el sabor de boca que deja la estampida ideológica sobre la ineficiencia de las instituciones latinas, el mensaje estético es un conglomerado de eficiencia narrativa junto con su manipulación emocional eficaz. A través del sonido, fotografía y edición (más que actuación) tienden a comunicar exactamente lo que quieren a partir de un juego discursivo de sutileza. Desde los balazos y disparos emocionantes de tomas largas hasta el melodrama con música extradiegética que acentúa las actuaciones en momentos de “desesperación”, la estética de Narcos en sí es una joya desmenuzable en la que los planos mantienen un nivel de consciencia sobre los parámetros necesarios de ritmo e información para el espectador.  

Sin embargo, el rol que juega el material de archivo en contraste con la ficcionalización de los hechos se utiliza para agudizar sobre eventos que conciernen más a la DEA que a los involucrados nacionales. Los medios que se muestran una vez que se encuentran los sembradíos de marihuana en el norte y el fallecimiento de Kiki Camarena son puramente noticieros anglosajones destacando la ineptitud del gobierno de México para arrestar a Caro Quintero, pero no vemos el punto de vista mediático mexicano.

Narcos. Noticiero
©Netflix

Finalmente la “peligrosidad” de la serie recae en la exposición no cuestionada por parte del espectador sobre el tema delicado que se toca. Mientras que el apodo de “Narco de Narcos” era el predeterminado para Caro Quintero, Netflix transgrede una barrera conceptual para sus usuarios y espectadores al apropiarse del término de “Narcos”, donde ese “Narco de Narcos” puede referir a uno de los tantos narcos de la serie. De igual forma resalta la asociación que se hace del narcotráfico bajo especificidades de sus cuatro temporadas. Si lo que vemos son reproches a los actos de gente primordialmente guapa que trafica cocaína con fines lucrativos-hedonistas a partir de las ganancias, la representación evocada funciona bajo la reiteración unilateral de un discurso moralista en contra de la transgresión cívica.   

A todo esto no queda más que discutir la serie como pretensión de una búsqueda dialógica de la verdad detrás de la ficción; no sobre eventos concretos históricos ni reproches recíprocos sobre la institución creadora de la narrativa en pantalla, sino como diálogo en búsqueda de esas aristas por las que encontramos discursos incómodos en una presentación rica en su manejo de espacio y tiempo, donde el repensar de los actos estéticos se vuelve un ejercicio activo de consciencia social e individual, todo a través de lo que los Narcos nos dicen y no nos dicen.

Rodrigo Urbina

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