Love, Simon (2018) ©20th Century Fox

¿El dolor nos hace más fuertes?: Un acercamiento comparativo al impulso narrativo en Love, Simon y Alex Strangelove (2018)

¿Por qué será que siempre quieren vernos sufrir?

En 2018 se estrenó un filme que causó revuelo no solo por su temática, sino también por el eslogan con el que se anunciaba: “Todos merecemos una gran historia de amor”. Dirigida por Greg Berlanti, Love, Simon (Yo soy Simón en México) prometía llenar ese espacio arcoíris en la cartelera popular del cual nadie había querido hablar desde 2017 cuando se estrenó Call Me by Your Name. El filme, apuntado dentro del género del romance, apelaba ─mediante los adelantos y el eslogan antes mencionado─ a dos cuestiones primordiales. La primera era que esta película trataba la historia de cualquier otro chico estadounidense en la secundaria; y la segunda era que todos ─absolutamente todos─ merecemos una historia de amor como las que refleja el séptimo arte.

Brevemente, Love, Simon trata sobre, claro, un chico llamado Simon (Nick Robinson) que asiste a la escuela pública, tiene amigos como cualquier otro chico de su edad y se enamora de alguien. De otro chico. Hasta aquí, la película sigue el mismo esquema que cualquier romance del tipo “chico conoce a chico”. No es sino hasta que uno ve el filme que se da cuenta que Yo soy Simón, en realidad, también funciona como una película de formación (o sea que narra el crecimiento de un personaje ante las vicisitudes de la vida). Pero el crecimiento de Simon no es cualquiera, es un crecimiento que está relacionado directamente con su identidad y con su aceptación de él mismo como un joven homosexual. El problema viene –desde mi punto de vista– de la perpetuación del dolor (emocional o físico) como el único impulso narrativo que tienen algunos objetos culturales contemporáneos para la representación de una trama de interés queer (y homosexual, en específico).

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Love, Simon (2018) ©20th Century Fox

Sí, es entendible que el dolor es parte de la vida real, y claramente tiene que ser parte de la vida representada en la ficción para crear una problemática que pueda agregar conflicto al desarrollo de cualquier trama. Pero lo que pongo en tela de juicio es el porqué de la perpetuación del dolor en relación con el crecimiento o aprendizaje de personajes diversos como un régimen por el cual deben de pasar para poder acceder a la felicidad o al amor. En ese sentido, Love, Simon presenta el dolor como un único motor narrativo en forma del sabotaje que sufre el proceso de autoidentificación de Simon (o coloquialmente conocido como “su salida del closet”). En la película, Simon empieza a entablar una relación afectiva (amistosa, primeramente) con otro miembro de su comunidad estudiantil que ha salido del clóset mediante un blog. Este chico se refiere a sí mismo como Blue (Keiynan Lonsdale) para que nadie lo ubique fuera del mundo digital. Las “vicisitudes de la vida” ─como lo he mencionado con anterioridad─ toman la forma de un compañero taimado y ventajoso que descubre los correos en los que Simon mantenía comunicación con Blue; Martin (Logan Miller), compañero de clases del protagonista, lo amenaza con exponer sus correos ─y por ende sacarlo del clóset─ si no lo ayuda a relacionarse amorosamente con su amiga Abby (Alexandra Shipp). El proceso de aprendizaje de Simon ocurre debido al dolor que le trae la revocación de la libertad para poder decidir cuándo autoidentificarse públicamente como gay. Este es precisamente el momento donde la inserción de un juicio externo, opresor y no requerido para Simon le obliga a tomar la decisión de ceder a las amenazas de Martin en aras de que éste no cuente a la escuela que en realidad es homosexual. Como era de suponerse, Martin no mide las consecuencias de sus amenazas y obliga a Simon a seguir mintiendo a sus amigos e incluso prolongar la cadena de dolor hacia éstos debido a que, para ayudar a Martin, Simon confunde a Abby y a Nick (Jorge Lendeborg Jr.) para que piensen que no se gustan entre sí.

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Love, Simon (2018) ©20th Century Fox

Del otro lado, tenemos Alex Strangelove (2018) que narra, igual que Love, Simon, el proceso de aprendizaje y crecimiento de un protagonista diverso. Estrenada únicamente para el servicio de streaming Netflix, la película dirigida por Craig Johnson cuenta la historia de Alex Truelove (Daniel Doheny) y su autodescubrimiento identitario después de conocer a un chico que vino a desestabilizar su realidad. Aquí, el personaje principal empieza la narración explicando que tiene una novia llamada Claire (Madeleine Weinstein) de la cual está muy enamorado y la trama gira en torno a ─precisamente─ las implicaciones que conlleva, tanto para Alex como para Claire, la inserción de Elliott (Antonio Marziale) dentro de la vida del joven confundido.

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Alex Strangelove (2018) ©Netflix

Pero, a diferencia de Love, Simon, en Alex Strangelove la trama progresa a partir del proceso de autodescubrimiento de Alex en relación con su identidad sexual sin que tengan que ver agentes terceros a su proceso de crecimiento. En contraste con Love, Simon, en el filme de Netflix el dolor emocional ─propio o ajeno─ no es el detonador para que Alex tome decisiones. El joven Truelove tiene presente el impacto y el amor que siente y ha sentido por su novia, y sabe las repercusiones que cuestionar su identidad sexual traería a la joven; pero Alex ─a diferencia de Simon─ considera todas las posibilidades y las opciones. Por un lado, tiene a Claire, su novia que ama y respeta totalmente y con quien ha tenido una amistad desde hace tiempo; por otro lado tiene a Elliott, quien promete llenar ese extra que parece faltarle a su relación con Claire.

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Alex Strangelove (2018) ©Netflix

Contrastando el filme de Johnson con el de Berlanti, el primero se vale de la comedia y no del excesivo uso del drama para poder dejar un punto muy en claro: cualquier persona merece una gran historia de amor. Alex nunca se define a sí mismo como gay o hetero, el simplemente sabe que está mucho más feliz con Elliott que con Claire, sin dejar de lado los sentimientos de su ahora exnovia. En Alex Strangelove, el dolor se convierte en un sentimiento personal que no requiere trastocar la vida de otros sino sólo la de Alex. Él asimila su lucha y el dolor  interiormente ─claro que con ayuda de su mejor amigo Dell (Daniel Zolghardi)─ para poder evitar que Claire pase por el dolor emocional que implicaría perder a un novio de años.

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Alex Strangelove (2018) ©Netflix

Finalmente, queda claro que ambos filmes tienen problemas de representación (como el hecho que ambos protagonistas son blancos y de clase media-alta), pero el punto de una crítica va más allá de mencionar en qué aspectos un producto está mal. Tanto Love, Simon como Alex Strangelove tienen acercamientos diferentes al proceso de autoconocimiento que implica la identidad gay ─y la identidad queer, o falta de ésta, para tal caso─, pero el problema central al que tienden los objetos culturales que buscan representar una narrativa diversa es precisamente que perpetúan y normalizan la idea de que debe de existir cierto dolor al identificarse como gay. Y entonces, cuando una película como Love, Simon se empeña en argumentar que “todos merecemos una gran historia de amor” como la que representa dicho filme, no queda más que preguntarse: ¿en serio quieres vivir una historia de amor como la de Simon? ¿De verdad alguien en su sano juicio querría pasar por tres años de suplicio por abuso y homofobia constante que implica estudiar la secundaria o preparatoria para poder acceder al amor y a la felicidad? ¿En serio se tiene que sufrir tanto como lo demuestran las películas? ¿O es simplemente que los autores y directores heterosexuales nos han hecho creer –desde su perspectiva opresora– que únicamente valemos y podemos ser dignos de un amor y una relación no tóxicos a través de un proceso inhumano de dolor?

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