Relatos desde el fin del mundo: el caos y el duelo en Los Caminantes (2014)

Detrás de las creaciones literarias se entrevé la necesidad de los humanos por ordenar el caos irreparable con el que la vida nos sacude a diario. La literatura, las ficciones, son la representación de un universo esclarecido donde los actos de los personajes tienen, a diferencia de en el mundo real, un lugar definido en la cadena del tiempo: son causa y consecuencia, acción y reacción, principio y fin.

Nuestra memoria está viciada por ese esquema de representación realista. En la mente humana se produce una serie de operaciones por las cuales nuestros recuerdos están vinculados los unos con los otros en una red de relaciones lógicas, de manera que llenamos los vacíos que pueden existir y asumimos que la información que tenemos es una totalidad. Entonces, nuestra versión subjetiva de las cosas se solidifica, haciéndonos creer que esa es la versión oficial de los hechos, la más cercana a la realidad.

Sin embargo, hay una constante creciente en la creación literaria que pone en duda la capacidad que tiene el esquema tradicional de narración para dotar de sentido cierto tipo de experiencias. Pensemos en una hecatombe, desde su acepción más literal (una catástrofe, un apocalipsis) hasta la más individualizada (una pérdida, un duelo). ¿Cómo debemos representar las experiencias cuyo entendimiento nos rebasa por completo?, ¿cómo hacer un relato coherente de aquello cuya coherencia se nos escapa todavía? Fácil: no lo hacemos.

Sobre esta premisa se erigen Los Caminantes, obra apocalíptica y Teatro-Western de la dramaturga y directora mexicana Verónica Musalem.

Los caminantes son cinco personajes atrapados en el limbo de la Sierra oaxaqueña: dos indígenas, dos sicarios y una cabaretera con el cuerpo lleno de tatuajes. No saben cómo llegaron ni cómo irse. Caminan desmemoriados, sucios y hambrientos entre los árboles, entre las casuchas abandonadas de un pueblo fantasma. Salen a cazar al venado con el vago reconocimiento de que afuera, más allá de las montañas, abajo en las playas, lejos en las ciudades, el mundo se está acabando y ese apocalipsis se acerca a ellos poco a poco.

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La cita anterior es un fragmento de las primeras escenas de Los Caminantes, cuando el personaje de Anabela, una antigua cabaretera y atracción circense, llega a este espacio perdido de la sierra y se encuentra con dos hombres.

El ejercicio antinarrativo de Musalem no implica únicamente situar la acción en un espacio sin tiempo habitado por personajes que viven sin memoria, también rechaza cualquier intento por ordenar las escenas en una sucesión temporal coherente. No hay una conexión clara entre los eventos, ni una evolución de la trama que lleve del orden al desorden y concluya en la restauración del primero. Las transiciones entre las escenas se pierde para el espectador más allá de los silencios. Se trata de un listado de viñetas que respiran por sí mismas una atmósfera propia: van de lo idílico a lo delirante, de lo esperanzador a lo catastrófico, de lo onírico a lo crudo.

Los Caminantes altera la experiencia temporal del lector y del público para plantear la posibilidad de que existen varias realidades inasequibles. Allá donde Borges escribía sobre una “trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran y abarcan todas las posibilidades” (9), Musalem propone escenas que se suceden una tras otra en un borramiento perpetuo, de manera que al concluir (por supuesto, con el fin del mundo), los personajes resurgen en un apéndice trastocada donde están sin ser, donde el nuevo orden los transforma, los hace mutar, los congela, los avejenta y los rejuvenece a su antojo.

Se trata de una propuesta teatral que ensaya sobre el teatro mismo; que se destruye en cuanto finaliza porque no hay una estructura dramática clara.

Pero este apocalipsis teatral no es sólo la representación del fin del esquema narrativo tradicional, sino también del duelo oculto y autoficcionado que la dramaturga revela a través del personaje de Anabela. Aunque en Los Caminantes el sentimiento de pérdida no se explora como un núcleo, hay fragmentos del texto que apuntan una relación metafórica entre éste y la hecatombe latente que se acerca a estos seres suspendidos en el tiempo:

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Este texto sin puntuación, pensado desde la dramaturgia para descolocar a la intérprete en escena, es un intento de representar el dolor humano y la incapacidad de corresponder con signos lingüísticos el tren interno que acompasa al duelo.

La imposibilidad de representar el dolor humano de forma racional cobra sentido en un texto cuyo principal cuerpo es el caos. Además, éste se justifica por una coyuntura que no escapa a la autora: la de un país desolado por la violencia frente a una región mística cuya cosmogonía sobre el origen de las cosas convive en sincretismo con las nuevas eras, las nuevas generaciones.

Nuestros caminantes son personajes que se aferran a creer en algo; quizás en la posibilidad de que no están determinados a ser lo que son y que otras formas de existir son posibles, aunque no podamos verlas. Por eso, Musalem recurre a la narración como una manera de esbozar esas otras realidades (en el epílogo de la obra, los personajes están condenados a repetirse a sí mismos desde otras corporalidades, otras propuestas tanto escénicas como dramáticas), pero también como una forma de reconstruir un suceso doloroso sin asentar en él un sentido específico. Es la liviandad de la memoria, su contingencia vuelta explícita.

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Antes ya se ha explorado la idea del acto narrativo como artificial y problemático, “como si la literatura hubiera agotado los recursos de su modo representativo y quisiera replegarse sobre el murmullo indefinido de su propio discurso” (Genette 150). Estos límites del relato pueden traducirse en espacios de exploración y ensayo para otro tipo de experiencias, tanto humanas como narrativas. En Los Caminantes, Verónica Musalem no apuesta por el ordenamiento de la experiencia del duelo y la belleza que pueda surgir de su representación, sino por el caos y la oscuridad intrínsecos a ésta: también la oscuridad es importante, es parte de la vida y la experiencia misma.

Todas las veces que el mundo se acabó para cada uno de nosotros, que el caos del diario nos descolocó por completo, intentamos darle sentido en nuestra memoria a esas experiencias. Ordenamos los hechos como si cada uno fuera la consecuencia del otro, sin tener en cuenta que estábamos dejando fuera muchas otras versiones, muchas otras posibilidades. Estas nuevas narrativas proponen, en pos de una memoria deconstructivista, abrazar el caos y la relatividad como mejores formas de otorgar sentido a esos eventos límite en nuestra vida. Aceptar el fin del mundo como parte del diario y rechazar cualquier intento por ordenarlo.

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