La mala educación sentimental: Desperate Housewives (2004-2012)

Dice Roland Barthes en sus Fragmentos de un discurso amoroso que aquello que llamamos amor no es sino una configuración discursiva de códigos muy específicos. Pensar en el concepto del amor implica, por lo general, pensar en lugares comunes de lo que nos dijeron que es el amor: flores y chocolates como regalo, cenas en restaurantes a media luz, ceremonias religiosas frente a 200 invitados y fiestas costosas para conmemorar lo que se quiere como una unión eterna. “Y vivieron felices para siempre…”

Afortunadamente, todos estos códigos de lo romántico han caducado y distan mucho de lo que las nuevas generaciones queremos contarnos a nosotros mismos que es el amor. Pero entonces, ¿qué es si no es eso? Por mucho que pretendamos alejarnos de aquellas conductas que ahora tildamos (con mano en la cintura y todo) de “tóxicas”, no nos es tan fácil. Nos aprendimos de memoria ese lenguaje obsoleto —y sí, en ocasiones tóxico —de lo romántico. Basta con echar un vistazo a los productos mediáticos que se consumían durante los noventas y dosmiles (décadas en las que los millennials fuimos niños y adolescentes) para saber qué se nos dijo que era el amor: drama, posesión, un cariño total aunque irrealizable, pasiones desenfrenadas, relaciones que sobreviven a todo, enamoramientos que rayan en lo obsesivo, la monogamia como única configuración de la pareja y la búsqueda de una felicidad eterna; valores que —no sobra decirlo—configuran los afectos de la heterosexualidad.

Entre esos productos mediáticos ubico Desperate Housewives (2004-2012), una serie de TV creada por Marc Cherry, y producida por la cadena estadounidense ABC, que cuenta la historia de cuatro mujeres (a veces cinco) de clase media alta que viven en los suburbios y tienen que lidiar con sus vidas (matrimonios, trabajos, problemas domésticos y familiares) al mismo tiempo que con los secretos mortales —en ocasiones literalmente— de sus vecinos.

Si bien esta serie se distingue de otras de su época por aderezar el arco dramático de cada temporada con los factores de misterio y crimen, sería ingenuo pensar que Desperate Housewives no mueve su trama en torno a los intereses románticos de las protagonistas. Ya fueran sus esposos, sus novios o sus amantes, las mujeres de Fairview (la ficticia ciudad donde ocurre la acción) son, en mayor o menor medida, definidas por las dinámicas de pareja a las que se enfrentan durante las ocho temporadas que dura la serie.

Por ello, me gustaría hacer un recuento de las relaciones más importantes que tiene cada una de las protagonistas y dimensionarlas a partir de las ideas sociales y culturales con las cuales definimos el amor; ideas que, en última instancia, intentaré probar como erróneas.

© ABC

Susan y el romance tragicómico

A pesar de iniciar la serie como la única que no vive en pareja y de ser una madre soltera ejemplar (quizá la relación que tiene con su hija Julie fuera la más sensata de las ocho temporadas), Susan Mayer (Teri Hatcher) pronto pierde esos atributos disidentes que pudieron haberla convertido en un personaje muy interesante. Ella es la mujer que siempre está buscando al hombre de sus sueños, vive enamorada del amor y espera con ansias al príncipe azul que la rescate de estar sola. Ya sea en los brazos de Mike, el plomero ex-convicto recién llegado al vecindario (temp. 1-8); de Ian, el editor británico que promete darle todo lo que siempre ha querido (temp. 3); o de Jackson, el pintor canadiense que la deslumbra por su jovialidad (temp. 5), Susan es presa de un discurso amoroso que la rebasa constantemente.

Esto la convierte en un personaje simple al cual vemos, la mayor parte del tiempo, en una sola faceta. Mientras las otras amas de casa deben lidiar con situaciones más terrenales como problemas económicos, hijos rebeldes o profesiones demandantes, Susan vive atrapada entre relaciones que no la llenan y en un drama incesante que ella misma se inventa y retiene por creerlo amor. Si lo pensamos bien, muy pocas veces la vemos dedicar tiempo a su trabajo como ilustradora de libros infantiles; y la dinámica con su casi perfecta hija Julie sólo se complica cuando Susan está en una relación estable.

© ABC

Lo cierto es que en los dosmiles, a diferencia de ahora, la primicia romántica de una serie era tan importante como la trama misma. Incluso Marc Cherry ha dicho que Susan estaba pensada para ser el “ama de casa favorita de todos”. Pero luego de las tres temporadas que tomó a los escritores consolidar la relación entre Susan y Mike, y de la nueva ruptura entre ellos en la quinta la temporada, la situación empezó a ponerse ridícula. Era como si la relación imposible entre ambos fuera el motor principal de Susan y se prefiriera insistir en ello en lugar de explorar otras facetas del personaje; por lo menos hasta la temporada seis, cuando el daño ya estaba hecho y había caído de la gracia de la prensa especializada, quienes la nombraron uno de los “21 personajes de TV más irritantes de la historia”.

Una vez más, la búsqueda eterna por el amor se prueba como caduca; no sólo porque aburre a la audiencia sino porque invisibiliza a los individuos involucrados. Barthes escribió al respecto que “el sujeto llega a anular al objeto amado bajo el peso del amor mismo: por una perversión típicamente amorosa lo que el sujeto ama es el amor y no el objeto” (Barthes 30). No sorprende ahora que Susan haya terminado la serie tal como la empezó: soltera. Y que Teri Hatcher, quien diera vida al personaje durante ocho años, sea la única de las cuatro actrices protagonistas que nunca es invitada a los reencuentros del elenco.

© ABC

Gabrielle y la pasión fatigosa

El humor ácido y las tendencias narcisistas de Gabrielle Solís (Eva Longoria) la convirtieron en el ama de casa favorita de muchos seguidores de la serie, y era justo en las discusiones con su esposo Carlos (Ricardo Chavira) donde ambas cualidades lucían más. La pareja compartió a lo largo de toda la serie, y aun cuando estuvieron separados durante la temporada tres, una dinámica pasivo-agresiva que divertía y conmovía a la audiencia, a pesar de salirse de control en repetidas ocasiones.

Cuando Desperate Housewives inició, Carlos parecía ser un personaje frío y violento con el que era difícil simpatizar. Por ejemplo, en el tercer episodio de la primera temporada, amenaza a Gaby al decirle que si una mujer lo humillara, la mataría; y más adelante, la obliga a firmar un acuerdo matrimonial tomándola por la fuerza y dejándola herida. Eso, sin contar el que alterara sus anticonceptivos para que ella quedara embarazada (aun cuando no quería hijos) y que golpeara a dos hombres homosexuales por creer que se acostaban con ella. En algún punto, los escritores tuvieron que tomar la decisión de reducir drásticamente ese aspecto del carácter de Carlos y hacerla a ella lucir menos vulnerable frente a él. Fue así como nació la pareja pasivo-agresiva que termina destruyendo (literalmente) la casa en la que vive una vez que se reparten los bienes en el divorcio (temp. 3 ep. 7).

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A pesar de todo, Gaby y Carlos vuelven a estar juntos en la temporada 4, decisión que no desagradó en absoluto a los admiradores de la serie; no después de un par de escenas bastante “románticas” en las que él confiesa su amor por ella a pesar de estar separados y su profundo arrepentimiento por haberla engañado (temp. 2, ep. 24). Esa idea de culpa —retomando a Barthes — es ante la cual el amor-pasión sucumbe constantemente (Barthes 100). Nos convencieron a los espectadores de que la reconciliación era viable, tal como un hombre violento convencería a su pareja de haber cambiado y estar arrepentido (la denuncia es intencional).

Claro que esto es una ficción: ni Gaby era una víctima que saliera de las peleas sin la culpa de haberlo engañado, manipulado y golpeado en repetidas ocasiones también, ni la dinámica evolucionó nunca en una versión sistémica de violencia doméstica. Pero queda la duda sobre qué tanto al ironizar con ese tipo de comportamientos, se dio pauta a la normalización de una violencia que, aunque ínfima, era violencia al fin y al cabo, y que constantemente se perdona en el nombre de ese ya cansado discurso amoroso.

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Bree y el ascetismo vulnerable

Resulta curioso que fuera Bree (Marcia Cross), el ama de casa conservadora y mesurada, quien tuviera más parejas sentimentales a lo largo de las ocho temporadas. También fue ella el personaje que más se exploró en distintas facetas y situaciones de conflicto: su alcoholismo y crisis nerviosa en la temporada 2, su éxito empresarial en la temporada 5 y su sort-of ninfomanía en la temporada 8 (no dije que todas esas facetas fueran congruentes). Pero la constante en Bree era esa necesidad de mantenerse intachable y, por lo tanto, de ocultar sus emociones.

Luego de verla en tres relaciones bastante problemáticas durante las primeras dos temporadas (Rex, su esposo inconforme; George, el farmacéutico sociópata; y Peter, el padrino de Alcohólicos Anónimos adicto al sexo), la temporada 3 inicia con su matrimonio con Orson Hodge. Él, a diferencia del primer esposo Rex, es frío, conservador y perfeccionista hasta el cansancio, como Bree, y por lo tanto le sigue el juego en todo lo que ella hace y dispone para la familia y la pareja. Esta dinámica funciona por al menos dos temporadas, hasta que en la temporada 5, cuando Bree está en el apogeo de su éxito profesional, la relación se fractura y ella comienza un amorío con Karl Mayer, el abogado ex-esposo infiel de Susan.

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Quizá esa relación no fuera la favorita de los seguidores de Desperate Housewives, pero era necesaria. No sólo fue divertida y fresca (para la temporada 6, la audiencia había disminuido considerablemente y las situaciones de la serie eran cada vez más absurdas —sí, hablo del accidente de avión—), sino que obligó al personaje de Bree a evolucionar, a aflojarse un poco y salirse del papel de mujer rígida y perfecta que había mantenido hasta entonces, evolución que puede verse en los distintos peinados que Marcia Cross usó en cada temporada.

Y es que Bree, a diferencia de Susan o Lynette, no se muestra en sus momentos más vulnerables ni los reconoce como parte de su persona. Por el contrario, se niega a sí misma la capacidad de ser imperfecta y, con ello, de sentir deseo y expresarlo. Es un ser ascético (Barthes 31) que siente culpa respecto al objeto amado y se autocastiga, levantando la bandera de que una “mujer digna” no cede ante sus impulsos ni sus pasiones. Pero es justo gracias al punto de quiebre que significó su amorío con Karl, y en los romances que siguieron, que ella asume su deseo y lo ejerce, no sin perder ese toque de encantadora frialdad que la convirtió en uno de los personajes de TV más entrañables y multifacéticos de la década pasada.

© ABC

Lynette y la imperfección naturalista

En la tercera temporada de la serie, Lynette (Felicity Huffman) se enamora de Rick, el chef de su pizzería. Estando su esposo en cama debido a una operación, y recién inaugurado el restaurante de la familia, Lynette tiene más trabajo del que usualmente tenía. Por eso no siente culpa cuando, al final de cada jornada, se sienta a cenar con su chef y se relaja: en ese momento particular ella no es madre, ni esposa, ni empleada, sólo es una mujer a quien le preparan una rica cena y disfruta de sentirse deseada por otro hombre que no es su esposo. Lynette es bastante sincera consigo misma al respecto, y entiende que no causa ningún mal por sentirse así. Pero estamos en 2007 y ninguna soap opera de horario estelar se atreverá a cuestionar la monogamia como configuración de la pareja. Sin embargo, el ejemplo nos es de utilidad…

El matrimonio de Lynette y Tom Scavo (Doug Savant)  fue quizás el más sólido de toda la serie, pues se mantuvo intacto durante siete temporadas hasta que —escritores flojos, plot twist salvaje— Tom decide irse en la octava. Claro que antes de eso hubo altibajos que pusieron la dinámica en tensión, como aquel de Rick; pero es justo en esos problemas donde se evidenciaba la fuerza que ambos le consagraban a su relación.

© ABC

Ahora bien, ninguno de los dos son personajes modelos a seguir: Lynette era manipuladora y constantemente le impedía a Tom tomar decisiones por sí mismo, salvo que fuera algo que ella quisiera intrínsecamente; por su parte, él era un chantajista y cedía fácilmente a inseguridades respecto a su masculinidad y su rol como el hombre de la casa. Sin embargo, era su forma de lidiar con ello, cuando reconocían sus errores y decidían entenderse el uno al otro en sus flaquezas, lo que sacaba la relación a flote. 

Una matrimonio como el de los Scavo puede ayudarnos a abordar un tema de las relaciones afectivas que no deja de ser actual: el de las altas expectativas que tenemos del otro. Es a partir de éstas que construimos una relación que niega a los involucrados como seres atravesados por incongruencias, errores y afectos propios que en ocasiones dificultan la convivencia y los acuerdos. Por supuesto, permanecer en una relación es una decisión personal y para nada obligada. Lo importante de esto es reconocer que el amor no es algo que se busca y encuentra como nos lo hicieron creer, sino que se construye de manera constante.

© ABC

Quizás Desperate Housewives no sea una obra maestra de la televisión: tiene tantas incongruencias en su trama y en su producción que hay sitios web dedicados a enlistarlas una por una. Sin embargo, sería ingenuo no reconocer el potencial transmisor de este tipo de productos mediáticos con alcances masivos. Durante ocho años, un gran número de televidentes siguió de cerca y buscó identificarse con los habitantes de Wisteria Lane: con sus virtudes (escasas en este caso) y con sus vicios.

El problema con este tipo de ficciones es que no podemos responsabilizar por completo al creador. Las poéticas ya no tienen la obligación de aleccionar ni de representar escenarios ideales, sino de explorar situaciones y posibilidades que problematicen los códigos a partir de los cuales configuramos nuestra vida. ¿Es éste el caso de Desperate Housewives? Lo dudo: la mayoría de sus personajes parecen estar bastante cómodos sin cuestionarse a sí mismos o sus interacciones.

Los únicos responsables de nuestros afectos somos nosotros mismos.

 

Referencias:

 

(@r_gove)

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