Victorias vacías: farsa y poder en La Favorita (2018)

Las películas de Yorgos Lanthimos tienen como sello distintivo los escenarios trastocados en donde ocurre la acción: pareciera que son parte de nuestra realidad, y en tanto tal los reconocemos, pero están delimitados por reglas propias, por sentidos delirantes que, a pesar de no compartir del todo, nos hacen eco por ser alegóricos. Estos mundos cerrados pueden abarcar desde núcleos reducidos como la familia (Canino, 2009; El sacrificio del ciervo sagrado, 2017) a sociedades enteras que se rigen por principios únicos y estrictos (Alps: los suplantadores, 2011; La Langosta, 2015). Por ello, lo primero que llama la atención de la última película del ateniense es que esos mundos quedan, en apariencia, superados.

La Favorita es un drama histórico vagamente basado en hechos reales. Se sitúa a principios del siglo XVIII, durante el reinado de Ana de Gran Bretaña. Este filme (el primero de Lanthimos en el que él no participa del guión) narra las relaciones que la reina (una magistral Olivia Colman en un papel por el que será recordada siempre) sostiene con su amiga más cercana y leal consejera Sarah Churchill (Rachel Weisz) y con la prima de ésta, Abigail Masham (Emma Stone), venida a menos y maldecida con pobreza e infortunio luego de que su padre la apostara en un juego de cartas. Entre Sarah y Abigail se desata una fuerte rivalidad por el favoritismo de la reina, lo que las llevará a cometer toda clase de actos con tal de mantener un puesto seguro al lado de la monarca.

En esta película “de época”, Lanthimos explora el género y lo dinamita, no sólo cuando se vale de los gran angulares y ojos de pescado para alterar la percepción y mostrar en un solo cuadro gran parte del espacio, sino al ensayar ideas respecto al poder y el Estado que en absoluto pretenden ilustrar un periodo específico de la historia, sino quizá hacer un comentario sobre la actual relación que tenemos con ellos. Por eso es una trampa el que no haya, a primera vista, un mundo particular trastocado por la ficción: porque la Corte, los habitantes del palacio, ese grupo último de poder donde unos cuantos toman decisiones que afectan a millones, es un mundo bastante cerrado en sí mismo; un mundo, en ocasiones, tan ridículo y fársico como aquellos antes explorados por el director.

 

La farsa como comentario político

Nuestra sociedad está regida por reglas que aseguran la existencia en colectividad; son parte del instinto humano de conservación. Nos parece tan natural que existan, que pocas veces nos detenemos a cuestionarlas; sin embargo, al mismo tiempo que estas reglas, tradiciones, costumbres y formas regulan las relaciones sociales, limitan nuestras acciones dentro del marco de la permanencia en el grupo social.

La farsa como género dramático ironiza con dichas reglas y perturba el orden gerenciado por éstas. A diferencia de la comedia, cuyo objetivo es reconciliar al espectador con sus vicios y falta de virtudes para que permanezcan bajo el control de la sociedad, la farsa crea un escenario donde esas reglas y valores son recodificados. Ya sea que se desvanezcan o, por el contrario, muten en leyes de suma rigurosidad con castigos igualmente estrictos, el objetivo último de la farsa es evidenciar lo ridículo que puede ser el orden de las cosas: los valores, la moral y las ideas contingentes sobre justicia, comunidad y sociedad a partir de las cuales nos conducimos.

La Favorita puede no ser una farsa en el estricto sentido de la definición, pero sí retoma elementos del género para disfrazar su denuncia a las estructuras de poder. Es en los personajes principales, en sus maquinaciones y planes, donde lo fársico cobra fuerza: “Ante la toma de conciencia del delito, ante el temor a las consecuencias y ante la expiación, solamente los personajes fársicos son cínicos, elegantes y simpáticos, y solamente ríe el espectador —cómplice sin compromiso— que identifica algún deseo propio profundamente oculto en sí mismo” (Rivera 226). Claro que es divertido y excitante ver todo lo que Abigail y Sarah son capaces de hacer con tal de escalar o mantener su posición en la Corte, y mucho más lo es ver lo sobrias que permanecen ante los ataques de la otra, mientras complotan o se murmuran amenazas escondidas detrás de cándidos comentarios y actitudes. Provoca risas, sin duda.

Pero lo fársico va más allá de la mezquindad elegante con la que se conducen las personajes. En primer lugar, porque no son las tres protagonistas el objetivo de la denuncia, sino su entorno. Por eso cobra sentido el que la imagen se vea “rara”, así como las graciosas danzas efectuadas en un baile elegante, las carreras de patos con las que alucinan los miembros del Parlamento y los juegos en los que arrojan naranjas a un hombre que no viste nada salvo una peluca. Todo es parte del ridículo impuesto por una vida cerrada en sí misma, por un Estado que poco sabe o poco se preocupa por las condiciones de aquellos que viven a merced suyo, y por un palacio de grandes pasillos del que muy pocas veces salimos durante el filme.

Nosotros sólo podemos imaginar si la vida en la Corte hace tres siglos fue o no así, y en realidad poco importa: La Favorita no se interesa en darnos datos históricos precisos, ni fechas, ni información sobre qué acaeció a los personajes después; lo importante es el tono que se le da a esta vida particular, a esta Corte y este reino de victorias vacías.

El equilibrio del poder

A pesar de que Emma Stone estuvo nominada al Oscar como “Mejor actriz de reparto”, la protagonista de La Favorita es Abigail, su personaje. La mayor parte del tiempo vemos las cosas desde su perspectiva y es por su llegada al palacio que se alteran el orden y las relaciones ya existentes en la Corte. Al principio sentimos pena por su situación, por la miseria que la retiene y los constantes abusos que tanto las otras sirvientas como los hombres del palacio cometen en su contra; pero también la seguimos en su ascenso hacia una mejor posición social. Por eso nos es fácil simpatizar con ella; porque, al igual que nosotros, Abigail es extranjera en este pequeño y cerrado mundo.

Sin embargo, también resulta tentador pensarla como el personaje antagónico de la historia, pues mientras Sarah mueve todas sus maquinaciones en pos de una causa política y la reina parece vivir en un estado de perpetua vulnerabilidad del que abusan las otras dos mujeres, Abigail actúa únicamente en favor suyo, de su bienestar personal y de la riqueza y prestigio de clase que espera algún día recuperar.

No es exagerado decir, entonces, que La Favorita emite un comentario sobre las clases sociales y la distribución del poder, en tanto éstas condicionan las tensiones suscitadas entre pobres y ricos, sirvientes y cortesanos, entre quienes toman las decisiones y entre quienes las siguen. La película fluctúa sutilmente entre una esfera social y una individual. Por ejemplo, cuando Harley, miembro del Parlamento, le hace ver a Abigail que hay una guerra sucediendo en ese momento y ella responde, con frialdad, que sólo se interesa en sí misma, no en un país. Lo que podría parecernos egoísmo es, en realidad, un mero acto de supervivencia, pues mientras Sarah y Harley han vivido siempre en un entorno de lujos y seguridades que les permiten ver más allá de sí mismos y pensar en una causa social (suponiendo que no haya intereses personales inmiscuidos en ello), Abigail se ha enfrentado a la miseria y la crueldad del mundo que la rodea. Ella siente que no puede permitirse pensar en otro tipo de cuestiones que no sean procurarse bienestar económico y un lugar seguro en el palacio, pues vive ante la constante amenaza (explícita o no) de volver a las calles y a una vida de servidumbre.

Lo cierto es que todos, absolutamente todos los personajes abusan de su posición. Desde la Reina en decadencia que se da cuenta de sus malas decisiones y opta por desquitarse con la mujer que la ha engañado y manipulado todo el tiempo, hasta la sirvienta más experimentada que juega bromas pesadas a la recién llegada, sólo por el placer de mostrarle quién tiene más autoridad. Son personajes condicionados por sus circunstancias. No en vano, una primera versión del guión escrito por Deborah Davis y Tony McNamara se tituló El equilibrio del poder (Entrevista a Deborah Davis, The Italian Rêve, 2019).

El acierto de La Favorita es abordar la disputa por el poder en un entorno sumamente cerrado. El pueblo es dejado fuera de la ecuación porque no son ellos (nosotros) quienes toman las decisiones. Pero se nos da la oportunidad de echar un vistazo adentro y ver cómo opera esa esfera. Cuán decepcionante es encontrar que el aumento a los impuestos, la permanencia en un conflicto bélico y los cambios de puesto en el Parlamento se mueven a capricho de unos cuantos, y que las disputas personales entre los miembros de la Corte terminan por afectar a millones de sujetos que están, de entrada, invisibilizados en la historia.

¿Hay ganadores?

Al final de la película, Sarah Churchill es expulsada de la Corte y desterrada del Reino. Abigail considera que por fin se encuentra segura, pues su principal rival ha desaparecido de la escena: ganó la batalla. Por ello, cede ante su joven poderío y empieza una vida de excesos y abusos: cada vez es más cínica en su trato con la Reina y cada vez le importa menos quedar bien con ella.

En la última escena, las dos se encuentran solas en la habitación real. Sin razón alguna, Abigail pisa a uno de los conejos de la Reina, quien observa todo sin que ella se percate. Enfurecida por la traición, la Reina se deja caer de su cama y obliga a Abigail a masajear sus piernas heridas: no es dulce ni amable con ella como lo fuera hasta entonces; por el contrario, le habla con firmeza y le recuerda quién es la monarca y qué lugar ocupa ella, su dama de habitación, en esa Corte.

La ausencia de diálogos en el resto de la secuencia nos obliga a preguntarnos, junto con Abigail, qué ha ganado ella realmente al ocupar el lugar de Sarah en el palacio, o si ha ganado algo siquiera. Sólo entonces, el absurdo de una estructura social artificiosa se vuelve evidente y aplastante. Es esta estructura la que ha dispuesto determinados roles para cada uno de los individuos que participan de este mundo cerrado que es la Corte, el Parlamento: incluido, claro, el papel de monarca para una mujer vulnerable e incapaz de gobernar como lo es Ana, y el de escaladora social para Abigail, quien después de haber sufrido infinidad de abusos y pobreza extrema, está dispuesta a pagar cualquier precio con tal de no volver a ello.

Aquí no hay villanos y tampoco hay héroes: son chicas que se emocionan cuando reciben el favor de una habitación propia sin importar lo rústica y pequeña que sea, y mujeres que se encuentran a sí mismas incapaces de traicionar a sus amantes a pesar de los engaños. Se trata de personajes complejos que actúan en función de un sistema social que está por encima de ellos (de todos) y los limita y condiciona a actuar de cierta forma. Por lo mismo, tampoco hay ganadores o vencedores.

Así que ese silencio al final es un espacio para la reflexión. En el último plano, una superposición de los rostros de Abigail, Ana y una docena de conejos que después se vuelven un centenar invade la pantalla. No vemos el rostro de Sarah porque ella ya está fuera de la ecuación; porque, al final de cuentas, ella nunca fue el antagónico de Abigail, sino la estructura a partir de la cual se rige la Corte, el mundo; aun con lo ridículo y artificial que parezca. Y esa estructura, ese mundo, está representada ahí, en el rostro visto desde abajo de una reina decadente y omniaplastante cuyas volubles piernas someten a la chica. A pesar de su fragilidad, es y siempre fue Ana quien decidió quién era su favorita y hasta cuándo lo sería; el resto, la competencia, sólo fue una concesión tan vacía como la aparente victoria final.

Fuentes:

Rivera, V.A., La composición dramática, Escenología, 4ª edición, 2001.

Carraro, V. Interview with Deborah Davis: How The Favourite came to life, 2019 [en línea] URL: https://www.theitalianreve.com/interview-with-deborah-davis-how-the-favourite-came-to-life/

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