Editorial X: ¿Cree Dios en nosotros?

Cuando estaba en la universidad, una profesora de sociología preguntó una vez a la clase si Dios existía. Así tal cual: “¿Dios existe?”. La pregunta tenía una trampa, eso era evidente. Pero de cualquier forma, todos concluimos que la respuesta era obvia: “No, Dios no existe.” Explicamos nuestras razones para creerlo así, hablamos sobre la falta de pruebas, sobre sistemas de creencias, sobre la institución de la religión, entre otras cosas. Pero ella sabía algo que nosotros no, su sonrisa de satisfacción lo decía.

Ahora no me queda duda alguna: Dios existe. No creo en él, pero sé que existe. Me tomó un tiempo entenderlo así y desprenderme de la arrogancia laica con la que uno se pronuncia luego de años de educación positivista. Tampoco me queda duda de que es mucho más sencillo no creer que creer.

A mi madre, por ejemplo, no se le ha ocurrido nunca desconfiar de la existencia del gran jefe católico. Ella no necesita pruebas ni señales, y no titubea al discutir conmigo si digo algo contrario o blasfemo. Y puesto que ella respeta que sus hijos no seamos creyentes, yo me he comprometido a respetar que ella sí lo sea. Después de todo, ¿quién carajos siento que soy como para cuestionar lo que los demás creen o no?

Por eso intento averiguar de mí mismo en qué cosas deposito una fe tan absoluta como para negar cualquier clase de cuestionamiento; como mi madre católica, mi amiga la que no se pierde los horóscopos matutinos, o mi ex novio el que piensa que el Estado-nación es la única forma viable de regulación social. No se burlen, no es una pregunta fácil de responder. En principio, porque creer  ─lo que se dice realmente creer─ significa ser ciego a cualquier opuesto o contradicción. No hay forma de que entendamos los vacíos de sentido en nuestros símbolos, rituales e ideas sobre las que construimos nuestro imaginario. Simple y sencillamente se nos escapa.   

Pero más allá de plantearlo como algo positivo o negativo, o de intentar siquiera diseccionar una antropología e historia de los sistemas de creencias, lo que quiero señalar es la importancia del acto en sí. Creer, y asumir que creemos en algo, nos devuelve al estado más primigenio de nuestra condición: el de organismos vivos que, maldecidos con raciocinio y entendimiento de su existencia, no encuentran mayor consuelo al desazón del mundo que aquel de idear relatos, personajes, metafísicas y relaciones entre elementos que nos ayuden a regular y explicar un poquito mejor el entorno de peligro que nos rodea

No se trata de desenmascarar a un dios falso o de evidenciar fallas discursivas en las ideas que nos mueven. No quiero saber en qué creemos sino por qué lo hacemos: ¿a qué temores responden nuestras creencias?

Por ejemplo, actualmente es mucho más fácil asumir que no hay vida después de la muerte: no hay un paraíso, ni un infierno, y no hay un cielo de descanso eterno con vista a la tierra y asientos en primera fila para ver cómo nuestros seres queridos continúan arruinando sus vidas. O quizá sí, no lo sé. Pero ahora preferimos contarnos otro tipo de historias, explicaciones y posibilidades que podemos explorar desde la ficción: universos múltiples, loops interconectados entre sí, deidades contemporáneas mucho más flexibles y divertidas que los antiguos dioses, etc. Sólo basta con creer. Y, en tanto creamos, esas cosas existen. Como escribe Neil Gaiman en American Gods: “es mucho más sencillo ser un humano que un Dios porque no necesitamos que nadie crea en nosotros para seguir con nuestras vidas.”

Después de este pobremente fundamentado soliloquio, vuelvo a la escena primera. ¿Dios existe? [Pausa para la reflexión] Claro que sí. Existe en tanto millones de personas creen en él e infinidad de rituales, desplazamientos, guerras y asesinatos han tenido lugar en su nombre. Dios existe; y reconocerlo así es mucho más importante que aferrarse a un ateísmo que —oh, sorpresa— no es sino otra creencia igual de refutable.  

De hecho, me parecería más pertinente preguntar si los que existimos somos nosotros.  

Ricardo Vela

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