Luchadores de Siam: “El matrimonio de los peces rojos” (2013) de Guadalupe Nettel

Se dice que cada mascota se parece a su dueño, ¿qué ocurre cuando un matrimonio recibe una pareja de peces betta? “El matrimonio de los peces rojos” (2013) de Guadalupe Nettel es un cuento dentro de la colección que lleva el mismo nombre. En éste la autora utiliza a una pareja de peces como un paralelo con un matrimonio y su estanque como un espacio que sufre el desgaste de la relación. Narrado desde una perspectiva femenina, la narradora protagonista relata los cambios de la vida en pareja durante el embarazo y una vez que la familia recibe a su primera hija. Para esta entrada quisiera reflexionar sobre cómo la voz narrativa utiliza a los peces como un medio para hablar sobre la decadencia de su matrimonio de manera indirecta, pues hay una resistencia a articular y aceptar la ruptura en la relación. Los peces funcionan como un espejo que refleja la psique del personaje y el acuario es un espacio que simboliza la relación y que se corrompe hasta volverlo un lugar de podredumbre. Lo cotidiano en la narración se mezcla con un tono sombrío y lleno de agresión latente ante una situación tan común como es adaptarse a la paternidad, lo que crea un efecto de ansiedad al momento de leer.

Una de las estrategias que utiliza la voz narrativa para establecer el tono del cuento es ligar el destino de sus peces mascota al de su relación de pareja. La conexión con los peces se establece desde el inicio de la narración, pues la narradora indica que: “los animales con los que convivimos … son como un espejo que refleja emociones o comportamientos subterráneos que no nos atrevemos a ver” (Nettel). La voz narrativa advierte que hay que tomar en cuenta que el comportamiento de los peces, efectivamente, es una manifestación de la psique de sus dueños. Esto nos obliga a prestar atención a la pecera y tomar la interacción de los peces betta como pistas para entender lo que la voz narrativa se niega a expresar sobre su propia vida doméstica. Por otro lado, en ese instante la voz narrativa introduce también la cuestión de lo no-dicho, que está presente a lo largo del cuento y juega un factor importante al hablar de su matrimonio. Sin hacerlo de forma explícita, la voz narrativa expone una situación poco favorable para ambas parejas. La protagonista observa a los peces “como quien consulta un oráculo”, y descubre la naturaleza conflictiva de estos animales: “Los peces betta … pueden ver estrecha la pecera más amplia. Siempre les falta espacio y se sienten amenazados incluso por su pareja. Con toda esa presión encima interpretan la existencia del otro”. La relación de los peces es un espejo de los sentimientos encontrados del matrimonio y sus constantes peleas. Al encontrarse en una situación nueva y alarmante la relación de la pareja se desgasta al intentar balancear su propia individualidad con el rol que fungen en la familia.

La narradora habla sobre los nervios de traer a otro integrante al apartamento y de cómo han cambiado las dinámicas de pareja en el hogar. La descripción de los peces en el apartamento es un medio para comentar sobre estos cambios, especialmente respecto a la actitud de su esposo:

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Al hablar del movimiento de los peces, pareciera que la voz narrativa explora esos momentos de duda sobre el comportamiento de Vincent que en ocasiones la alteran y en otras no parecen ser importantes. La soledad física y emocional de la narradora la lleva a enfocarse en los peces y en ocasiones proyectar en ellos su estado emocional:

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Indirectamente, la narradora identifica las acciones del pez macho con las de Vincent y la resignación de la hembra con la suya misma. Si bien no ofrece comentarios directos sobre la tristeza que le ocasionan los conflictos en la relación, sentir empatía con el pez hembra es una forma de expresarlo.

La identificación con la hembra parece ser cada vez más explícita al encontrarse ambas en un estado de tensión con respecto a su pareja. La narradora descubre que “en situaciones de estrés o de peligro … los betta desarrollan rayas horizontales contrastantes con el color de su cuerpo”. Aunque la voz narrativa se niegue a comentar sobre su situación marital y las emociones que ésta le genera, se manifiesta físicamente en ambas hembras. Tanto así que la narradora descubre que al pez hembra “a lo largo del cuerpo le habían salido dos rayas horizontales de color pardo”, y poco después descubre que ella misma tiene síntomas similares: “mientras me vestía frente al espejo de mi cuarto, noté una línea marrón situada exactamente a la mitad de mi vientre”. Al estar esperando una hija, la narradora se siente atrapada en la soledad del hogar y la incertidumbre del futuro:

Diapositiva3

Lo anterior se puede ver como un comentario indirecto de la voz narrativa indicando que su propia relación no está en orden para la llegada de su hija. En efecto, al nacer la niña todas las tensiones explotan y la relación se fractura.

A medida que el matrimonio trata de adaptarse a la paternidad, los conflictos surgen de forma más y más frecuente hasta convertirlos en seres incompatibles: “Siguió llegando después de la cena y aquel horario, al principio excepcional, terminó por convertirse en el de siempre”. La distancia entre el matrimonio se acentúa hasta que la protagonista se va de viaje sola con su hija y en ese tiempo los peces se lastiman tanto mutuamente que son separados. Si bien ambas parejas se separan, la narradora no hace comentarios mayores sobre su propia relación; sin embargo, ahonda en la situación de los peces: “Lo que más me entristeció esa noche y los días siguientes fue ver a nuestros peces separados. Tenía la sensación de que también a ellos les afectaba la distancia y que se echaban de menos”. Si la pareja humana es equiparable con la pareja de peces, su naturaleza es estar en conflicto y el hecho de ser una familia con responsabilidades de padres puede más que su deseo de permanecer juntos: “El mundo se había acomodado de otra manera desde que éramos tres y, en esta nueva configuración, resultaba impresionante cómo la paternidad se había comido lo que quedaba de nuestra relación de pareja”. Al hablar de la relación como algo que se puede consumir, podemos pensar en cómo lo abstracto se vuelve algo concreto y volver a conectarlo con la pareja de peces.

Poco a poco los peces parecen resentir su pecera tal y como el matrimonio no puede convivir en el apartamento. La paternidad ha hecho de ese espacio seguro un espacio hostil: “Diría incluso que a partir de ese momento dejamos de ser marido y mujer y nos convertimos en compañeros de casa”. Mientras el matrimonio se distancia, la narradora expresa que “el acuario despedía un olor de podredumbre”. Este comentario se puede equiparar con el desgaste de la relación de pareja que comienza a descomponerse hasta no tener arreglo pues el acuario es un microcosmos del apartamento:

Nettel

El aspecto espacial en el cuento se torna tan desesperanzador como las acciones y no hay marcha atrás. La voz narrativa no puede negar más que los peces son realmente un espejo de su relación. Al hablar de la infelicidad de los peces, habla de la infelicidad en su matrimonio y no es sorpresa que el destino de ambos bettas en la pecera sea trágico: “Los peces son quizás los únicos animales domésticos que no hacen ruido. Pero estos me enseñaron que los gritos también pueden ser silenciosos”. La hembra muere primero y poco después el macho. La voz narrativa indicó desde un inicio que los peces eran un reflejo de su relación, por lo que no es sorpresivo que ésta termine cuando el acuario queda vacío.

Así pues, “El matrimonio de los peces rojos” puede verse como una forma de narrar lo inefable, lo que la voz narrativa decide no ver ni aceptar completamente hasta que no hay vuelta atrás. Es difícil hablar sobre la muerte del matrimonio y como se consume la vida de pareja, por lo que la narradora usa el recurso de los peces como un espejo de lo que ocurre e incluso un augurio de la eventual ruptura. En una reflexión final, la voz narrativa afirma que: “A nadie sorprende que Vincent y yo nos estemos separando … Sólo nosotros habíamos seguido aferrados durante meses a la posibilidad de un cambio que ni sabíamos propiciar ni estaba en nuestra naturaleza llevar a cabo”. Al hablar de naturaleza volvemos a los peces betta y como se señala en varias ocasiones que no es una especie que se relacione fácilmente en pareja, como si realmente no hubiera nada que alguien pudiera hacer para salvar el matrimonio: “Nadie nos obligó a casarnos. Ninguna mano desconocida nos sacó de nuestro acuario familiar y nos metió en esta casa sin nuestro consentimiento”. Supongo que en ocasiones, estas cosas simplemente suceden y este cuento es una forma de expresar que las relaciones de pareja son más complejas de lo que las pintan y la paternidad no es algo que venga de forma natural. Vincent, como el pez macho, se ve confinado a una pecera que no es adecuada para él: su papel de ser padre. Mientras que la protagonista, que inmediatamente se identifica con el pez hembra (quien parece constantemente exhausta a lado de su compañero), parece adaptarse mejor a ser madre y toma la decisión de irse.

Nettel, Guadalupe. “El matrimonio de los peces rojos”, El matrimonio de los peces rojos. Páginas de espuma, 2013. Epub.

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