La reconciliación con el universo: el eterno retorno en Russian Doll (2019)

Si el hombre reconociera que también el universo puede amar y sufrir,
se reconciliaría con él.
-Albert Camus, El mito de Sísifo

Si alguna vez alguien te dijera que tu vida tal como la has vivido se repetirá una y otra y otra vez cuando mueras, y que nada en ella va a cambiar: todos tus momentos dolorosos y alegres, todas tus ideas positivas y negativas, los eventos importantes y pequeños volverán a ti tal como ocurrieron, ¿qué harías? ¿Considerarías a este ser un demonio y lo maldecirías por tal condena, o lo creerías un ángel y agradecerías tan divino regalo?

Este escenario hipotético fue retomado libremente de lo escrito por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche en La gaya ciencia (1882), obra que fue antesala de la célebre Así habló Zaratustra (1883). En ambos textos, Nietzsche desarrolla la idea del eterno retorno como un principio que considera al tiempo una dimensión cíclica y no algo lineal; lo que significa que la vida tal como la conocemos ha ocurrido y seguirá ocurriendo, sin cambio alguno, infinidad de veces. La idea provoca vértigo. Uno que apenas ha logrado reconciliarse con la existencia y el dolor implicado en ésta, y ahora debe enfrentarse a la inmensa, inconcebible, inimaginable posibilidad de que en algún rincón del universo, en un punto antípodo del tiempo y el espacio, nos estamos repitiendo a nosotros mismos sin ser conscientes de ello.

Bajo una premisa similar se desarrollan los eventos de Russian Doll (2019), serie creada por Natasha Lyonne, Amy Poehler y Leslye Headland, y estrenada en la plataforma de streaming Netflix a principios de año. La serie cuenta la historia de Nadia Vulvokov (Lyonne), una mujer que muere atropellada por un auto la noche de su cumpleaños 36 y regresa unas horas antes en el tiempo, a la fiesta que se organiza en su honor. A partir de ese momento, Nadia se encuentra a sí misma atrapada en un extraño bucle por el cual muere constantemente, de las formas más absurdas y misteriosas, para siempre volver al mismo punto: un baño en una fiesta con Gotta Get Up, del cantante neoyorquino Harry Nilsson, sonando al fondo.

La principal diferencia entre el eterno retorno nietzscheano y lo propuesto por Russian Doll es que Nadia es consciente de las repeticiones en las que está atrapada. Por tal motivo, nuestra protagonista (alcohólica, amante de las drogas, desvergonzada y de complejas relaciones afectivas) tendrá una oportunidad (o varias) para reconciliarse con el sinsentido de lo que le está ocurriendo; que no es sino la vida, pero en repetición.

 © Netflix

Los vínculos que construimos

Cuando Russian Doll empieza, se nos presenta a Nadia como una mujer fuerte e independiente, pero sobre todo cínica. Reniega constantemente de sus relaciones y de la responsabilidad afectiva que implican, e insiste en mostrarse como alguien autosuficiente que no necesita de nadie en su vida. Podemos ver eso más allá de ella, en los videojuegos que programa: niveles imposibles con un solo personaje que debe resolver todo por sí mismo. Pero es justo en la antítesis de ello donde Russian Doll pone su apuesta.

Es a través de Alan (Charlie Barnett), el joven tímido, obsesivo y de perfecta postura corporal que también está atrapado en loops de muerte y retorno, que Nadia comprende la importancia que tienen las otras personas en su vida. Él mismo debe aprender al respecto. Cuando ambos se conocen, es Nadia quien busca a Alan para resolver juntos el misterio de sus muertes, pues es la única pista que tiene. Él, por el contrario, insiste en permanecer en la rutina de las repeticiones como si nada hubiera ocurrido; como si cada repetición le diera la oportunidad de volver a intentar lo que hizo la primera noche en que murió: proponerle matrimonio a Beatrice, la mujer con quien ha estado durante nueve años pero que no está interesada en seguir a su lado. Sin embargo, Alan no puede ni quiere verlo así. Es sólo a partir de los ojos de alguien externo como Nadia, que entiende la nulidad de su relación y se atreve a salir de su ciclo de repeticiones autoimpuestas y a soltar cualquier clase de resentimiento.

Lo cierto es que en cualquier otra circunstancia, una amistad entre personalidades radicalmente diferentes como Nadia y Alan no hubiera sido posible. Pronto concluyen que, si ambos están atrapados en el mismo laberinto del multiverso, ¿por qué no encontrar juntos la salida? Una premisa que, pensada desde una escala mucho más realista, versaría más o menos así: si todos estamos atrapados en la misma existencia, ¿por qué no hacernos las cosas más llevaderas mientras termina?

Tan aleccionador como parezca, es un tema que se discute frecuentemente en la serie. Ruth, la vieja amiga y tutora de Nadia, lo dice cuando habla acerca de la importancia de la terapia: “Otro par de ojos […] Sin ellos, somos narradores muy poco confiables de nuestra propia historia.” De igual forma, Ferran, amigo de Alan, llega a una conclusión similar mientras discuten sobre el rompimiento con Beatrice: “Nadie puede hacer nada por sí mismo”, una lección que nuestros protagonistas deben entender. Y es que todo parece indicar que las repeticiones son provocadas porque, en la primera noche, Nadia y Alan se cruzaron pero prefirieron no intervenir en la vida del otro. De haberlo hecho, ninguno de los dos hubiera muerto. Como sucede en algunos videojuegos en los que el protagonista no puede avanzar de nivel sin antes recolectar las herramientas o pistas suficientes, ni Nadia ni Alan hubieran podido ayudarse entre sí sin haberse encontrado gracias a las muertes y repeticiones.

Éste es el universo dándoles una segunda oportunidad para reconciliarse con los demás y con la importancia que pueden tener en su vida; no porque esté mal asumirse como alguien independiente y autosuficiente, sino porque no es posible mantener a raya los vínculos que surgen con las personas que nos encontramos en el camino. Es gracias a éstos que la pesadez de la existencia se vuelve más llevadera.

 © Netflix

La voluntad de vivir

En repetidas ocasiones durante la serie, Nadia se encarga de recordarnos a los espectadores lo absurda y dolorosa que puede ser la vida: “La humanidad… un poco sobrevalorada, ¿no?”. Este tipo de comentarios, disfrazados detrás de un humor ácido y desesperanzador, son revelados después como impulsos de muerte y decepción. En algún punto de su complicada infancia al lado de una madre con trastornos mentales y su posterior muerte, la vida perdió sentido para Nadia, motivo por el cual ella concluye que nada ni nadie tiene verdadera importancia.

Esto se ve reflejado en cada una de las decisiones que nuestra protagonista toma: el cigarro, el alcohol y las drogas como sutiles formas de autodestrucción, pero también la desconexión generalizada con el mundo a su alrededor, sus amigos, su ex pareja y sus compañeros de trabajo. Nadia se elimina a sí misma de la ecuación porque no considera que valga la pena, de entrada, formar parte de ésta: “Eras como una semilla sembrada en la oscuridad que buscaba su camino hacia la luz. Querías vivir, ¿todavía tienes eso en ti? […] Nadia, te veo ahora buscando a la muerte en cada esquina y me pregunto dónde quedó esa fuerza tuya que insistía en ser parte del mundo”, le confiesa Ruth en una de las escenas que mejor resume la apuesta de la serie y explica las motivaciones (o falta de éstas) del personaje principal.

Claro que entendemos el desencanto: la vida no es fácil, ni alentadora, ni esperanzadora. Al contrario, cualquier panorama venidero parece ser peor que el anterior. Y la humanidad, en efecto, es la especie que tiene al planeta en decadencia. Aun así, Russian Doll nos invita a aceptar estos escenarios y perdonarnos entre nosotros por todo ello, pues es la conexión entre individuos lo que hace que la existencia valga la pena. Es el “Hay que imaginarse a Sísifo feliz” (p. 156) del que alguna vez escribió Albert Camus.

Algo similar plantea Nietzsche respecto a la intimidante posibilidad de que la vida se repita sin que seamos conscientes de ello: hay que actuar de tal manera que un horizonte de infinitos retornos no nos cause temor; hay que elegir, en la medida de lo posible, una vida que nos de gusto volver a vivir. Es el amor por el destino propio (o Amor fati, escrito en latín dentro de La gaya ciencia); no entendido como la aceptación pasiva de circunstancias predeterminadas, sino como la reconciliación con aquellas cosas que no podemos cambiar. Puesto que la vida es un todo que tiene necesariamente puntos altos y bajos, Nietzsche escribe sobre la necesidad de aceptar esta dualidad intrínseca a la existencia. A quien puede hacerlo, el filósofo alemán lo denomina un Super-individuo (Übermensch), alguien capaz de generar un sistema de valores único que surge de su propia condición humana y una genuina voluntad de hacer el bien, y no está regido por preceptos o mandatos impuestos por instituciones morales como la iglesia. Por lo mismo, el super-individuo no cree en la existencia después de la muerte, en el paraíso o en el infierno; él cree en la vida tangible y en el marco de acción que ésta permite (5).

Russian Doll es un ácido comentario al respecto. Un viaje personal para su creadora, Natasha Lyonne, quien años atrás se vio a sí misma atrapada en el repetitivo ciclo de la adicción a las drogas. “Gran parte de la incomodidad que sufrimos como sociedad es nuestra falta de voluntad para admitir que estamos rotos a nivel individual y como especie, y el hecho de que pongamos en un pedestal cierto tipo de perfeccionismo idealizado es un verdadero desperdicio de energía […] Esta serie de alguna forma me recuerda que no debo excluirme a mí misma del mundo.” dijo en entrevista para la revista de cine y televisión Variety.

Así que más allá de parecer o no un tratado filosófico, Russian Doll es un amable recordatorio de que la vida sí vale la pena, y que aunque no podemos sacar del panorama los momentos dolorosos que nos han empujado a querer rendirnos, no tenemos que pasar solos por esas circunstancias.

 

Referencias:


Albert Camus. El mito de Sisifo. Alianza Editorial, 2012.

Friedrich Nietzsche. Así habló Zaratustra, edición de Andrés Sánchez Pascual en “El libro de bolsillo”, “Biblioteca de autor”. Alianza Editorial, 2006.

Danielle Turchianno, Natasha Lyonne on importance of ‘Quantum Consequences’ and connection in ‘Russian Doll’, Variety, 2019.

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