Kentukis (2018) de Samanta Schweblin: conexión y alienación tecnológica

Kentukis (2018), la novela más reciente de la autora argentina Samanta Schweblin, relata la historia de distintas personas alrededor del mundo y sus experiencias con unos objetos llamados “Kentukis”, los cuales funcionan como eje central ficcional del libro ─el novum, le llamaría Darko Suvin, desde la teoría cienciaficcional. Dichos objetos tienen la forma de un peluche mecanizado cuya gracia reside en que sus ojos son cámaras y en que son controlados remotamente por una persona aleatoria y anónima de cualquier lado del mundo que funge como espectador y actor de la vida del dueño del kentuki, sin estar allí, realmente. Es notorio, de entrada, el cuestionamiento tecnológico que presuponen los kentukis: se crea una dicotomía entre el observado y el que observa, el que “tiene” y el que “es”, los “amos” y los “seres” ─como lo formula una de las personajes.

Ligado a esto, la premisa pasa por una idea de la intimidad y el espacio personal, el cual es siempre transgredido por los seres artificiales. Sin embargo, la adquisición de uno es claramente la aceptación de la transgresión y los personajes “amos” (es decir, los que tienen un kentuki) permiten dicha violación en su búsqueda de compañía. Por otra parte, los personajes “ser” (los que controlan a un kentuki) entran en una familia, situación o casa ajena y “transgreden” esa intimidad ya sea por motivos económicos o para escapar de su realidad, aunque sea momentáneamente, en búsqueda de un lugar dónde pertenecer. Aunque hay episodios autónomos que funcionan como pequeños cuentos, la novela vuelve constantemente a cinco personajes: Grigor y Marvin son “seres”, Enzo y Alina son “amos”, y Emilia es ambos a la vez. Los cinco, sin embargo, resultan ser personajes atravesados por la soledad o por una necesidad de conexión. Paradójicamente, esa necesidad de conexión resulta en una alienación con su entorno “real”. Por motivos de espacio (y tiempo), exploraré brevemente esta tensión entre conexión y alienación, entre realidad y “ficción” en Marvin, uno de los personajes cuya simbiosis con el kentuki se vuelve más notoria.

Marvin es un adolescente que vive con su padre, quien lo obliga a encerrarse en un cuarto tres horas al día para estudiar y mejorar sus notas. De principio, su fuente más cercana de afecto (el núcleo familiar) adquiere toques tiránicos, pues la ausencia de su madre lo deja bajo el mandato “opresor” del padre (recordemos que el relato está focalizado en el adolescente, que jamás habla con cariño de su progenitor): “Una semana atrás, cuando su padre descubrió sus verdaderas notas, le hizo prometer que permanecería en el estudio tres horas cada día, rodeado de libros, estudiando” (315). Ese encierro físico ocasiona que Marvin busque en el kentuki la libertad (electrónica). Curiosamente, sus primeras excursiones al otro lado del mundo a través del kentuki no son excursiones puesto que su avatar se halla encerrado en una vidriera de una tienda, siendo un simple objeto de consumo alienado del mundo: “En la vidriera, golpeó la frente del kentuki contra el vidrio y se quedó mirando la calle vacía. Descubriría cómo salir de ahí, pensó. No aceptaría, al menos no en esa otra vida, volver a quedarse encerrado” (342). Si bien, en sus dos mundos (o “planos” de existencia) Marvin sufre situaciones similares, en ninguno de ellos hace un esfuerzo real por liberarse. Si la causa de su encierro físico es su mal desempeño en la escuela, el no estudiar sólo perpetuará el problema. Por otra parte, su encierro “virtual” es casi irreparable ya que únicamente se despierta cuando en el país en el que existe su kentuki ya han cerrado la tienda en la que vive y sólo los borrachos lo ven moverse dentro del escaparate.

Poco después, Marvin es liberado y se aliena de su realidad y de su padre para comenzar a crear conexiones con un grupo de rebeldes que aboga por la “liberación” de los kentukis. Aunque Marvin se cuestiona el movimiento durante un breve momento, pronto descarta sus dudas, a favor de la libertad soñada:

Diapositiva1

Claramente, Marvin busca la libertad ─por ello desea ser un kentuki dragón, alado, incluso si lo único que tiene de distinto es la apariencia─ y sus dos realidades se fusionan. A medida que halla en la tecnología un mundo verídico y aceptable, comienza a olvidarse poco a poco del mundo exterior, al que nosotros, como lectores, tenemos muy poco acceso a su vida fuera del kentuki y estamos restringidos a las experiencias de Marvin dentro del muñeco, encerrados con él durante el tiempo que duran sus episodios. Es decir, nuestro conocimiento de Marvin-persona depende casi enteramente de su experiencia como Marvin-kentuki (autobautizado como “SnowDragon”).

Al final, Marvin-kentuki va en búsqueda de la nieve (que claramente no existe en Antigua, Guatemala, el lugar en el que vive) pero es raptado por un hombre que lo sube a su camioneta, arrebatándole así la libertad que tanto le había costado conseguir. En ese momento de vida o muerte su padre le llama desde la cocina para que baje a comer. Ante el frenesí del conductor, SnowDragon sale disparado de la camioneta y entonces la realidad de Marvin-persona alcanza a Marvin-kentuki; los dos mundos colisionan y comienzan a fusionarse: “La voz de su padre gritó su nombre desde el otro lado de la puerta, y Marvin tuvo que hacer un esfuerzo para no largarse a llorar. Rodaba, seguía rodando hacia el lago cuando pensó en su madre y en la nieve” (2383). Marvin-persona y Marvin-kentuki cambian del uno al otro sin aviso sugiriendo una supresión del borde que separaba a ambos. Al confundirse con su yo-kentuki, el personaje se aliena de su propio cuerpo, se aliena de su yo-físico:

Presentación1

A pesar de que todo esto le ocurre a un peluche electrónico, miles de kilometros más lejos, el final de la historia de Marvin lo regresa por completo a su realidad física, puesto que su yo kentuki, probablemente ha muerto: “La mano del padre lo empujaba ahora por la espalda. Escalon tras escalón, cada vez  un poco más abajo” (2398). Además de las imágenes táctiles y el esfuerzo corporal que representa bajar escaleras (cosa que no puede hacer un kentuki), el final de Marvin presenta una caída. Como Ícaro, Marvin buscó una salida del encierro que le vino en forma de alas de dragón y que resultó en su perdición inminente.

Me parece que uno de los puntos de la novela es precisamente que las cosas no son blancas o negras. La tecnología de la que están hechos los kentukis no es buena ni mala: el uso que podrían darle los humanos es lo que regularmente causa horror (un poco como en Black Mirror). Aunque la autora también muestra el lado positivo: Marvin crea conexiones emocionales con personas desconocidas que no por lejanas son menos válidas, y logra (durante unas horas al día) ser feliz y libre en otro lugar del mundo. La experiencia de Marvin es a mi parecer la menos violenta de todas las relatadas en la novela, pero quizá por ello es que el personaje crea una dependencia insana e inquietante hacia su realidad alterna, lo que lo orilla a olvidar poco a poco quién es él físicamente (al menos durante las tres horas diarias que pasa frente a la tablet y durante los episodios a los que tenemos acceso como lectores) y a alienarse de su realidad física y cercana.

Casi todos los personajes en Kentukis (2018) de Samanta Schweblin tienen finales terribles, y podría parecer que la autora intenta demonizar la sociedad tecnológica en la que nos tocó vivir, pero más bien parece que trata de advertirnos sobre la responsabilidad que tenemos para con la tecnología, como creadores y consumidores. ¿Qué y a quién estamos dejando entrar a nuestros espacios personales? ¿Dónde terminan los límites del espacio personal y comienzan los sociales? ¿Con quién y de qué forma estamos buscando conexiones?

Lo cierto es que en la actualidad existimos en más de un plano. Lo importante es crear un balance sano y manejable en nuestras vidas, tanto la física como la electrónica. Hay que reconocernos a nosotros y a los demás como personas. Mirar a un lado y al otro de uno, no sólo a una pantalla. No siempre, no todo el tiempo.

 

Bibliografía:

Schweblin, Samanta. Kentukis. Buenos Aires : Literatura Random House, 2018. EPUB.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s