El monstruo de la homofobia en Closet Monster (2015) de Stephen Dunn

Llega junio y con ello la tan esperada celebración de la Marcha del Orgullo LGBTQ+. Aquí en la Ciudad de México, la marcha se llevará a cabo mañana sábado 29 de junio de 2019, y bajo el lema “Ser es resistir”, me pareció pertinente hablar de la resistencia a través de la visibilidad. Dentro del contexto de la diversidad sexual, la acción directa a tomar ante la represión que significa el crecimiento de personas queer o identitariamente diversos es resistir mediante la constante demostración de afectos y proyecciones al público de la identidad de género ―o la falta de ello― y la diversidad sexual.  En ese sentido, existir abiertamente como una persona que va en contra de la norma ayuda a la batalla constante que tiene la comunidad LGBTQ+ para la inserción pacífica dentro del esquema social que se ha cimentado durante años en el discurso misógino y que dio pie al discurso homofóbico que persiste en la época contemporánea. La homofobia es un monstruo que crece en cada uno de nosotros y que cuesta muchísimo trabajo matar.

Uno de los productos culturales que presentan la lucha internalizada con la homofobia ―sea uno perteneciente al grupo de la diversidad sexual o no― y encarnada muchas veces en las personas que cohabitan con uno es el filme Closet Monster (2015) de Stephen Dunn. Esta producción canadiense narra la historia de Oscar Madly (Connor Jessup), un joven estudiante que, tras presenciar el terrible ataque y abuso sexual a uno de sus compañeros de escuela, crece traumatizado ante su propia sexualidad. Oscar crece en un ambiente hostil debido a las peleas constantes entre sus padres y encuentra en su hámster Buffy una voz ―literalmente― que lo ayuda a sobrellevar el divorcio. Dentro del caos de su vida, Oscar crece con miedo a experimentar y expresar su sexualidad abiertamente con otras personas a causa de la opresión de su padre hacia la homosexualidad del primero. Es así que el filme de Dunn presenta en el personaje del padre de Oscar, Peter Madly (Aaron Abrams), la encarnación de violencia homofóbica, asemejándolo a una figura vampírica dentro de la imaginería de Oscar.

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©Elevation Pictures

Desde la primera escena del filme, se nos presenta a un pequeño Oscar jugando con su padre, quien tiene puestos unos colmillos falsos. El niño sostiene una estaca de madera y pretende matar a su progenitor al clavársela directamente en el corazón, prefigurando el desenlace de la relación entre ambos hombres hacia el final de la película. En primera instancia, vemos a un padre y su hijo jugando inocentemente, pero conforme avanza la trama, nos damos cuenta de que Oscar crece con elementos culturales relacionados con la figura del vampiro en la cultura popular. Oscar sabe, dentro de su imaginario, que los vampiros son malos y se les debe de matar mediante una estaca en el corazón; por ende, cualquier persona malvada, para la imaginación del pequeño Madly, debe ser exterminada con esta arma.

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©Elevation Pictures

Es así como un día cualquiera en su escuela, “Skeet”[1] ve que unos brabucones golpean y hostigan a un compañero mayor que él. Con Buffy en el bolsillo de su chaqueta y su estaca en la mano derecha, Oscar se prepara para ayudar a la victima de lo que parece ser una pelea cualquiera. No es sino hasta que llega al cementerio donde los brabucones están golpeando a su víctima que Oscar presencia un crimen de odio. El hostigamiento se convierte de abuso verbal y físico a un abuso sexual. Los cobardes que golpean al otro estudiante, toman una varilla de construcción y violan a su víctima, dejándolo desangrado y parapléjico de por vida. Oscar suelta la estaca, vomita y sale corriendo del lugar despavorido ante la horrible imagen.

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©Elevation Pictures

El impacto de presenciar el ataque al joven en el cementerio es tal que, cuando Oscar crece y experimenta algún tipo de acercamiento con otro hombre, su mente lo asocia inmediatamente con la forma en que fue herido el chico de su escuela años atrás. Por ejemplo, cuando ingresa a trabajar a una ferretería, Oscar empieza a desarrollar sentimientos por su compañero de trabajo llamado Wilder (Aliocha Schneider), pero cuando “Skeet” quiere masturbarse con la esencia que dejó su compañero en la playera del uniforme que le prestó, Oscar no llega al coronamiento de su excitación y en su lugar imagina que una varilla le está siendo atravesada por el abdomen. El crimen de odio que presenció durante su infancia lo traumatizó, sí; pero el reforzamiento de la homofobia internalizada de su padre es lo que orilla a Oscar a reprimir por completo cualquier indicio de una performatividad de género diversa a la que dicta la norma de su padre. Desde niño, “Skeet” tiene que lidiar con comentarios agresivos por parte de su padre. Peter Madly perpetúa conceptos ignorantes, misóginos y homofóbicos sobre la performatividad de género que el apenas infante Oscar podría representar. Al encarar a su padre sobre el ataque que sufrió su compañero, éste le contesta que lo atacaron porque el joven “era gay.” Y continúa diciendo: “Por eso es que te sigo diciendo que tenemos que deshacernos de este cabello, amigo.” Acto siguiente, el pequeño Oscar toma unas tijeras y se corta el cabello, y empieza una secuencia que muestra a padre e hijo construyendo una casa del árbol, haciendo énfasis en las herramientas y en el esfuerzo físico que requiere dicha actividad. Oscar liga inmediatamente la forma en que presenta al público su género con el rompimiento que él quiere lograr de la concepción de una orientación sexual distinta a la de su padre. A tan corta edad, Oscar busca reconciliar el ideal que tiene su padre acerca de la norma con su orientación sexual para que ésta quede en segundo plano y su padre se enfoque únicamente en la performatividad del género masculino que pueda desarrollar Oscar.

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©Elevation Pictures

Lo que nos lleva directamente al gusto de Oscar por el maquillaje. Como era de esperarse de un joven que llama a su hámster como Buffy la cazavampiros y que tiene una fijación hacia los monstruos, “Skeet” desarrolla un gusto por el maquillaje de efectos especiales. Su padre acepta esta actividad debido a que no es el maquillaje relacionado normalmente con la figura “femenina.” Este maquillaje conlleva ―para Peter Madly― un enfoque “masculino” ligado al efecto del cine de terror. Es decir, es aceptable para él que su hijo se desenvuelva en dicho ambiente porque está dislocando de la carga genérica que el maquillaje erróneamente tiene y lo está posicionando en una labor que apela al “género masculino.” Suena bastante arbitrario, pero es justo así como el discurso homofóbico funciona. Es únicamente por conveniencia que se asocia a ciertos productos con el género “femenino” y a otros productos con el género “masculino.” El género, como lo dice Judith Butler, es tanto un acto que aquellos que ejercen poder sobre algún individuo tienen la capacidad de mermar la concepción que dichos individuos tengan sobre sí mismos basándose en nimiedades como lo son el largo del cabello, los gustos que tengan o incluso la forma en que se observan las uñas de las manos.

La relación entre ambos hombres Madly está llena de altibajos. Y precisamente, la película alza la reflexión sobre si solo porque alguien sea de nuestra familia y nos haya dado algunos momentos buenos, debemos aceptar la violencia que ejercen ante nuestra mera existencia como individuos. Oscar pelea siempre con su padre porque éste representa la represión que el joven tiene sobre su propia sexualidad y afectividad en relación con personas de su mismo género. Y la única forma en que Oscar puede vencer al vampiro ―a su padre―, es ejerciendo resistencia a través de la visibilidad y existencia de su identidad sexual. En un momento esencial dentro de la trama, cuando Oscar debe romper con el ciclo de abuso, el joven patea a su padre dentro del closet como una alegoría a que quiere que el monstruo –la homofobia– se quede dentro del closet, en lugar de sí mismo. Pero finalmente, el último golpe hacia el monstruo sucede cuando Oscar recoge del patio las cosas que su padre había lanzado en un ataque de desesperación. Allí se encuentra misteriosamente –junto con el cuerpo inerte de su amado hámster– la estaca que había perdido cuando quería defender al chico del cual abusaron en el cementerio. La toma en su mano y con una fuerza naciente del dolor por haber perdido a Buffy, su única aliada en esa casa de Locos (o sea Madly en inglés), saca de su estómago la viga con la que violaron y abusaron del chico años atrás, y amenaza a su padre para que este último regrese a su guarida y no pueda dañar de nuevo ni a él ni a su madre.

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©Elevation Pictures

La película finaliza con Oscar viviendo en soledad haciendo lo que le gusta, en un instituto para jóvenes artistas. Pero al encontrarse recostado en cama, antes de conciliar el sueño, una memoria viene a su mente, la memoria de su padre regalándole un sueño (un ritual que tenían cuando Oscar era pequeño). En el recuerdo, se le ve a Oscar feliz porque está con su padre, pero, la escena se interrumpe y regresamos intempestivamente con “Skeet” en su cama, aún más feliz de lo que se le veía en su memoria. Pero ¿acaso es válido desechar las buenas memorias debido a que alguien ha violentado nuestra existencia y la percepción de nuestra identidad? Claro. La familia nunca se escoge, pero sí se puede escoger entablar una relación abierta, cordial y amorosa con ella. Se puede cimentar ―como con cualquier otra relación interpersonal― las bases para que nuestra familia signifique amor y comprensión. Y si no existe ningún lazo afectivo que se sustente mediante la aceptación y el respeto, hablando específicamente de las personas LGBTQ+, es totalmente válido que no tengamos una relación afectiva con miembros de nuestra familia. Nadie nace queriendo a otra persona, y el amor es trabajo constante. Pero cuando no hay amor de por medio, o algún afecto hacia la otra persona, por más que sea un miembro de nuestra familia no estamos obligados a sentir amor hacia dicha persona. Ni mucho menos cuando la contraparte está siempre atacando la existencia y la identidad propia. Resistamos siendo, pero no nos subyuguemos al intentar ser aceptados.

[1] Sobrenombre que le da a Oscar su madre.

Bibliografía

Butler, Judith. “Acerca del término ‘queer’”. Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Argentina: Paidós, 2002. Digital/PDF.

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