“Eso no es un perro. Es un ser humano a cuatro patas”: animalidad y violencia en “Mastín” de Joyce Carol Oates

Hablar de Joyce Carol Oates significa hablar de una de las autoras más prolíficas en la tradición literaria de los últimos cincuenta años. Con una trayectoria que envuelve numerosas novelas, colecciones de relatos cortos y poesía, Oates se ha posicionado como una de las voces más elocuentes e incisivas dentro de la literatura por hablar de temas que deben ser tratados, discutidos y resueltos en la sociedad contemporánea. Novelas como Violación: una historia de amor (2003) y Carthage (2011) nos dejan ver que la neoyorquina no tiene problema con mostrar a su público una mirada a la realidad ―a través de la ficción― envuelta en cierta aura romántica y gótica que caracteriza su poética. Bajo dichos parámetros, la colección de 2014 titulada Mágico, sombrío, impenetrable contiene dentro de sus páginas un relato llamado “Mastín” que no dista de la lúgubre cualidad narrativa de Oates.

Como inicio, “mastín” es una raza de perro que el Diccionario de la lengua española en línea define como: “grande, fornido, de cabeza redonda, orejas pequeñas y caídas, ojos encendidos, boca rasgada, dientes fuertes, cuello corto y grueso, pecho ancho y robusto, manos y pies recios y nervudos, y pelo largo, algo lanoso”. Y les invito a que hagan una búsqueda en línea para darse cuenta de que estos perros son unos verdaderos gigantes en cuatro patas; de toparse con ellos en la vida real, uno no puede evitar sentirse en desventaja ante su tamaño y fuerza. Brevemente, “Mastín”, hablando ya del cuento de Oates, narra el reconocimiento que procesa una pareja heterosexual sobre las expectativas fallidas en su relación amorosa mediante el uso de la alegoría del ataque de un perro mastín. Así, dentro del relato, Oates asemeja la dinámica entre el personaje principal (una mujer referenciada dentro del cuento únicamente como “la mujer”) y su pareja con la animalidad que caracteriza al enorme can.

Con dicha imagen en mente, la narradora dentro de “Mastín” empieza definiendo al perro como simplemente “enorme” para después seguir con una caracterización mucho más extensa:

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Así, de definir al perro como “enorme” pasa a atribuirle características humanas, personificando así al mastín con ciertos rasgos que proyectan violencia y descontrol, casi llegando a describir ―de no saber que se trata de un perro― específicamente a un “hombre”. Lo describe con un “tórax poderoso”, “musculoso” e incluso dotándolo de imaginería ligada a un órgano sexual: “la lengua, larga, ancha y rosada, parecía un órgano sexual”. Es importante mencionar que la mujer liga la lengua del perro con un pene debido a que, como se observará más adelante, ella ya ha sufrido acoso por parte de otro perro en su vida (y aquí, utilizo “acoso” porque ella describe como tal un episodio que sufrió bajo el poder de un “pastor alemán”). Dentro del cuento, Oates utiliza precisamente la figura de los perros como alegoría continua a las figuras masculinas con las que se ha topado “la mujer”. Los hombres en su vida son los perros de los cuales ella habla. Ese animal que ve frente a ella no es un simple perro, sus rasgos animales se asemejan tanto a aquellos de los humanos ―hombres bajo quienes ha sufrido violencia durante su vida― que la única razón para que exista tal espécimen canino es si se tratase de un humano caminando a cuatro patas. Por consiguiente, y en una segunda lectura del texto, al hablar del mastín, ella no sólo ve al animal que le asusta, sino que también observa actitudes violentas que presentan los hombres respecto al poder ejercido sobre las mujeres. Los ojos bien abiertos (para observar a las mujeres sin su consentimiento), la boca abierta, babeando y con la lengua de fuera (como cuando los hombres gesticulan que quieren sexo oral de sus potenciales víctimas), “jadeando húmedamente audible” (porque en ese momento, los hombres dejan de ser seres pensantes y se convierten en nada más que sus instintos violentos). “Eso no es un perro―”, ni los perros actúan tan salvajemente como los hombres abusadores; “es un ser humano en cuatro patas” que solo busca ejercer su poder sobre otros.

Como lo mencioné con anterioridad, más adentrados en el cuento, la narradora nos cuenta un ataque que el personaje principal sufrió a garras de otro perro:[1]

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Este suceso, siguiendo con la personificación de perros (pero ahora enfocándose en un pastor alemán), se asemeja al discurso usado al narrar un ataque sexual. En lugar de utilizar el verbo “gritar”, acción que realizaría un humano, la narradora establece que el perro “ladraba” a la niña violentamente (acción que asemeja la violencia verbal con la que los autores de acoso y violencia sexual se acercan a sus víctimas). La declaración dentro del discurso continúa haciendo hincapié sobre la naturaleza del ataque; la pequeña niña no era (ni será nunca) quien provocó la agresión, simplemente se trata de un perro desquiciado que busca lastimar y ejercer poder sobre sus víctimas. Así, Oates retoma la personificación de la figura canina como una forma de reflejar actitudes que se presentan en una masculinidad hipertóxica (esa que no para ante nada y únicamente busca violentar a cualquiera que se le enfrente, esa que ataca durante edades inocentes, esa que le hace cuestionar a sus víctimas si su mera existencia implica una constante lucha). En consecuencia, queda fundamentado el miedo que presenta “la mujer” por el mastín ―y por cualquier otro perro que se acerque a ella― al inicio del cuento.

Lo que me parece notable de “Mastín” no es que Oates haya personificado a los perros, eso se ha hecho miles de veces; lo sobresaliente es el hecho de que la autora utiliza la alegoría completa para presentar al lector actitudes tóxicas que los humanos tienen en las dinámicas sexoafectivas. Es decir, Oates hace uso del discurso que rodea las relaciones amorosas entre hombres y mujeres para criticar la forma en que cada persona utiliza excusas para proyectar algún aparente desinterés y no dejar que la otra parte reconozca sus sentimientos de interés mutuo. Por un lado, tenemos la crítica directa a la posición común de los hombres que se enfocan completamente en su trabajo, donde están tan ocupados (aparentemente) que no tienen tiempo para una relación amorosa satisfactoria:

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De tal modo que las expectativas creadas para una relación amorosa efectiva resultan en una negociación constante entre lo que da ―en este caso― el hombre y lo que busca recibir de la mujer. Aquí podemos notar que este hombre se enfoca en su trabajo porque es “impersonal y trascendente” algo que, supuestamente, él no está dispuesto a negociar aunque se sienta insatisfecho con su vida fuera del laboratorio. Una contradicción totalmente disparatada debido a que la sociedad le ha dicho ―al identificarse plenamente como hombre― que desear hijos y una vida emocionalmente satisfactoria era innecesario y una pérdida de tiempo. En su pensamiento heteronormado, siente que la vida le debe algo por el simple hecho de actuar como años de represión le han dicho que actúe. Y aquí, la crítica, claramente, no es hacia este personaje secundario, sino al sistema que le ha dicho a los hombres, por siglos, que es válido ser “idealista” sin realmente liberarse de las ataduras sociales. Él no quería una relación, pero sí todo aquello que conlleva una…

En contraste, la narradora nos deja ver lo que la mujer piensa sobre su relación con el hombre, que también se convierte en una negociación constante sobre lo que espera ella y lo que recibe de él:

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Aquí tenemos otro testimonio de la insatisfacción que la heteronorma trae, pero ahora a la mujer. Debido a la norma, se nos ha hecho creer que la vulnerabilidad es algo que va de la mano con “lo femenino” (si es que existe tal noción). Y por repetición, gracias a padres ausentes y figuras de autoridad retrógradas, los hombres piensan que ser vulnerable implica un retroceso en el poder que han construido ante la percepción que tienen otros sobre ellos. El ciclo de la heteronorma hace que las mujeres construyan  ideales aparentemente inalcanzables sobre una relación amorosa ya que los hombres (y otras mujeres) ven la indecibilidad del deseo y del amor como un escalón que debe superarse. Es decir, se idealizan actitudes tóxicas dentro de las relaciones (sexo)afectivas por miedo a ser vulnerables con alguien que sea de nuestro interés cuando no deberían existir, en principio, obstáculos que batir para tener una relación amorosa satisfactoria.

¡Vaya! Que sólo buscamos a alguien que sea el mismo en la mañana y en la noche, no es tan difícil.

Finalmente, después de la insatisfacción de la mujer y del hombre, después de haberse enfrentado ante sus expectativas fallidas y la indiferencia latente que yace en el cuento, no queda para “la mujer” (ya que es el personaje principal) más que resignarse a quedarse con el perro menos agresivo con el que ha socializado, su pareja actual: “En su relación [el hombre] sería siempre el más fuerte, ella se sentiría contrariada por su mayor fortaleza, pero él la protegería. Ella tal vez protestará, pero no llegaría a oponerse. Pensó en las dos o tres ocasiones en las que lo había besado fingiendo una emoción que aun no sentía” (Oates 51). Así como lo menciona Foucault, las relaciones siempre implican una negociación. Y la mujer aquí negocia sus intereses con las cualidades del hombre. El la defendió de ser herida gravemente por el mastín, pero ¿qué tanto de sus ideales está dispuesta a dar ella a cambio? Hacia el final del cuento, la mujer sueña con un visitante latente que estará siempre en su subconsciente:

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Después del desgaste emocional que implicó ser víctima del perro y hacerse cargo del hombre por quien no sentía una conexión significante, la mujer reconoce que la presencia ominosa de la respiración del mastín aún resuena en las sombras, muy dentro de ella. La personificación de sus miedos en forma del mastín asemeja a la imaginería Gótica, donde la presencia de entes externos y ominosos refleja ansiedades que buscan enfrentarse. Y si bien, en “Mastín” no existe una entidad sobrenatural per se que atormente a la mujer explícitamente, la ansiedad ante la masculinidad hipertóxica que se busca problematizar no se resuelve en su totalidad, sino que se acepta más bien como una cualidad más de las relaciones amorosas, como una cualidad latente, en este caso, dentro de la personalidad de la pareja de la mujer. Oates logra representar la manera irresoluta ―como pasa en la vida― en que uno va navegando a su entender las relaciones sexoafectivas en las que decide inmiscuirse.

Todos tenemos un mastín al que tratamos de hacer frente. Varios, en realidad.

 

Bibliografía:

Oates, Joyce Carol. “Mastín”, Mágico, sombrío, impenetrable (José Luis López Muñoz, trad.). Alfaguara: Barcelona, 2015. Impreso.

 

Notas:

[1] Cabe aclarar, que el personaje principal es una mujer a quien la narradora hace referencia casi exclusivamente como “la mujer”. Si bien, esta mujer se llama Mariella, este nombre únicamente se menciona dos veces; probablemente debido a que se busca que “la mujer” y “el hombre” reflejen a cualquier persona leyendo el cuento.

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