La La Land (2016) y las expectativas del amor romántico en el cine

Dirigida por Damien Chazelle, La La Land (2016) cuenta la historia del romance entre Mia (Emma Stone), una chica de veintitantos años que se muda a Hollywood para intentar triunfar en el mundo de la actuación, y Sebastian (Ryan Gosling), un amante empedernido del jazz que sueña con abrir su propio club donde se rinda tributo al género. La película es una mezcla entre un elogio a la ciudad de Los Ángeles y la capacidad de ésta para hacer los sueños realidad y una oda nostálgica a los musicales de la época de oro del cine hollywoodense. El conflicto entre los amantes (porque en las películas de romance siempre tiene que haber un conflicto que ayude a probar la fortaleza de la relación) surge precisamente de la tensión que se genera cuando sus sueños románticos y profesionales resultan incompatibles. Si bien estoy segura de que todos disfrutamos de una buena comedia romántica de vez en cuando, algunos de sus funcionamientos y de las ideas del amor romántico que propone este género son comportamientos tóxicos poco saludables. El filme de Chazelle intenta evitar precisamente ese tipo de actitudes. En esta entrada busco explorar cómo La La Land propone una ruptura de las expectativas y las convenciones que existen en torno al funcionamiento del romance en el cine popular hollywoodense.

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© Lionsgate

Casi al final de la película escuchamos la canción “Epilogue”, que es una mezcla de todas las melodías que ya hemos escuchado durante la película. Con esta música en el fondo, es decir, con la memoria auditiva de la música que acompañó lo que pasó en verdad, el montaje nos permite revisitar momentos cruciales en la relación entre Mia y Sebastian pero con la particularidad de que esta vez la historia los lleva a terminar juntos. El epílogo, que funciona como una especie de final falso o alternativo, es la película dentro de la película, el ideal, la ficción, el escape a los sueños. Pero luego despertamos. Como probablemente debimos suponer a partir del montaje teatralizado (aún más que el resto de la película), artificial (escenarios de cartón, transiciones inmediatas de un espacio a otro) e incluso autorreferencial (en una escena Mia y Sebastian se sientan a ver la película de la que podría haber sido su vida juntos) de las escenas del epílogo, lo que estábamos vislumbrando no era algo real. Esto es precisamente lo que pretende comentar la película: el amor real no es un “felices para siempre”, el amor real puede ser no terminar juntos o ser feliz con alguien más y las películas hollywoodenses nos han indoctrinado con falsos e imposibles estándares al venderos como real un amor que sólo funciona en la ficción. La La Land se vale de recursos deliberadamente artificiales, de lugares comunes y clichés románticos, pero su innovación recae precisamente en llevarnos lejos de la conclusión habitual del género.

Y es justo por eso que el final amargo de la película no debería de resultarnos una sorpresa. La primera vez que vi la película quedé devastada; me sentí traicionada al saber que después de todo lo que pasaron Mia y Seb no acababan juntos, aún cuando se nos había advertido desde el principio que la película se trataba de cumplir los sueños profesionales incluso si esto suponía renunciar al amor. Pero a lo largo del filme lo olvidé, muy convenientemente. El número musical con el que abre la película sirve para plantear los temas que se desarrollaran durante el resto de la trama, principalmente el de hacer lo que sea necesario para perseguir y alcanzar los sueños. La cantante, que es una mujer que al igual que Mia busca encontrar la fama y el éxito actoral en Los Ángeles, comienza con las siguientes líneas:

I think about that day

I left him at a Greyhound station

West of Santa Fe

We were seventeen, but he was sweet and it was true

Still, I did what I had to do

‘Cause I just knew

 

Pienso en ese día

Lo dejé en la estación Greyhound

Al oeste de Santa Fe

Teníamos diecisiete, era dulce y verdadero

Aun así, hice lo que tenía que hacer

Porque simplemente lo sabía.

La chica habla de cómo dejó atrás un amor que consideraba verdadero porque cumplir sus sueños profesionales era más importante para ella. Entonces, si estaba dicho desde el principio, ¿por qué nos engañamos a nosotros mismos con la esperanza de que esto resultará falso para la pareja estelar, con la esperanza de que la magia de amor triunfará por encima de todas las cosas si ya nos habían dicho desde le principio que así sería? ¿Por qué resulta una mala sorpresa saber que los protagonistas no se quedan juntos? La realidad es que años y años de comedias románticas en el cine nos han condicionado para esperar que ciertas fórmulas y conceptos se repitan de manera idéntica sin importar la innovaciones que se le puedan hacer al género.

Así que el filme en realidad no traiciona las expectativas de la audiencia sino que juega con ellas y las usa para hacer un comentario sobre los musicales y la fantasía del romance que presentan. El contraste entre el epílogo y “la realidad” dentro de La La Land permite comentar acerca de los funcionamientos problemáticos del genero de una manera similar a como lo hace 500 Days of Summer (2009) en el famoso montaje que compara al mismo tiempo la diferencia entre las expectativas románticas y la realidad. La expectativa es que alguno de los dos personajes renuncie a sus sueños en un acto de gran sacrificio que hará que puedan estar juntos, como en Grease (1978) cuando Sandy se transforma en una chica rebelde y Dany en un chico “decente”: ambos renuncian en cierto modo a parte de sus sueños y aspiraciones. En este filme ni Mia renuncia a convertirse en actriz ni Seb a abrir su club (en el epilogo Seb sí renuncia a sus sueños y se muda a París con Mia). Por otro lado, el filme tampoco cumple con el tropo de que está bien hacer que una pareja se separe en nombre de lo que se considera “amor verdadero”. Es inevitable desear que en esa última escena Mia corra a los brazos de Seb, se besen y el esposo de Mia (un personaje del que no sabemos nada y hacia el cual, por lo tanto, no sentimos empatía) desaparezca por arte de magia de la vida, para que los personajes puedan ser felices juntos.

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Expectativa © Lionsgate
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Realidad © Lionsgate

Si bien no se puede afirmar que La La Land está exenta de los funcionamientos problemáticos de las películas de romance (en términos de inclusión y diversidad, no hay que perder de vista que la pareja está compuesta por personas blancas y heterosexuales) creo que es importante reconocer la manera en la que el filme toma los clichés románticos y la nostalgia y los combina con la teatralidad de los musicales de una manera que le permite denunciar y comentar ciertos aspectos de estos géneros y reintroducirlos al cine de una manera en la que no se sienten (tan) formulaícos y repetitivos. Resulta un desafío tomar dos géneros que dependen tanto de la fantasía y de la ilusión como lo son el romance y el musical (porque tenemos que admitir que el “felices para siempre” es un invento y que la gente no realiza de la nada números musicales que ayudan a avanzar la trama de una historia) y mostrarlos desde una perspectiva distinta una realista que ayuda a evitar que consideremos este género como escapista ─si bien no estoy de acuerdo con la afirmación es un comentario recurrente acerca de los géneros populares─. No nos quedamos con la narrativa idílica pero la separación de los personajes nos muestra, de manera realista, que la pérdida no necesariamente es mala, contrario a lo que siempre nos ha dicho este tipo de películas, la pérdida permite agregar nuevos elementos, cosa que no hubiera sido posible al menos no para ambos─  si se quedaban juntos

Al final, no importa que Mia y Sebastian no se queden juntos, lo que importa (y jamás dejará de importar) son las partes de su relación que los ayudaron a crecer como personas, como el hecho de que Mia anime a Sebastian a perseguir su sueño de abrir un club de jazz e incluso le diseñe un letrero, o que Sebastian vaya a buscar a Mia a su ciudad natal para llevarla a la audición que le consiguió la película que la llevó a la fama. En pocas palabras, lo importante es reconocer que probablemente no hubieran llegado hasta ahí sin el otro. La relación entre los dos resulta un poco como el jazz que se encuentra tan presente a lo largo de la trama: ambos brillan en conjunto y componen una armonía que funciona, pero la realidad es que ambos están en busca del solo que les permita brillar en verdad.

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© Lionsgate

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