Editorial XVI: Crueldad

No me considero una persona con una memoria privilegiada: caras y nombres se me funden fácilmente en los recuerdos y a veces me tienen que recordar de ciertos eventos que ocurrieron tiempo atrás. Sin embargo, entre algunas memorias que se me han quedado grabadas con persistencia está la primera vez que intenté ver The Pianist (2002) de Roman Polanski. Estaba a finales de la primaria y en un viernes por la noche mis papás decidieron volver a ver la película. En ese momento (y por muchos años después) no logré terminarla. Después de una secuencia en la que soldados nazis avientan a un hombre indefenso en silla de ruedas por un balcón, me solté a llorar y me tuve que salir de la sala. Definitivamente no creo que haya sido una gran idea dejar que una niña de 12 años viera esa película, pero lo cierto es que uno de mis recuerdos más vívidos de ese incidente fue que me parecía inconcebible que una persona fuera capaz infligir un acto tan cruel a otra.

Nuestra experiencia cotidiana está permeada por actos violentos; todos los días vemos en las noticias, las series o películas e, incluso, en las conversaciones con amigos o conocidos incidentes que denotan de las peores características de nuestra sociedad que sólo se exacerban por la sobreexposición mediática a la que nos sometemos constantemente. Lo que me sigue sorprendiendo al entrar en contacto con esta violencia y los discursos sobre ella es la capacidad humana para la crueldad. ¿Cómo podríamos definirla? Sin ir más lejos, me parece que dos aspectos imprescindibles son la deliberación y la satisfacción perversa que subyace el hecho cruel. Es decir, para fines de esta editorial, me gustaría que entendiéramos un acto cruel como una posible ramificación de un acto violento, en el sentido en que la intención y el goce de hacer sufrir al otro es el eje que estructura esas acciones.

La crueldad puede manifestarse de distintas maneras, tanto físicas, como psicológicas. En última instancia, considero que es un ejemplo más en que se pretende demostrar poder mediante la brutalidad, pero con la diferencia significativa de que el fin del sufrimiento infligido es el sufrimiento mismo, aunque se pretenda que existe una justificación. Ésta me parece que es una característica que refuerza la idea de que la crueldad es una característica netamente humana: en la naturaleza podemos observar hechos muy violentos —pensemos en los torneos de “boxeo” en los que participan los canguros, por ejemplo—, pero la diferencia principal es que la agresividad entre animales responde a necesidades de supervivencia, antes que a demostraciones ególatras de poder.

Ahora, la última pregunta que tendría que responder en este espacio es: ¿por qué hablar de la crueldad en el arte? Me gustaría que dediquemos el espacio de la editorial y las recomendaciones de octubre a pensar en el arte como un espacio de resistencia, como un espacio en el que —recordando momentáneamente a los formalistas rusos— se pueda hacer “extraña” a la crueldad. Es decir, el arte nos ofrece un campo de posibilidades ilimitadas para desestabilizar nuestra asimilación y naturalización de la violencia y la crueldad como una parte inevitable de la experiencia cotidiana. Hoy les quiero invitar a aprovechar estas posibilidades del arte para cuestionar la crueldad y proponer alternativas que nazcan de la empatía y el cuidado, en vez de la tiranía y el sufrimiento.

Mayra Nakamura

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