“La escuela no es lo único que nos importa”: prejuicios y estereotipos en Booksmart (2019)

Escuché mucho acerca de Booksmart antes de ir a verla. Las reseñas positivas y el hecho de que es la primera película de Oliva Wilde como directora me intrigaban; pero lo que me convenció inmediatamente fue el saber que era un coming-of-age o una historia de crecimiento, uno de mis géneros predilectos. La trama básica no suena muy original: dos chicas a punto de terminar la preparatoria deciden salir de fiesta el día antes de la graduación para recuperar todo lo que se perdieron mientras se concentraban en sus estudios para entrar a grandes universidades de prestigio. El giro es que no son las únicas que lograron entrar a una universidad Ivy League; la gente que se divirtió y no sólo se dedicó al estudió también logró ingresar a buenas universidades y, cuando las protagonistas se dan cuenta de eso, toda su comprensión del mundo se derrumba.

En esta entrada analizaré cómo Booksmart pretende subvertir los estereotipos y prejuicios que existen en torno a las personalidades cliché que generalmente se presentan en los filmes que relatan la experiencia en la preparatoria, así como denunciar la presión que existe hacia el género femenino para definirse en un único rol, es decir, ser o bonita, o inteligente,  o atlética, (y otros clichés más) pero nunca dos de estos aspectos a la vez.

Empezaré con una breve descripción de las protagonistas. Molly (Beani Feldstein) es la presidenta de la clase y tiene planeado un ambicioso futuro que involucra ser la persona más joven en entrar a la Suprema Corte de Justicia. En parte es este sueño lo que la lleva a tener una actitud controladora y perfeccionista, a tal punto que corrige la ortografía de los grafitis de los baños. Es una chica determinada y dispuesta a sacrificar lo que se necesite para lograr sus metas; por ejemplo, el renunciar completamente a su vida social para concentrarse en los estudios. Su mejor amiga es Amy (Kaitlyn Dever), una chica tímida a la que le cuesta trabajo socializar con los demás. Amy es abiertamente lesbiana pero nunca ha estado con una chica y su introversión genera que Molly la manipule para hacer cosas con las que no se siente cómoda; por ejemplo, arrastrarla a un montón de fiestas distintas (e incluso invocar su pacto sagrado de amistad para hacer que acceda) cuando lo único que Amy quiere hacer es quedarse en casa.

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© United Artists

Toda la crisis existencial de las protagonistas y su deseo de experimentar todo lo que se perdieron se desencadena porque las invade la ansiedad de perder experiencias que no podrán recuperar después y esto las lleva a intentar llegar a la fiesta más importante de la noche. El único problema es que, debido a jamás han acudido a uno de estos eventos, no saben dónde es la fiesta y no tienen a nadie que les diga. La odisea que enfrentan para cumplir con esta meta las lleva a pasar por muchas experiencia nuevas y extrañas, un poco al estilo de Superbad (2007). Si bien la trama de ambas películas es similar me gustaría precisar que en Superbad los protagonistas son hombres y no se abordan los mismo temas; por ejemplo, se objetiviza el cuerpo femenino y se mira a las mujeres únicamente a partir de su valor como compañeras sexuales (los protagonistas buscan llegar a la fiesta porque el objetivo de uno de ellos es “conseguir” a la chica más bonita y popular de la preparatoria).

Las protagonistas hacen de sus compañeros enemigos ficticios, especialmente al enterarse de que pueden llegar a ser tan inteligentes como ellas. Sin embargo, una de las cosas que me parece más novedosa en Booksmart es que no existen villanos o antagonistas en el sentido tradicional. En la mayoría de los filmes que retratan la experiencia de la preparatoria, la gente popular resulta ser engreída y malvada, lo que se contrapone a las personas intelectuales o simplemente poco populares, que suelen ser víctimas de las fechorías de las primeras. En el filme, este no es el caso. Por ejemplo, Nick, el chico más popular, el vicepresidente de la clase y el que organiza la épica fiesta a la que Amy y Molly pasan la mayor parte de la película intentando llegar es en realidad una persona consciente, amable y considerada, de hecho él y Molly comparten muchos intereses en común. También está la chica que parecía odiar a Amy, que resulta no ser una mala persona, de hecho se muestra comprensiva y dulce cuando comparte la primera experiencia sexual de Amy (al menos hasta el punto en que esta última le vomita encima, pero eso es completamente entendible). Al final resulta que las protagonistas son sus propias antagonistas, en cierto sentido (un hecho recurrente en la adolescencia), al limitarse en lo que pueden hacer y al creer que las personas sólo pueden ser una sola cosa. Entonces la película nos muestra que no sólo las protagonistas son buenas personas: todo el mundo tiene una lucha interna y eso no los hace malos o los villanos de la historia.

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© United Artists

Esto se muestra más a detalle en la confrontación que se da entre Molly y Amy cuando finalmente logran llegar a la fiesta. Las dos estallan en una discusión acalorada donde salen a relucir los problemas que cada una tiene con la otra. Es un punto muy relevante porque justo nos lleva a darnos cuenta como espectadores que no necesariamente por ser las protagonistas siempre van a hacer todo bien o van a ser “las buenas” de la historia. Cuando llegan a la fiesta todo el mundo es amable con ellas y nos damos cuenta de que Amy y Molly juzgan de más a sus compañeros, como a Gigi (Billie Lourd) quien dicen que sólo se aprovecha de Jared (Skyler Gisondo) y parece estar mentalmente desequilibrada pero en realidad resulta ser una persona extremadamente leal, según lo que comenta este último. La experiencia previa con películas de este tipo nos lleva inmediatamente a estar de acuerdo con ellas porque son las rechazadas, las que no encajan, las que pensamos que la sociedad no ha tratado justamente; pero Booksmart subvierte este tropo.

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© United Artists

Otros de los lugares comunes de este tipo de filmes es la competencia entre mujeres y la manera en que estas son definidas con base en su sexualidad. El ejemplo más claro de esto se puede ver en Anabelle, una chica a la que todo el mundo llama “Triple A”. Ella obtiene ese apodo por dar “asistencia en la carretera” a tres chicos de la escuela (lo que se interpreta como que tuvo relaciones sexuales de algún tipo en un automóvil con ellos). Como bien señala Amy cuando Molly usa el apodo porque “todo el mundo lo hace”, el apodo de Anabelle es despectivo porque sólo se le juzga a ella por esos supuestos actos sexuales y no a los chicos involucrados. Si bien el uso de apodo por parte de las mujeres apunta a una falta de sororidad, este hecho se denuncia explícitamente, lo que genera una crítica hacia dicho uso. Casi al final de la película Anabelle le da un aventón a Amy y le comenta que los rumores son ciertos pero que ella no ve nada de malo en ejercer su sexualidad y que lo único que le molesta es que haya mujeres que también usen el apodo de modo despectivo.

Lo que sacamos de esto es la manera en que las mujeres son encasilladas en un único papel. Fuera de si los rumores son ciertos o no, a Anabelle se le estereotipa como una chica promiscua y de ahí la incredulidad del Molly al enterarse de que irá a la misma universidad que ella. Como si una mujer no pudiera disfrutar de su sexualidad y ser inteligente al mismo tiempo. Algo similar les pasa a Molly y Amy ya que se sienten obligadas a únicamente concentrarse en sus estudios y para triunfar en la vida porque la sociedad dicta que las mujeres sólo pueden ser una cosa, como que no puedes ser madre y trabajar al mismo tiempo o que el verte bien y maquillarte inmediatamente significa que no eres inteligente. El filme subvierte el estereotipo de que las mujeres son la competencia de otras mujeres. Amy y Molly admiran y siguen el ejemplo de feministas y mujeres que han logrado grandes cosas. Sus dormitorios y sus conversaciones están plagados de referencias a estas mujeres y, a pesar de que Molly solía llamar a Anabelle “Triple A”, está dispuesta a aceptar y aprender de sus errores para mejorar la convivencia entre las dos.

Y esta es precisamente una de las cuestiones más relevantes del filme: al salir de su zona de confort, Molly y Amy se dan cuenta de que han cometido varios errores que van en contra de sus principios, pero que ello no es el fin del mundo. No necesariamente significa que su actitud haya sido la correcta sino que es natural equivocarse y que están en una etapa de la vida en la que apenas están comenzando a encontrarse a sí mismas: las personas que fueron en la preparatoria no van a definirlas por el resto de su vida. Amy y Molly se creían mejor que los demás porque pensaban ser más listas, pero la realidad es que están igual de perdidas que el resto de sus compañeros y eso está bien y es normal. Las protagonistas se dan cuenta de que la vida no se trata sólo de trabajar. La inteligencia y el éxito no recaen sólo en el ámbito académico o profesional.

En conclusión, Booksmart es el tipo de película que me hubiera gustado ver en mi adolescencia porque resulta muy liberadora. Que alguien te diga que está bien no ser perfecta, que está bien equivocarse y que no necesitas definirte dentro de un rol único, que puedes ser más de una cosa, me parece algo extremadamente valioso porque la sociedad capitalista en la que vivimos nos lleva a poner el estudio y el trabajo como centro de nuestras vidas. Me parece que Booksmart apunta a decirnos que tiene que haber un equilibrio, un balance, entre los distintos aspectos de nuestra vida y que hay lecciones que aprender en cada uno de ellos.

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© United Artists

Un comentario en ““La escuela no es lo único que nos importa”: prejuicios y estereotipos en Booksmart (2019)

  1. Sinceramente quisiera pensar así pero desafortunadamente sigo ignorarndome a mi mismo y solo concentrandome en mis estudios, quisiera cambiar pero me es difícil sabiendo que cada día voy a la escuela y metiendome en más presión y depresion

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