Maternidades y desapariciones en Casas Vacías (2018) de Brenda Navarro

Escuchar la radio en las mañanas no es un asunto sencillo viviendo en México. He tratado de perseverar en esa labor porque creo que no podemos darnos el lujo de vivir en la ignorancia, a pesar de que los medios tengan la fama de maquillar los hechos a su debida conveniencia. No obstante la gran cantidad de noticias espantosas que se escuchan en el día a día, una de las realidades que más me hielan la sangre —y que en ocasiones hasta los noticieros prefieren no abordar— es la espeluznante cantidad de desaparecidos. Todas esas personas son el elefante blanco en el cuarto que, por más que tratemos de olvidarlo, nos persigue y demanda nuestra atención. Son una verdad muy incómoda y dolorosa. Personalmente, una de las cosas que me parecen más terribles es que difícilmente las familias y seres queridos de los desaparecidos podrían asimilar esas pérdidas, porque no hay un cuerpo tangible a quien velar, sino una ausencia

Desde que leí por primera vez, hace unos meses, la novela Casas vacías (2018) de la escritora mexicana Brenda Navarro, tenía ganas de escribir al respecto porque me parece que resuena con muchos aspectos de nuestra realidad como mexicanos. Finalmente pude concretar lo que quería decir sobre la novela al reflexionar sobre la imposibilidad de cierre que representan los desaparecidos en México. Casas vacías nos presenta una exploración de la maternidad frente al duelo de una desaparición. En esta entrada quiero demostrar que el contrapunto entre las dos voces narrativas contenidas en la novela permite un cuestionamiento de la maternidad —no deseada o imposible— en relación con la desaparición de un hijo y el incumplimiento del constructo social de dicha maternidad. Para ello, parto de una breve consideración del constructo social mexicano de la maternidad; luego, comparo las maternidades que se encarnan en las dos narradoras; y, finalmente, discuto la desaparición de un hijo como la cúspide del fracaso de la maternidad.

A grandes rasgos, Casas vacías trata de la desaparición de Daniel, un niño de tres años con autismo, y de cómo éste se convierte en “Leonel” cuando la mujer que se lo lleva pretende criarlo como su propio hijo. La narración, dividida en tres partes, se compone de las voces de las dos mujeres protagonistas: la mamá de Daniel y la mamá de Leonel (que, claro, ambos son el mismo niño, pero los nombres distintos nos ayudan a identificar a las narradoras, puesto que no sabemos el nombre de ninguna). Me parece interesante notar que a cada cambio de narradora lo anteceden fragmentos distintos de poemas de la escritora polaca Wisława Szymborska a modo de epígrafes que se relacionan con los eventos que transcurren en cada sección; pero, para ahondar en estos epígrafes, tendremos que dedicar otra ocasión.[1] En este momento me gustaría pensar en Casas vacías como una novela sobre la pérdida, el proceso de duelo que parece no tener fin y el dolor, desde el punto de vista particular de las madres: “Te imaginas todo menos que un día vas a despertar con la pesadez de un desaparecido. ¿Qué es un desaparecido? / Es un fantasma que se persigue como si fuera parte de una esquizofrenia” (Navarro 17). Me gustaría pensar en esta novela como un espacio para contener a las personas que permanecen mientras sufren el duelo de las desaparecidas.

Es una novela que está claramente anclada en la vida en la Ciudad de México, aunque se nombran lugares específicos en muy contadas ocasiones; asimismo, considero que la narración permite y motiva a que se puedan extender los eventos narrados al contexto de la sociedad mexicana como una comunidad más amplia. Siendo una novela sobre maternidades mexicanas, creo que no podemos escapar del estereotipo de la “madre abnegada”, de la que se espera que sacrifique hasta la propia vida por el bienestar de su familia. La novela de Navarro utiliza ese estereotipo —tan presente hasta en lo más recóndito de quienes creemos haberlo dejado atrás— como uno de los puntos de encuentro y desencuentro entre la Mamá de Daniel y la Mamá de Leonel. (Un paréntesis: justo porque nuestras dos narradoras carecen de nombre, pero se definen como madres de los respectivos nombres del mismo niño, de aquí en adelante usaré esas frases como si fueran nombres propios.)

La Mamá de Daniel es la primera voz narrativa que nos encontramos. Nos anuncia desde la primera oración de la novela que su relato va a ser sobre la pérdida de su hijo y el desgarrador dolor que esto le produce. La Mamá de Daniel se culpa a sí misma por la desaparición del niño pequeño, al haber estado distraída en su teléfono esperando un mensaje de su amante mientras su hijo jugaba en el parque habitual. La insistencia de ese echarse la culpa se va intensificando conforme avanza su relato y la culpa se mueve hacia ella misma por diferentes razones: primero, por haberle perdido la pista a Daniel; luego, por haberlo engendrado y traído al mundo en una situación no óptima. Ella y Fran (su pareja) se encontraban ante una situación sumamente delicada ─de manera simultánea al embarazo de Daniel─, ya que la hermana de Fran, Amara, acababa de ser asesinada por su esposo en Barcelona. Además de cargar con la pena del feminicidio, Fran estaba empeñado en que lo mejor para su sobrina, Nagore, sería que se fuera a México a vivir con ellos. 

La primera narradora se convierte, repentinamente, en la nueva madre de Nagore y en la eventual madre de Daniel, pero esa doble maternidad no era algo que la convenciera en un primer momento. Si bien su narración siempre está teñida por el dolor de la pérdida, lo cierto es que en múltiples ocasiones revela que ser madre no estaba entre sus objetivos de vida más deseados y se pregunta por qué accedió a ello. La Mamá de Daniel admite, incluso, que quizá no debió de haber sido madre, para evitar toda la desgracia que la maternidad trajo a su vida: 

El proceso de duelo de la Mamá de Daniel se vuelve más doloroso no sólo porque no hay un cuerpo que pueda mostrarle con certeza lo que le pasó a su hijo, sino que, además de todo, siente que los demás la ven como la única culpable, porque, ¿por qué una madre no estaría suficientemente al pendiente de su hijo, si es, por definición, su labor atender a sus necesidades?

Viendo la novela en su entereza, la pena por la que pasa la Mamá de Daniel se intensifica al llegar a las secciones narradas por la Mamá de Leonel, puesto que, como lectores, sabemos el paradero de Daniel. La Mamá de Leonel es un contrapunto claro de la Mamá de Daniel por varias razones. En primera instancia, si la familia de Daniel podría ubicarse en una clase acomodada, la de Leonel es de una clase social más baja —hacia el final se revela que vivían en los alrededores de metro Indios Verdes, lo cual se corresponden con las descripciones de la colonia donde viven y demás detalles—. En segunda instancia, una de las diferencias más notorias es que la Mamá de Leonel quería tener una hija a toda costa, lo cual usa como justificación para permanecer con Rafael, su pareja, con quien tiene una relación en gran medida manchada por abuso doméstico ─mientras que Fran y la mamá de Daniel, aunque tienen sus problemas, no viven una relación de pareja físicamente violenta—.[2] 

La Mamá de Leonel quería ser madre, pero no podía: le cuesta quedar embarazada de Rafael, pero, cuando al fin ocurre, pierde al bebé en un aborto espontáneo. Desesperada con su situación, en la que varias familiares la acusan prácticamente de “no ser mujer” por no poder tener hijos, decide llevarse a Daniel; siendo repostera de oficio, lo había visto con anterioridad al haber surtido paletas en una fiesta infantil en la que estaba el pequeño junto con familia. Inclusive su suegra le echa en cara esa infertilidad, por ejemplo, cuando le dice “que les dijera a todos que el bebé era de mi prima Rosario, la de Morelia, que la hija se fue para Estados Unidos y que pues yo, que no servía para dar hijos, me lo quise quedar. Le dije que sí con la cabeza pero sentí mucho enojo porque la muy cabrona no se quedó con las ganas de decir que yo no servía” (Navarro 48). La familia de la Mamá de Leonel es francamente hostil en su trato hacia ella y justifican este trato al tacharla de no ser “buena” hija, madre o esposa, de acuerdo con lo que ellos consideran que debería ser y hacer esa mujer en sus vidas. La cruel ironía para ella acaba siendo que Leonel jamás logra reparar ese tejido familiar que ella tanto ansiaba. 

No obstante las diferencias entre la forma en que ambas mujeres viven el prospecto de ser madres y la maternidad en sí, la pérdida y el dolor es lo que termina por unirlas en la narrativa. La Mamá de Daniel pierde a su hijo desde las primeras páginas, pero Leonel desaparece nuevamente hacia las últimas —la madre de la segunda narradora se lo lleva, presuntamente para proteger a su hija porque les llega la noticia de que estaban buscando a Daniel, y no se sabe más de Leonel—. La Mamá de Leonel se ve obligada a ponerse en los zapatos de la Mamá de Daniel cuando le quitan a su hijo, pero vive una situación de pánico más complicada, puesto que se había robado descaradamente al niño de aquel parque. Si bien sabemos que las acciones de la Mamá de Leonel son más que reprochables, mediante su narración en primera persona nos transmite de igual manera su tristeza y nos permite comprender, por lo menos, lo que la motivó a ese actuar. Quiere reportar el secuestro de Leonel, pero sabe que, de hacerlo, tendría que confesar su culpabilidad en la desaparición de Daniel; con la admisión de esa confesión imaginaria, cierra la novela: 

Considero que este comentario de la Mamá de Leonel refuerza la idea del contrapunto no sólo entre la Mamá de Daniel y ella, sino también la creación de una cierta comunidad de las mujeres mexicanas que viven constreñidas por el fantasma de la maternidad idealizada. En este sentido, la novela habla de dos mujeres específicas, pero podemos establecer muchos puntos de encuentro con muchas otras más.

Casas vacías nos obliga a reflexionar, por un lado, sobre las implicaciones sociales de pensar en la maternidad como la función y destino de las mujeres, un destino que puede convertirse en ataduras muy fácilmente: si no deseas ser madre, la sociedad te lo reprocha; si eres madre, pero no cumples con los estándares de “una buena madre”, igual es recriminable; y, finalmente, si no puedes ser madre, algo mal debe de haber en ti y, por ende, tampoco te podrías “realizar” como mujer. Claro que no estoy de acuerdo con esta visión tan adoctrinadora y prescriptiva de la maternidad, pero considero que es fundamental cuestionarnos de dónde vienen estas ideas para poder luchar, poco a poco, por una sociedad en que se nos deje gozar de la autonomía sobre nuestros cuerpos. La maternidad debe ser deseada. Punto.

Por otro lado, Brenda Navarro nos obliga a ver la desaparición de una persona desde el punto de vista de una madre, que es una realidad para más familias de las que nuestra cordura quisiera reconocer. México sigue siendo un país donde la violencia ocurre en distintos niveles, donde todos los días transitamos espacios en los que hay personas cuyos paraderos se desconocen y cuyos espectros continúan hiriendo a los seres queridos que dejaron atrás: “¿Por qué les llaman desaparecidos y no se atreven a llamarles muertos? Porque los muertos somos los que los buscamos, ellos siempre, siempre seguirán vivos” (Navarro 138).

Referencias
Navarro, Brenda. Casas vacías. Kaja Negra Ediciones, 2018.


Notas
[1] Por ejemplo, el epígrafe con el que abre la primera parte de la novela (Navarro 13) contrapone la banalidad de un suceso cotidiano descrito en el fragmento del poema “Puede ser sin título” con la rememoración del momento exacto en que una distracción de la narradora condujo a la desaparición de su hijo. Me parece que cada epígrafe, a su vez, establece un diálogo muchas veces irónico con lo que se narra en cada sección. 

[2]  Encuentro significativo que, en el caso de ambas narradoras, sus familias nucleares sí tienen nombres propios (Fran y Nagore, en el caso de la familia de Daniel; Rafael, en el de la familia de Leonel), aunque los nombres de ellas nunca se mencionan. Considero que esta ausencia de los nombres propios de las mujeres recalca, como mencioné anteriormente, que se les constriñe a su funcionalidad dentro de la familia, ya sea como pareja, madre o hija, en vez de concederles autonomía como personas. 

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