El desarrollo del crimen y las ansiedades sociales en Criminal Minds, The Fall y Mindhunter

Hace unas semanas anunciaron que la quinceava y última temporada de Criminal Minds (2005) empezará en enero del próximo año. Para mí, el hecho de que finalmente se termine la serie va a ser un parteaguas (aunque reconozco que quizá debió de haber terminado hace un par de temporadas) porque la he estado siguiendo desde hace más de ocho años y me acompañó, especialmente, durante mis primeros años universitarios cuando mi compulsión era tal que no podía parar de verla. Criminal Minds fue de las primeras series sobre crimen que vi en su entereza y no ha habido vuelta atrás. Pese a mi obsesión con ella, en más de una ocasión me he visto obligada a preguntarme por qué es que me gusta tanto ver desde la comodidad de mi computadora series sobre crímenes terribles, ya sean productos ficcionales o inspirados en sucesos reales. En preparación del fin de una era de obsesión con Criminal Minds, me gustaría dedicar este texto a reflexionar un poco sobre el fenómeno social de las series sobre crimen y sus audiencias. 

En esta entrada propongo que las series sobre crimen reflejan una serie de ansiedades sociales que, a su vez, se mitigan mediante el consumo de este tipo de productos de entretenimiento. Voy a ceñirme a la discusión de tres series que, en mi opinión, nos podrían servir para abordar este tema: Criminal Minds (2005), The Fall (2013) y Mindhunter (2017). Quiero demostrar que series como The Fall o Mindhunter denotan una trayectoria hacia nuevas ansiedades sociales que series más tradicionales como Criminal Minds ya no pueden solventar de la misma forma. Para ello, parto de un breve análisis de Criminal Minds como una serie estereotípica sobre crimen para luego resaltar los mecanismos mediante los cuales The Fall y Mindhunter apuntan hacia una realidad más violenta y compleja en que los modelos estáticos de “buenos” contra “malos” dejan de ser sostenibles. 

Criminal Minds sigue los casos de la Unidad de Análisis del Comportamiento (BAU, por sus siglas en inglés) del FBI, que en cada capítulo viaja a alguna ciudad de Estados Unidos para apoyar a la policía local en la resolución de un crimen particularmente terrible. Salvo algunas cuantas excepciones, los más de 300 capítulos siguen formatos que, tras tantas repeticiones en la serie, se han vuelto predecibles —me animaría a decir, incluso, que después de haber visto tantos capítulos hasta puedes adivinar la estructura general que va a tener, deben de haber unas cinco variantes—. La estructura más común es la siguiente: el unsub (“sujeto desconocido”, el sospechoso) comete un crimen, el equipo del BAU llega a la ciudad e inicia su investigación, crean un perfil del criminal que supuestamente guiará a la policía local a la captura del maleante, el equipo mismo es quien encuentra a la persona que encaja perfectamente con dicho perfil, y el capítulo usualmente termina con su captura, ya sea con vida o no. 

1. Criminal Minds (1)

Quisiera resaltar dos características que me parecen fundamentales para entender cómo funciona esta serie más allá de la trama del capítulo. La primera es que cada capítulo refuerza una dicotomía entre los buenos (el equipo del BAU) y los malos (todos los unsubs) que es fácil de reconocer y difícil de quebrar. Los integrantes del BAU se construyen como personajes heroicos con una brújula moral impecable que subyace, inclusive, algunas posibles acciones cuestionables que siempre se justifican por algún sentido de moralidad. Aunque las sub-tramas de los capítulos profundizan en el pasado de los personajes (ciertos conflictos que los afectan y las relaciones que establecen entre ellos), lo cierto es que la serie nos invita a simpatizar con el equipo como una suerte de familia que debe confrontar las facetas más oscuras de los criminales para lograr su captura. La segunda es que la captura o muerte de los sospechosos logra reestablecer el orden de las cosas; es decir, se logra la estabilización de la comunidad gracias a la intervención del BAU. De esta manera, Criminal Minds ofrece la justicia que emana de la moralidad del equipo de investigación como un bálsamo con la capacidad de menguar o contener la maldad detrás de los crímenes terribles que se cometen al principio de cada capítulo. El consuelo que ofrece esta serie es que, si bien no se puede evitar del todo que se cometan esos actos violentos, hay que tener fe en que las instituciones nos pueden proteger, en que habrá un Aaron Hotchner (Thomas Gibson) y un Dr. Spencer Reid (Matthew Gray Gubler) que velen porque se encuentre al culpable y prevalezca la justicia.

Ahora bien, si Criminal Minds es un ejemplo de una serie que favorece el regreso al orden y la implementación de la justicia en oposición al crimen, The Fall (2013) nos presenta una realidad un poco más lúgubre. Stella Gibson (Gillian Anderson) es una detective de la Policía Metropolitana inglesa que llega a Belfast, Irlanda del Norte, para liderar la investigación alrededor del asesinato brutal de una mujer. Al poco tiempo, Stella se dará cuenta de que hay más casos que están conectados y que en realidad deben buscar a un asesino serial con fetiches muy particulares. Aunque la estructura básica de la serie nos pudiera parecer conocida o, hasta cierto punto, predecible, me parece que se establecen diferencias importantes con respecto de una serie al estilo de Criminal Minds o similares. Si bien Stella es la protagonista, no es un personaje que rápidamente despierte simpatía. Es un personaje incómodo porque le da la vuelta a ciertos estereotipos de género de lo que se espera de una mujer en contraste con las libertades que se le conceden a un hombre en este género televisivo. Por ejemplo, algunos personajes se incomodan por la libertad sexual que vive Stella, siendo que probablemente no resaltaría en su equivalente masculino. Uno de los rasgos que resaltan es que ella está consciente de y denuncia el sexismo que subyace tanto las actividades policíacas como el crimen que está investigando.

The Fall

Las tres temporadas de The Fall giran en torno a la búsqueda del sospechoso, que pronto se revela que es el aparentemente agradable hombre de familia y trabajador social Paul Spector (Jamie Dornan). Se explora más de cerca la psicología del criminal, así como el desenvolvimiento de la investigación bajo el escrutinio de las autoridades y del ojo público. Me parece fundamental recalcar que, de manera simultánea a la exploración de la psicología del asesino, las nociones de la justicia o el bien se desdibujan conforme avanzan las temporadas. Para empezar, Stella Gibson no es irreprochable moralmente como casi cualquiera de los miembros del BAU de Criminal Minds; debe reconocer errores de juicio y afrontar ciertos sesgos personales que pudieran afectar la investigación. Además, si bien Paul Spector comete crímenes violentos, como audiencia debemos lidiar con el hecho de que a los ojos de quienes lo conocen es un miembro estimado de la comunidad. Aquí no existe una barrera impenetrable entre lo que está bien o mal, sino que varios personajes circulan en las áreas grises, lo cual es una realidad incómoda que, a veces, es mejor mantener en la oscuridad. Al final, la serie nos niega la posibilidad de cierre al obligarnos a pensar si lo que esperábamos era justicia o, más bien, venganza por la violencia a la que las víctimas fueron sometidas; se nos niega un restablecimiento del orden previo a la ejecución de los crímenes porque la maldad tiene consecuencias que las instituciones que deben impartir justicia no son capaces de contener. 

Por otra parte, Mindhunter (2017) es una serie que, a mi parecer, se aleja todavía más de los estereotipos tradicionales de los agentes de gobierno como los héroes y los criminales como los villanos. Profundiza en algunos de los cuestionamientos presentes en The Fall respecto de la supuesta claridad moral de quienes debieran implementar la justicia. A diferencia de las dos series de las que he hablado, ésta es una serie “de época”. Ubicada en los años 70, trata de la empresa en la que se embarcan los agentes del FBI Holden Ford (Jonathan Groff) y Bill Tench (Holt McCallany) junto con la Dra. Wendy Carr (Anna Torv) para sentar las bases de la investigación criminológica como una herramienta preventiva de futuros crímenes. La resolución de crímenes concretos pasa a un segundo plano frente a las entrevistas que le hacen Ford y Tench a la representación televisiva de asesinos seriales históricos como Edmund Kemper o Richard Speck y frente a los obstáculos que se le presentan al equipo para lograr el reconocimiento institucional y académico de la ciencia conductual que están desarrollando.

Ahora bien, Mindhunter comparte con Criminal Minds el énfasis en la ciencia conductual y en la creación de perfiles que pudieran servir para encontrar a los criminales. Sin embargo, si en Criminal Minds el equipo de la BAU es claramente heroico, en Mindhunter la moralidad de los protagonistas es mucho más ambigua. Ford, Tench y Carr son personajes complejos y con muchas fallas que se van revelando conforme avanza la serie; viven conflictos personales que en ocasiones les permiten sobresalir en lo que hacen, pero también les suponen limitaciones importantes tanto para realizar su trabajo como para relacionarse con las personas de su entorno. La relación entre los miembros del equipo es frágil, se guardan muchos secretos entre sí, y no demuestran tener gran confianza entre ellos. Sus fallas personales se hacen evidentes al momento en que deben entrevistar a los criminales, puesto que se les pone en una situación sumamente vulnerable que tiene repercusiones en su integridad física y moral. Si The Fall ya hablaba de una desilusión con las instituciones que debieran impartir justicia, Midhunter refuerza esta idea mediante la ambigüedad moral que rodea a los protagonistas quienes debieran representar la confianza en la institución gubernamental para procurar el bienestar de sus ciudadanos.

3. Mindhunter

Asimismo, la serie aborda también el morbo que como sociedad nos produce el desmenuzar los motivos ocultos o subconscientes de las mentes criminales, mientras pone en duda la cualidad humana de quienes nos interesamos por saber esos pormenores. Surge un cuestionamiento del culto mórbido que se ha desarrollado alrededor de quienes han cometido esos crímenes brutales ─que casi parecieran celebridades─ y el paralelismo entre los protagonistas y nosotros: así como a ellos les atrae entrevistar a los asesinos, a nosotros como audiencia también nos atrae saber más de estos crímenes. Considero que en la serie se produce una tensión constante entre la atracción y la repulsión que producen los asesinos y sus crímenes que, a su vez, reproducimos quienes nos interesamos por ese tipo de programas. Esta área de tensiones sólo puede existir gracias a la ambigüedad en los personajes, sus motivaciones y sus códigos morales. 

A la luz de estas tres series sobre crimen nos tenemos que hacer la siguiente pregunta: ¿por qué es que tenemos esa obsesión con conocer más sobre esos crímenes tan terribles y por qué querríamos verlos representados en nuestras pantallas? Me parece que la ficcionalización del crimen —ya sea totalmente ficticio como en The Fall o recreado como en Mindhunter— sirve para establecer una cierta distancia entre nosotros y esa maldad innombrable y, de alguna manera, poder comenzar a asimilar que existen ese tipo de actos barbáricos en nuestra realidad social. No obstante ese fin en común, cada serie de las que he hablado hasta aquí nos ofrece respuestas distintas. Criminal Minds nos da el consuelo de que, aunque existe la barbarie, las instituciones nos podrán proteger y un sentido de lealtad y determinación puede contrarrestar el desastre. The Fall nos obliga a confrontar el hecho de que ese sistema de justicia es lejos de ideal y que el sentido de moralidad humana existe en la ambigüedad. Finalmente, Mindhunter se convierte en una suerte de cuestionamiento metaficcional sobre nuestra obsesión colectiva con hablar de crimen y la dualidad entre atracción y repulsión que nos produce. Claramente, no es lo mismo ver una serie de ficción que leer un periódico o escuchar las noticias, por lo cual la distancia que se crea entre las representaciones ficcionales y nuestra realidad es fundamental para acercarnos a una exploración de la maldad y el lado más oscuro de la humanidad sin sacrificar de manera tan directa nuestra sanidad. En última instancia, ver este tipo de series sobre crimen se convierte en un acto catártico porque nos permite observar, sin involucrarnos directamente; cuestionar, sin arriesgar nuestra integridad; y obtener un consuelo, porque vivimos en tiempos violentos que sería una locura afrontar sin el filtro de lo (in)existente de la ficción.   

 

Referencias:

Cubitt, Allan, creador. The Fall. Artists Studio y BBC Northern Ireland, 2013.

Davis, Jeff, creador. Criminal Minds. Touchstone Television, Paramount Network Television, y The Mark Gordon Company, 2005.

Penhall, Joe, creador. Mindhunter. Netflix, Denver and Delilah Productions, y Panic Pictures, 2017.

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