Lock Every Door (2019):  una reflexión sobre la precariedad económica 

Cuando vamos caminando hacia la escuela o a nuestros trabajos, muchas veces pasamos por alto a la gran cantidad de personas que vive en las calles. La gente que se ha quedado sin hogar o no puede encontrar trabajo se desvanece ante nuestros ojos pues estamos demasiado enfocados en llegar a tiempo. ¿Quién piensa en aquellas personas? En estos momentos, en los que pareciera que todo pende de un hilo y nuestra estabilidad es prácticamente nula, duele pensar que nosotros podríamos encontrarnos en esa situación. Quizá por ello a veces volteamos la mirada; tal vez no podemos soportar ponernos en ese lugar por más de un momento. La gente en situaciones extremas es mucho más vulnerable a padecer la crueldad de otros y precisamente en eso me hizo pensar la novela Lock Every Door (2019) de Riley Sager cuando la leí. Esta es la historia de una chica que consigue un trabajo que suena demasiado bueno para ser cierto después de después de haber agotado sus últimos dólares sin tener siquiera un lugar para vivir. El trabajo soñado consiste en cuidar un apartamento en un edificio exclusivo, el Bartholomew, hasta que alguien digno de él pueda habitarlo; sin embargo, otros cuidadores han desaparecido y nadie sabe nada al respecto. Para esta entrada quisiera reflexionar sobre cómo la novela denuncia el peligro que corren las personas en situación de pobreza y cómo éste es invisibilizado hasta el punto que dichas personas en riesgo sienten que no pueden pedir ayuda. Pienso que el suspenso junto con el uso de la narración en primera persona son tácticas efectivas para sacar a la luz lo que se ha vuelto un secreto a voces en muchas partes del mundo: aquellos que no tienen una vida privilegiada pueden desaparecer sin dejar rastro, sin que nadie haga algo al respecto.

La trama de esta novela se presenta de una forma no lineal; cada capítulo indica la temporalidad por medio de títulos como “Ahora” o “Seis días antes”. Al ver una distribución casi a modo de cuenta regresiva se generan expectativas y suspenso sobre lo que ocurre en la novela. Al inicio del texto, la narradora, Jules, despierta al cuidado de un paramédico después de haber sido arrollada por un auto y su única petición es: “Por favor no me manden de vuelta ahí” (Sager 12). Sin ninguna referencia sobre lo que “ahí” significa comienza la historia antes del accidente y probablemente nuestro interés en lo que habrá llevado a la protagonista a esta situación. Posteriormente comprendemos que seis días antes del accidente Jules va a una entrevista para un trabajo muy bien pagado en el Bartholomew cuya elegancia y misterio la hace sentir completamente fuera de lugar: “El elevador asemeja una jaula de aves. Del tipo alta y ornamentada – toda de barras delgadas y cubierta de oro. Incluso pienso en aves cuando entro en él. Exóticas y brillantes y exuberantes Todo lo que yo no soy” (Sager). Al comparar el elevador con una jaula a pesar de su apariencia suntuosa, desde un inicio tenemos sutiles indicaciones que este maravilloso lugar no es lo que parece. La oferta de trabajo incluye suficiente dinero para que Jules pueda poner su vida en orden así como un lugar donde vivir que es su preocupación más inmediata, pero también incluye condiciones que la protagonista encuentra un tanto extrañas y sospechosas. Dentro de las reglas para trabajar en el Bartholomew se encuentran: no tener visitas jamás, siempre dormir en el apartamento que cuidas sin ausentarse ni un sólo día, el pago será siempre a final de mes para asegurarse que cumplas el contrato, no informar a nadie dónde te estás quedando ni tomar fotos o videos del interior del edificio. Tanto a Jules como a su mejor amiga esto les suena un tanto irracional, pero la culpa por falta de dinero y ningún otro prospecto la orilla a aceptar las excéntricas condiciones laborales:

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Jules sabe que se encuentra en una situación difícil y cualquier trabajo bien remunerado será bienvenido mientras pueda sacarla de las deudas en las que se encuentra.

Constantemente la narradora hace hincapié en lo complicada que ha sido su vida sin un techo propio donde vivir y contando los últimos dólares que le quedan, como cada gasto para sus necesidades básicas es un sacrificio y vive esperanzada en la paga que vendrá de trabajar en el Bartholomew. “Cuatro mil al mes. Por vivir aquí … Intento contener mi pensamientos con dificultades para hacer una cuenta sencilla. Eso es doce mil dólares por tres meses. Más que suficiente para sacarme a flote mientras pongo mi vida en orden” (Sager 19). Lo único que parece sospechoso por el momento es la falta de contrato y documentos que prueben que Jules trabaja como huésped de este edificio. Sin embargo, con preguntas que parecen inofensivas durante la entrevista como: ¿tienes familia? ¿alguien a quién podamos llamar en caso de emergencias? Jules se siente sola, y cuando conoce a otra chica que trabaja cuidando uno de los apartamentos se da cuenta de que todos los que trabajan como ella en el Bartholomew son gente sin nadie que vea por ellos y que cuentan los días para poder tener el dinero de su paga. Al tomar esto en cuenta, no pude evitar pensar que era demasiada coincidencia que este fuera el caso con todos los empleados en un ambiente tan restrictivo, ¿por qué contratar solamente a gente que no tiene nada ni a nadie? A pesar de las pequeñas señales de alerta Jules acepta el trabajo con la promesa de iniciar una mejor vida ya que el plazo de tres meses termine: “Ellos nunca han tenido que esperar que el depósito de su cheque llegue en la primer momento de la madrugada porque su cartera está vacía y sus tarjetas de crédito al máximo y necesitan pagar por gasolina desesperadamente. Y por comida. Y por una receta que no has podido surtir por una semana entera” (Sager). Muchas veces al buscar trabajo ocasionalmente en internet veo ofertas que ofrecen pagas ridículamente bajas y aún así estás dispuesto a mandar un currículum en caso de que nada más funcione. Los pensamientos repetitivos de la narradora sobre lo precaria que es la vida laboral hacen que el suspenso en la novela se sienta increíblemente incómodo al saber que no hay más opciones para la protagonista y muchas veces para nosotros tampoco.

Mientras los títulos de las secciones de la novela se aproximan cada vez más al “Ahora” donde sabemos que la vida de Jules peligra descubrimos que la razón del accidente tiene que ver con los extraños eventos que ocurren en el Bartholomew, el único lugar del que quiere alejarse. Conforme pasan los días otros empleados se han ido misteriosamente: “Erica e Ingrid. Ambas cuidaban apartamentos en el Bartholomew. Ambas están desaparecidas ahora. No puede ser una coincidencia” (Sager 183). Jules escucha ruidos extraños en las noches como si alguien estuviera en el apartamento y no puede sacudir la constante sensación de que alguien siempre está observándola: “Leslie está observando cada uno de mis movimientos” (Sager 164). Poco a poco la conducta de sus empleadores parecen inclinarse cada vez más a aislarla de cualquier contacto con el mundo exterior y las cámaras de vigilancia parecen seguirla a todas partes. Al hablar con Dylan, otro empleado del Bartholomew, comienzan a generar una teoría acerca de los extraños eventos que han ocurrido con otros cuidadores, ambos completamente desanimados pero sin otras alternativas: “‘… algo sobre esta situación huele extraño’. ‘¿Entonces por qué no te has ido?’ ‘Porque necesito el dinero’, dice Dylan. ‘Tengo que aguantar seis semanas más hasta que pueda tener los doce mil. Una vez que eso pase, entonces me voy de aquí, aunque no tenga ningún lugar a donde ir'” (Sager 189). Ambos empleados deciden tener cuidado pues incluso si reportaran los incidentes a las autoridades o a los residentes, no tienen pruebas sobre lo que sospechan que ha sucedido con sus compañeras ni creen que a alguien le importe. 

A pesar de todas las incomodidades y la certeza de que algo terrible podría pasarle, Jules no tiene los medios para dejar este extraño trabajo: “Los veintisiete dólares que quedan en mi cuenta no me alcanzan para una noche en ningún lado. Incluso si pudiera encontrar un motel tan barato en algún lugar de Jersey, todas mis tarjetas están al máximo y congeladas … Para poder irme, necesito quedarme” (Sager 219-220). Desde el principio de la novela sabemos que Jules intenta escapar incluso poniendo en riesgo su vida. El último día antes del accidente al descubrir que no hay forma de que continúe con su trabajo y salga viva del Bartholomew considerando las desapariciones que nadie parece tomar en serio, Jules decide renunciar al dinero que le han prometido para salvarse.

Creo que esta novela refleja varios de los problemas que la sociedad enfrenta hoy en día. La falta de trabajo y estabilidad económica, pero por otro lado representa la forma en la que personas desesperadas son forzadas a aguantar situaciones riesgosas con tal de conseguir dinero para sobrevivir. Claramente esta novela lo lleva a un extremo en el que el Bartholomew es un anzuelo para atraer gente pobre y solitaria que necesita un trabajo urgente y luego robar sus órganos:

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Con la cita anterior se ejemplifica lo que en muchas ocasiones aparece en las redes sociales, el desprecio hacia la gente pobre y las creencias de que la gente privilegiada es la única que debería tener acceso a ciertos beneficios.

Si bien esta novela se enfoca en el misterio y el suspenso, no pude evitar pensar al leerla en lo mucho que resuena con lo que ocurre en una gran cantidad de países, cómo se aliena a ciertas partes de la población y cómo hay políticas que hacen más y más difícil salir de la pobreza y conseguir un empleo que pueda pagarte lo suficiente para sobrevivir. Hay un exceso de niñas, niños, mujeres (como una mayoría) y hombres que han sido traficados como trabajadores sexuales, esclavos y situaciones peores, porque nadie se molestará en buscarlos o hacer algo por ellos. Pienso que por medio de la narración en primera persona y la temporalidad no lineal a modo de cuenta regresiva esta novela es efectiva para hacer a las y los lectores sentir empatía con estas personas que no tienen alternativas y quizá dejar de voltear la mirada cuando caminamos por las calles.

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