Editorial XXI: los espacios como personajes

Después de descubrir que las palabras entretejían frases en las páginas, mis primeros años como lectora se basaron en la creación de un pacto ficcional indeleble: cada nuevo libro me mostraba un mundo entero en el cual me podría sumergir durante el tiempo que me llevara terminar la lectura. Poco después, la fantasía se fue convirtiendo en uno de mis géneros literarios favoritos, puesto que me maravillaba la diversidad de mundos (cada uno con sus reglas internas propias) que podían coexistir en mi imaginación. Esa disposición y credulidad para entrar en un pacto ficcional con una obra creo ahora que es una de las grandes felicidades de la infancia.

Sin embargo, una de las consecuencias principales de estudiar literatura de manera profesional es que pierde la ingenuidad al momento de lidiar con un objeto artístico. Hasta en los contextos más casuales —pensemos en esas películas que ves en la tele cuando tienes insomnio, o en las novelas palomeras que te llevas a la playa para relajarte—, una parte de nuestro subconsciente siempre va a intentar desmenuzar la construcción del mundo de la obra de arte y los personajes que cobran vida dentro de ella, para comprenderla o juzgarla (aunque quizá ambas). En esta editorial me gustaría tratar de conciliar la forma en que leemos de niños con la forma en que aprendemos a leer como profesionales de la literatura a partir de pensar en la construcción de los espacios en la ficción. Quisiera que pensáramos en aquellas ficciones en las que el pacto ficcional nos inmiscuye en ese mundo creado sólo para, luego, hacernos cuestionar el funcionamiento de ese espacio. Específicamente, pensemos en los espacios que adquieren, quizá a ratos o de manera constante, características de un personaje.

Las recomendaciones de este mes giran en torno a ficciones en las que los espacios están tan cargados de elementos significativos y característicos que desdibujan las barreras entre espacio y personaje. ¿Será que los espacios sufren un proceso de personificación o es que esas ficciones desdoblan la noción de un personaje para incluir un espacio? Muchas de estas obras no nos ofrecen una única respuesta a esto, pese a nuestra pretensión de herramientas críticas que nos ayudan a diseccionar el arte.

Me gustaría que pensáramos en las consecuencias que tiene el hecho de que los espacios se transforman en personajes y en cómo nos afecta como espectadores de las ficciones cuando el mundo de la obra deja de ser un escenario para convertirse en uno de los actores. Esta ambigüedad interpretativa de los espacios como personajes muestra que las ficciones que nos atrapan son las que nos obligan a regresar a ellas para disfrutarlas, analizarlas y volverlas a descubrir con nuevas perspectivas. Considero que el placer de analizarlas viene de la destreza con la que la obra exige que se mantenga el pacto ficcional. Mientras éste sea el caso, volvemos, si bien con algo de recelo crítico, a la credulidad de la infancia que hacía tan disfrutable esa experiencia.  

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