Editorial XXII: Música

Después de aquella siempre descontextualizada frase deicida, quizá la cita más famosa de Nietzsche es en la que expresa que la vida sin música sería un error. Ésta también está siempre fuera de contexto y la mayoría de los que la hemos usado no tenemos idea de dónde ha salido y, quizá, ni siquiera hemos leído a Nietzsche en la vida. Aún así, hay algo que suena terriblemente ominoso en la frase: verdaderamente la vida sin música sería  un error.

Pero parándonos a pensarlo un poco, la vida sin música es imposible. Parece ser que toda civilización registrada en la Historia ha desarrollado alguna forma de expresión musical con los recursos que tenga a la mano (literalmente) y así seguirá siendo en el futuro, hasta que los humanos perdamos la capacidad de hablar o de silbar o de golpear una roca contra el suelo en algún ritmo específico.

En la actualidad, la música acompaña a mucha gente todos los días quizá más que en cualquier otro momento de la Historia. Los arrítmicos desafinados ya no necesitan esperar el Festival de Equinoccio de Invierno para que el Chamán convoque a los músicos al centro de la tribu para ser parte de la apoteosis que siempre representa una buena pieza; hoy pueden decirle a Alexa que toque a Bad Bunny, escuchar a Wagner en Youtube o comprar afuera del metro un disco con 100 canciones de Luis Miguel por $10 pesos.

La música, tan arraigada en nuestra psique colectiva, también se ha colado en otras expresiones artísticas (y viceversa, pero de eso no hablaré aquí). El arte sonoro como tema o motivo es recurrente en obras literarias como La insoportable levedad del ser (1984) de Kundera, pero también funciona intertextualmente en obras más “populares” como Eleanor & Park (2012) de Rainbow Rowell (y que incluso tiene un soundtrack oficial con las canciones mencionadas en el libro).

En el cine, la música ha estado allí desde el inicio (porque realmente quién querría sentarse una hora en silencio entre el barullo humano frente a imágenes de señoras con sombreros que abren mucho la boca para simular que hablan) no sólo en forma de soundtrack y banda sonora, sino que el musical como género ha tenido momentos de auge y declive, pero nunca ha desaparecido por completo de las salas. Lo mismo podría decirse de las biopics sobre músicos famosos, que abarcan desde el excéntrico Mozart en Amadeus (1984) hasta el excéntrico Elton John en Rocketman (2019).

También se han creado grandes piezas musicales exclusivamente para videojuegos (todas las piezas de Santaolalla para The Last of Us, por ejemplo) y algunas de ellas incluso han salido de la pantalla para representarse en “los grandes teatros” insertando así la cultura popular en los espacios de la “alta cultura” (tenemos así conciertos sinfónicos con la música de The Legend of Zelda, Final Fantasy o Super Mario Bros.). También hay juegos musicales como Dance Dance Revolution (1998), Rock Band (2007) o Sayonara Wild Hearts (2019) que dependen del ritmo y habilidad muscular del jugador o jugadora para ganar.

La música se mete en el arte y la ficción así como se mete en nuestras venas y ventanas. No es casualidad que los europeos y los ricos salgan a sus balcones a cantar en estos días de encierro: la música hace la vida más llevadera

El resto de nosotros seguiremos cantando desde nuestras casas rentadas; desafinados, pero con el corazón.

A.

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