[Reseña] Lxs que no quieren creer que son amadxs, título opcional: la renovación de las prácticas narrativas

Desde un edad temprana nos dicen que estudiar es un privilegio, que tenemos que echarle ganas a la escuela porque es nuestro único trabajo, que hay quienes no tienen la oportunidad de ir a la primaria y están trabajando desde chiquitos, que no vamos a lograr nada en la vida sin un título universitario (pero no cualquier título, de preferencia uno que deje dinero y que no esté relacionado con las artes o las humanidades). Lo que no te dicen es qué hacer con ese título una vez concluida la veintena de años de estudio. Ahí acaba el manual de reglas de la vida.

En otros tiempos, las personas que terminaban la universidad conseguían rápidamente un buen trabajo y se daban a la tarea de formar una familia (o eso dicen, a mí no me consta). Hoy en día no hay trabajos, traer hijos a un mundo sobrepoblado y caótico no parece ser la mejor idea, y eso sin mencionar cómo han cambiado las dinámicas románticas. Entonces, qué hacer después de obtener el tan anhelado título es un enigma que no hemos logrado resolver.

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© El club de los pepinos agrios

Con estas problemáticas en mente, el colectivo Lxs que no quieren creer que son amadxs se dio a la tarea de elaborar una exposición multimedia intitulada Lxs que no quieren creer que son amadxs, título opcional, que sirve para reflexionar y cuestionar el entorno en el que nos desarrollamos y cómo factores económicos y utilitarios nos impiden en gran medida crear nuestras propias narrativas en nuestros propios términos.

Esto lo hacen a través de dos proyectos audiovisuales: dos capítulos de la serie El club de los pepinos agrios y Manifiesto: Nuestro derecho a la decepción. Por un lado, la serie es una sátira que sigue la vida de tres egresados de la universidad que comparten un departamento (Ricardo, Fanía y Luis Ángel) y que se niegan a formar parte de la sociedad capitalista pero, al mismo tiempo, necesitan encontrar una manera de obtener dinero para poder comer y pagar la renta. En su determinación por ofrecer un estilo narrativo diferente a lo convencional, hay un momentos en que la cosa se vuelve bastante metaficcional y los personajes miran directamente a la cámara, se dirigen al espectador e incluso vemos el guion y al equipo de producción aparecer en la toma:

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© El club de los pepinos agrios

Por otro lado, el manifiesto explicita los objetivos del colectivo a través de un montaje que pretende deconstruir el discurso audiovisual tradicional y expresar la necesidad de un espacio para narrativas distintas. De ambas piezas se rescata la oposición al utilitarismo, la crítica de la producción audiovisual como algo exclusivo para la élite (es decir, para quien tiene el capital para solventarla), y la creación de nuevos relatos que cuestionan todo la anterior.

En cuanto al espacio físico donde se proyectaban estas piezas, la sala consistía de dos cuartos contiguos donde las tres piezas se reproducían en bucle. La simultaneidad de las proyecciones provocó que tuviéramos que decidir a qué le queríamos prestar atención (o intentar prestarle atención a todo al mismo tiempo y, por lo tanto, o prestarle atención a nada). Como se trataba de una experiencia colectiva, había que llegar a acuerdos con los demás. La vez que estuve ahí decidimos subir el volumen del primer capítulo y mutear el segundo, y luego intercambiar, para después pasar a la sala donde se proyectaba el manifiesto.

La disposición de las obras resultó inmersiva: te sentabas en el mismo sillón en el que el Ricardo de la serie se sienta a hacerla de anfitrión de un talk-show y donde se besa con el tipo que acaba de conocer en una fiesta. Incluso la piña y el poster que aparecen en varia escenas también están ahí. Mientras mirábamos hacía las pantallas, dos grandes reflectores apuntaban directamente hacia nuestras caras, lo que nos complicaba observarlos tranquilamente y aumentaba la temperatura de la pequeña y abarrotada sala. De repente empecé a sentirme como las personas que veía en esa serie y la idea de hacer una fiesta para pagar la renta empezó a sonar bastante bien. Éramos y al mismo tiempo no éramos las personas de la pantalla. Sus problemas se sentían ajenos y familiares al mismo tiempo.

Lo que más rescato de la exposición y del proyecto en general es la coherencia entre ideas y acciones. En primer lugar, lxs realizadorxs hablan de los problemas y las dificultades que experimentan como colectivo y realizan un proyecto audiovisual que si bien no resuelve sus conflictos y visibiliza y abre la conversación sobre el tema, me agrada que no hablen de temas que no les competen o no conocen y que no romanticen ciertos temas desde una posición de privilegio, como suele pasar con las narrativas en el cine (creado casi exclusivamente con gente con los recursos para producirlo). Esto otorga al proyecto una sensación de veracidad y honestidad. En segundo lugar, el proyecto problematiza quién tiene derecho a contar una narrativa y sugiere la idea de crear nuevas formas de hacerlo, justo es por esto que los espectadores tienen la posibilidad de controlar el orden en el que ven las piezas así como el volumen, no imponen una narrativa en la muestra sino que la exposición se enriquece de las propuestas de los presentes.

Si bien la exposición no encuentra solución a los problemas de Fanía, Ricardo y Luis Ángel, la primera muestra de los proyectos del colectivo Lxs que no quieren creer que son amadxs propone, a través de la teoría y la práctica, la renovación de las prácticas narrativas tradicionales; esperemos que sea el primero de muchos proyectos que apunten en esta misma dirección

 

Nota:

Agradezco al colectivo Lxs que no quieren creer que son amadxs por proporcionarme el material audiovisual para obtener las imágenes de la serie.

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