“Sobrevivir es insuficiente”: arte en el fin del mundo de Estación Once (2014)

La novela Estación Once (2014) de la escritora canadiense Emily St. John Mandel, narra la historia de varios personajes antes, durante y después de una pandemia conocida como la “Gripe de Georgia” que erradica al 99.99% de la población terrestre. Hasta aquí es cierto que quizá no sea la mejor novela para leer en medio de una crisis mundial derivada precisamente de una pandemia; las descripciones sobre el encierro, la paranoia del contagio y la indiferencia inicial de algunos personajes están demasiado cerca de la realidad que vivimos actualmente. Pero, como he explorado antes en entradas sobre obras similares (The Last of Us y The Road), el fin hipotético del mundo como lo conocemos nos distancia de nuestra realidad inmediata, por lo que podemos apreciarla con un poco más de objetividad. A partir de la premisa apocalíptica de Estación Once, la autora logra presentarnos cuestionamientos apropiados sobre las sociedades en las que habitamos: ¿qué valor real tienen la cosas que actualmente nos parecen imprescindibles? o ¿qué cosas no hemos valorado todavía, porque se nos antojan inagotables? ¿Qué hay más allá de la mera supervivencia?

Si bien las dos primeras preguntas ya las he abordado con anterioridad, la novela de St. John se inclina más hacia la última cuestión y constantemente reflexiona sobre el acto de “sobrevivir”. ¿Por qué vale la pena? ¿Qué, como sociedad y como especie, nos impulsa? Para hablar de ello, la autora sigue (la mayoría del tiempo, aunque con muchas digresiones) a una compañía artística llamada “La Sinfonía Errante” (The Traveling Symphony) que viaja de un lugar a otro de un Estados Unidos destruído, tocando música “clásica, jazz, arreglos orquestales de canciones pop previas al colapso─ y [actuando] Shakespeare” (550) para los pequeños asentamientos de sobrevivientes. El lema de la Sinfonía y que adorna las tres caravanas en las que viajan es “Porque sobrevivir es insuficiente”, una frase sacada del episodio “Instinto de supervivencia” de Star Trek: Voyager (lo cual hermana la novela un poco más a la ciencia ficción, aunque la autora parece querer deslindarse de ese hermosísimo género). Dicha frase es repetida en varias ocasiones y la idea de supervivencia es una constante en una novela que trata sobre el fin de un mundo y el inicio de uno nuevo. En esta entrada, analizaré brevemente cómo Estación Once explora el tema de la supervivencia y su relación con la experiencia estética artística.

Creo que innumerables diálogos filosóficos y posts de metroflog (el Hi-5 de nosotros los pobres) han establecido una clara distinción entre “vivir” y “sobrevivir”, y hay cuestiones biológicas, económicas y culturales que se han puesto en una categoría u otra. La comida, por supuesto, es necesaria para “sobrevivir”, mientras que el cine no (y así llevamos 20 días con los cines cerrados, hasta hoy). Un refugio del clima y otros depredadores claramente es necesario para “sobrevivir”, mientras que una buena obra de Shakespeare pareciera pasar a segundo lugar. Así, el arte ha sido hallado insuficiente en muchas ocasiones por las personas que lo consideran innecesario para la vida (o que no se han puesto a pensar qué tan ligado está realmente a casi todos los aspectos que nos avalan como sociedad “civilizada”).

La novela, por supuesto, se desarrolla en gran parte en un mundo destruído, en el que la “supervivencia” personal y de la especie (no ya de la civilización) es mucho más importante que cualquier otra cosa (el amor, la fraternidad, el arte). De hecho, cuando el ex-paparazzi Jeevan se entera, a través de un amigo epidemiólogo, que la pandemia será peor de lo que los medios dejan ver, lo primero que hace es abandonar a su novia y luego ir al supermercado a comprar botellas de agua, comida y, sí, papel de baño: “El conocimiento de Jeevan de cómo prepararse para los desastres estaba basado enteramente en películas de acción; pero por otra parte, había visto muchísimas películas de acción. Empezó por el agua: llenó uno de los carritos extragrandes de supermercado con tantas botellas como cupieron” (361). Después del suceso apocalíptico, una de las protagonistas, Kirsten Raymonde, se muestra consciente también de su instinto de supervivencia, pues ha tenido incluso que matar personas para poder seguir con vida: “Es posible sobrevivir a esto, pero no inalterada, y llevarás a estos hombres contigo todas las noches de tu vida” (4153). En un mundo sin leyes, la regla de la supervivencia del más fuerte vuelve a ser vigente, en el sentido de morir o matar. Para “vivir” (o disfrutar del día a día) es necesario primero “sobrevivir” y es algo de lo que los protagonistas están conscientes.

Por ello mismo, el papel de La Sinfonía Errante dentro de la sociedad post-apocalíptica es tan importante. Los habitantes de los pequeños asentamientos han batallado todo ese tiempo por mantenerse con vida y es el llamado de los y las artistas itinerantes el curar el alma de la existencia dolorosa a través del arte y de la catarsis que éste puede ocasionar: “Lo que la Sinfonía estaba haciendo, lo que siempre estaban haciendo, era tratar de conjurar un hechizo, y los disfraces ayudaban; las vidas con las que se encontraban eran trabajosas y difíciles, gente que pasaba todo su tiempo ocupada en las tareas de supervivencia” (2154). Por ello mismo llevan el arte a las personas, variando la obra representada según el estado anímico en el que se encuentren ellos o el asentamiento al que han llegado: “‘Sueño de una noche de verano,’ dijo Gil … ‘Me parece que la tarde demanda hadas(634). Por supuesto, para un asentamiento con el espíritu roto una comedia shakesperiana obtendrá una respuesta más positiva de parte de los espectadores que, digamos, Rey Lear (obra a la que se hace constante referencia en el libro), siendo que la primera trata sobre el amor y la vida, mientras que la segunda aborda en mayor medida la locura y la muerte.

Además de la Sinfonía Errante, la novela de St. John Mandel hace alusión a otras muestras de arte o de experiencias estéticas que ayudan a los sobrevivientes a lidiar con su presente. En primer lugar, está el cómic llamado Estación Onc, que da el nombre al libro. Es una obra gráfica autopublicada antes del fin del mundo por una mujer llamada Miranda Carroll. El cómic sigue la vida del Dr. Eleven, llamado así por la estación espacial en la que vive, dentro del contexto siguiente:

Diapositiva1

Como puede verse por esta pequeña sinopsis del cómic, tanto Kirsten como el Dr. Eleven se encuentran en situaciones similares de vida, haciendo lo necesario para sobrevivir, yendo de un lado a otro, mirando los vestigios de una civilización perdida: “Una línea de texto hasta abajo del cuadro: Me detuve y miré mi hogar dañado y traté de olvidar la dulzura de la vida en la Tierra (621). Quizá por esa identificación con el personaje es que Kirsten se sabe los cómics de memoria, pues los ha mantenido consigo desde los ocho años y le han servido de consuelo a través del tiempo. Claramente también los artistas también necesitan un respiro del mundo.

Como breve digresión, quisiera destacar que este recurso de la ficción-dentro-de-la-ficción es un recurso utilizado en varias obras de Shakespeare (precisamente en Sueño de una noche de verano se da una representación teatral que apoya la temática amorosa y el tono irónico de la obra), con lo que la autora parece rendir tributo al Bardo al mismo tiempo que establece el tema de la supervivencia mediante el paralelismo entre ambos personajes.

Por otra parte, aportando a la memoria de la civilización perdida, el personaje Clark Thompson establece en el Aeropuerto de Severn (uno de los asentamientos más grandes) un Museo de la Civilización, en el que se exhiben distintos objetos relacionados con el pasado del mundo. Por supuesto, el último objeto que entra en la colección es una copia de el cómic Estación Once. Esto me parece significativo porque el cómic pasó a ser una obra autopublicada por un autora cuasi-desconocida a ser uno de los objetos preservados del viejo mundo. No se menciona realmente si la obra en sí tenía algún valor artístico y sus únicos dos lectores ávidos habían sido dos personas que tenían ocho años cuando ocurrió la fiebre de Georgía. Sin embargo, el cómic funciona como vestigio de la preocupación humana por la distinción entre “vivir” y “sobrevivir”. El Dr. Eleven intenta sobrevivir pero al mismo tiempo se lamenta por la pérdida de la belleza en el mundo, de las cosas que valen la pena.

La tarea de Kirsten y sus compañeros de la Sinfonía Errante consiste en retornar la belleza en el mundo, o hacerla evidente. A fin de cuentas, aunque las obras de Shakespeare hablen de tiempos aparentemente lejanos, sus conflictos básicos siempre emanan de las relaciones entre sus personajes (los cuales son atemporales) y eso es algo que la Sinfonía Errante valora:

Diapositiva2

Justo de allí, me parece, parte el valor de la novela de Emily St. John: de su capacidad para evocar la importancia del arte y las relaciones personales dentro de nuestras vidas. Así, en una entrevista para la NPR, la autora explica que: “Sobrevivir nunca es suficiente. Aquí en el presente … tocamos instrumentos musicales en los campos de refugiados. Montamos obras de teatro en zonas de guerra. Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, hubo un show de moda en París. Creo que hay algo en el arte que nos recuerda nuestra humanidad. Puede recordarnos a nuestra civilización.”[1] Esta cita es de 2015, pero me parece que hoy, en medio de una reclusión forzada que nos mantiene flotando en el tiempo y el espacio como al Dr. Eleven, es especialmente valiosa.

Si bien en México el encierro por el COVID-19 no es (todavía) obligatorio, en varios países europeos se han tomado medidas más drásticas. Entre los escépticos, los paranoicos, los indiferentes y los cuidadosos, es cierto que en todas partes se ha dado una reestructura del tejido social, quizá temporalmente, en el que curiosamente es la tecnología la que nos mantiene unidos entre individuos, pero es el arte el que nos mantiene anclados a la sociedad y nos ayuda a reconocernos en el Otro.

 Espero que cuando el encierro acabe, un grupo itinerante de teatreros pase por nuestras calles para recordarnos lo que es una experiencia colectiva. Mientras, tenemos música, cómics, videojuegos, películas y otras expresiones artísticas para recordar, no tiempos mejores, sino que no estamos solos.

La dulzura de la vida en la Tierra sigue aquí, entre nosotros, aunque justo ahora parezca haberse quedado detrás de la puerta.

 

Notas:

[1]https://www.npr.org/2015/06/20/415782006/survival-is-insufficient-station-eleven-preserves-art-after-the-apocalypse

*Aunque la novela Estación Once sí ha sido publicada en español, las traducciones que aparecen aquí fueron hechas por mi a partir de la edición original en inglés.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s