Elementos góticos en Cuernavaca (2017) de Alejandro Andrade Pease

La última vez que nos vimos por aquí, escribí sobre Las manos pequeñas de Andrés Barba; una novela que hace uso del arquetipo del enfant terrible como una fuerza que viene a desequilibrar una sociedad ya resquebrajada por la orfandad mediante los juegos siniestros de una niña llamada Marina. Si bien argumenté que la novela de Barba mantiene un aura en sintonía con la literatura gótica sin llegar a serlo por la falta del elemento paranormal que le caracteriza, me di la oportunidad de retomar esa misma sintonía con la literatura gótica pero ahora representada en el séptimo arte. Y es que teniendo en mente Las manos pequeñas ―debido al impacto que dejó en mí― recordé una película que vi por primera vez, hace tiempo, en la Cineteca Nacional: Cuernavaca (2017) del director Alejandro Andrade Pease. Anecdóticamente hablando, mi interés por el filme nació de encontrar el nombre de la película en una lista de filmes LGBTQ+ mexicanos, así que cuando me enteré de que la proyectarían en la Cineteca, decidí darle una oportunidad. La verdad es que, al llegar a la sala, solamente tenía en mente el trasfondo de haberla encontrado en el listado de películas cuir mexicanas; pero cuando finalizó, y después de que en la sala se sintiera un ambiente bastante pesado ―por decir lo menos― me di cuenta de que Cuernavaca sí podría ser catalogada como un filme de temática cuir, pero iba mucho más allá. Quizás, retomando el sentimiento que transmite Las manos pequeñas, podría ser éste el mismo sentimiento que me dejó la producción de Andrade Pease.

En sí, Las manos pequeñas y Cuernavaca no tendrán una comparación activa en este análisis, sino que utilizo la novela de Barba como un punto de partida para un eje temático que sí que comparten y que es parte del análisis general. Pero me estoy adelantando un poco. Brevemente, Cuernavaca trata sobre un niño llamado Andrés que, después de un asalto a mano armada en una heladería en la que se encontraban su madre y él, se ve en la necesidad de irse a vivir con su abuela paterna en el estado de Morelos, precisamente, en su capital Cuernavaca. Este filme, retomando un poco el eje temático que utiliza Barba en su novela, recurre a la figura del huérfano para protagonizar la cinta y se ayuda de elementos pertenecientes a la tradición de la literatura gótica para crear un ambiente que potencialmente podría culminar en un gran filme de horror, pero sin llegar a serlo. Puntualmente hablando, Cuernavaca no es una película que se pueda catalogar dentro del género de horror, pero sí toma elementos tales como son la caracterización del personaje principal, el escenario donde se desenvuelve la trama, los personajes secundarios y la transgresión social, para dar lugar a un filme que irrumpe a la audiencia y que rara vez se ve en el cine nacional.

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Como primer punto, argumentaré la caracterización del personaje principal, Andrés o Andy (Emilio Puente), como le dicen de cariño. Dentro de la tradición de la literatura gótica europea, los personajes principales tienden a ser mujeres ―en su mayoría― de tez blanca, rubias, huérfanas y aparentemente inocentes. Es justo cuando se enfrentan a alguna otredad, atrapadas dentro de algún viejo castillo o locación apartada de su cotidianeidad, que empiezan a enfrentar sus propios demonios. Andrés no es tan diferente de ellas; en este caso, haciendo a un lado la diferencia del género, el pequeño Andy es blanco, rubio y hecho huérfano de madre dentro de los primeros treinta minutos de la película. Justo al inicio del filme, Andrés se nos presenta como niño asustadizo que se escuda atrás de una capa roja que le regaló su padre (capa que resuena con la imaginería del cuento de hadas “Caperucita Roja”). Es en este momento que Andy y su madre (Mariana Gaja), después de comprar una nueva capa ―porque la que le obsequió su padre estaba muy vieja― entran a la heladería donde le disparan a su mamá quién cae en coma y finalmente muere en el hospital. Este coma, aparte de resonar, de nuevo, con un cuento de hadas como lo es “Blanca Nieves”, deja a Andy en lo que parece un trance que dura hasta que llega a la hacienda de su abuela en Cuernavaca.

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Esta primera parte del filme, es decir, desde el inicio hasta que Andy conoce a su abuela paterna, parece una pesadilla de la cual el protagonista no logra despertar del todo. Durante dicha primera media hora, Andrés va al hospital y llega a lo de su abuela abrazando ya no la capa que su papá le había regalado, sino el único recuerdo ahora del amor arrebatado de su madre. Desde el inicio, el pequeño niño está encariñado con la capa de su padre debido a que éste ya no se encuentra en su vida (la audiencia sin tener en claro qué es lo que le sucedió a su papá), pero en realidad, aunque la capa sea la de su padre o ya la nueva que le compró su madre, esta representa la fuerza que éstos buscaban trasmitirle. Dicha fuerza, en lugar de agregar algo al personaje a lo largo del filme, parece ser únicamente una clase de artificio que va cambiando forma. Me refiero a que, después de encariñarse con la capa roja, el receptáculo de sus afectos va cambiando; después de llegar con su abuela, deja la capa de un lado y ahora se encariña con el teléfono celular de su padre ausente. De tal manera que, la ingenuidad de la protagonista gótica se traslada en Andy como una necesidad por encontrar eso que le hace falta, esa figura o ese amor ―ya no materno sino paterno― que viene echando en falta desde antes que su madre muriera.

Este no es el único momento en que la ingenuidad de Andrés resalta, pero para fines argumentativos, seguiré con el siguiente punto, que refleja la forma en que el receptáculo de sus afectos cambia. Junto con Andy, el ingenuo protagonista, existen tres personajes secundarios que presentan características que sintonizan con la tradición literaria gótica y son: la abuela de Andrés, (el fantasma) del padre y el joven Charly. La primera de estos personajes en aparecer dentro de la vida de Andy es su abuela Carmen (Carmen Maura), una española que reside en Cuernavaca y quien le da albergue a Andrés después del atentado hacia su madre. En la primera escena en la que se nos presenta, se muestra una abuela regia, española, y que pregunta a Andy si sabe quién es ella. Pero lejos de preocuparse por Andrés y la terrible situación por la que pasa, sin preguntarle siquiera cómo se encuentra o si quiere hablar de lo sucedido con su madre, la abuela Carmen se convierte en una figura materna opresora y casi castrante. Su cualidad de extranjera no solamente ejemplifica la comunidad española que radica en Cuernavaca, sino que hace eco con una figura mucho más explicita del otro, esa otredad que está presente en la literatura gótica como un extranjero que se apropia de un espacio para esparcir su ideología e ir corrompiendo a todo aquel que ponga un pie en su propiedad. En el caso específico de Cuernavaca, la abuela pasa a ser una fuerza con la que Andy siempre está en pugna, en una pelea constante para saber el paradero de su padre y poder así, junto con él, librarse de ella.

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Por otra parte, el padre de Andy (Moisés Arizmendi) está presente desde el inicio de la película, pero como una especie de fantasma, una entidad ―metafóricamente hablando, claro― que Andy parece invocar y querer asir en la medida de sus posibilidades. El padre de Andrés es uno ausente por razones que se le explican a la audiencia hasta la mitad del filme. De corazón ludópata, el también llamado Andrés merodea la casa de su madre en forma de memorias y anhelos que tiene el niño sobre su padre. La abuela de Andy únicamente atina a decir que el mayor está de viaje, pero evita decir más al pequeño; razón por la cual, al encontrar en un armario viejo el celular de su padre —al que supuestamente su abuela le habla cada noche—, se obsesiona con dicho objeto para encontrar alguna respuesta que podría o no tener el aparato. El anhelo es tal, que Andy recurre a Charly, un trabajador de su abuela, para que le ayude a conseguir un cargador y crédito para el celular. El fantasma del padre, eventualmente se materializa debido a la insistencia poética de Andy para encontrarlo, pero el padre que encuentra Andrés no es más que un atisbo de lo que fue, un despojo de lo que buscaba realmente. Al aparecerse en la casa de su madre, el padre no presenta más que actitudes infantiles y ludópatas que únicamente dejan más confundido al pequeño Andy sobre ese afecto que tanto esta buscando. Y es que, esa relación homosocial entre padre e hijo se ve trasladada ―e incluso un poco complejizada― a la dinámica que establece Andy con Charly.

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Charly es la otra presencia masculina dentro de la vida de Andy y la que trae consigo la mayor transgresión social dentro del filme de Andrade Pease. Charly, este joven que es empleado de la abuela, no es más que una especie de objeto de deseo para Andrés. ¿Recuerdan que había mencionado que el niño cambia de obsesión dentro del filme? Pues precisamente, después de la capa roja y del celular de su padre, Charly se convierte en lo que parece ser la materialización del ideal de amor que buscaba en su padre pero que fricciona con cierta tensión homoerótica que significaría una transgresión digna de un relato gótico. Y me refiero a que, cuando Charly es mostrado a la audiencia y a Andy simultáneamente, el pequeño justamente acaba de despertar de esa terrible pesadilla que significó la muerte de su madre; por lo que la escena es dibujada como si a Andrés le hubiera despertado el sol iluminándole la cara mientras el agua con la que Charly regaba el jardín salpicara la ventana por donde se asoma Andy. Mientras que busca respuestas sobre el paradero de su padre, Andrés se encariña con Charly, a tal grado que el mayor ve una oportunidad ideal para aprovecharse de la posición de Andy para poder asaltar la casa de la abuela. Si bien la tensión homoerótica creada por el director nunca llega a un punto álgido de culminación o compleción, el hecho de que exista dentro del filme dicha tensión concuerda con la sintonía que tiene generalmente la tradición literaria gótica, donde la sexualidad ―y las disidencias sexuales― se ve explorada de una manera que irrumpe muchas veces el (in)consciente colectivo de una sexualidad hegemónica.

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Finalmente, la única forma en que cualquiera de estos elementos podría desarrollarse es en un lugar propio que permita la transgresión, un lugar fuera de la cotidianeidad y la aparente “normalidad que significa, en este caso, la Ciudad de México (que es de donde sacan a Andy). En cualquier relato gótico que se jacte de serlo, es necesario que exista un distanciamiento entre lo conocido para trasladarse a un ambiente desconocido y nuevo para que el ingenuo personaje principal pueda florecer ante la adversidad, en este caso, Cuernavaca. Pero no es Cuernavaca por si misma el lugar donde se desarrolla la trama, sino específica y puntualmente la hacienda de la abuela de Andy, cuya entrada en el filme sucede a la medianoche. El castillo abandonado o la casona victoriana se ve mexicanizada a una hacienda productora de mermeladas de guayaba. En la propiedad, las grandes cortinas y puertas entreabiertas esconden el secreto de dónde se encuentra el padre de Andrés, junto con un pequeño paraíso “selvático” que se encuentra tras un cerrojo. Es notable, pues, que a pesar de que la casa cuenta con muchas puertas cerradas y entreabiertas, Andrade Pease haya encontrado la forma de incorporar el bosque dentro de la hacienda. En cierto momento, cuando Andy trata de convencer a Charly para que éste le ayude a conseguir el cargador para el celular de su padre, el más grande le muestra una puerta secreta que únicamente su abuela conoce. Una puerta que conecta con una cañada, un río y un bosque que conecta la esfera de la alta sociedad ―como lo es la hacienda de la abuela― con el barrio donde vive Charly. En palabras del último, desde ese pequeño bosque se puede ver su casa y justamente, al estilo de una obra de la literatura gótica, este bosque, esta área, aunque pequeña, significa un lugar donde tanto Charly como Andy pueden tener contacto físico, no sexual, pero sí afectivo. Pareciera que, tanto la cañada como los huertos de guayabos, son los únicos espacios donde Andy y Charly pueden socializar sin ser condenados por su dinámica.

Para finalizar, no queda mas que argumentar que el filme de Andrade Pease deja mucho que desear en cuanto al desenlace. Todos estos elementos caracterizados convergen hacia los últimos quince minutos de la película, pero no llegan a un punto álgido que ceda ante la transgresión de Charly y Andy, o del padre de Andy con su hijo, sino que más bien, recurre a estos elementos góticos ―ya sea conscientemente o no por parte del director― para aumentar la tensión de la trama más y más, solo para después desecharlos como si no existieran y perder así cualquier oportunidad de llegar a una culminación que irrumpiera aun más. Cuando vi la película en la Cineteca, a medida que iban progresando la trama y ciertas escenas entre Charly y Andy, o el padre y Andy, o incluso entre la abuela y Andy, se sentía dentro de la sala un ambiente verdaderamente pesado porque parecía que el filme iba a llevar a la audiencia a lugares que resonarían con el inconsciente colectivo sobre dinámicas homosociales o filiales transgresoras. Lamentablemente, todo el momentum creado que ―quiero creer― fue ideado por el director, no llegó a ningún lado. Charly simplemente desaparece de la trama y Andy se queda con su padre y se van de la hacienda de su abuela, sin siquiera dar lugar a un crecimiento emocional tanto para el padre como para el hijo. Es notable lo que logró con estos elementos de la tradición literaria gótica, sin embargo, Cuernavaca se queda en un experimento fallido que, en lugar de culminar como una cinta de horror mexicana que podría ser notable, se queda como un drama familiar. Si tienen oportunidad de verla, háganlo y cuéntennos sobre su experiencia.

 

Fuentes:

Andrade Pease, Alejandro. Cuernavaca (2017) México: Pisito Trece.

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