(Super)heroísmo y una denuncia al sexismo institucional en The Boys (2019)

Mi gusto por las narrativas de superhéroes empezó en el cine en las épocas en las que se estrenó Los increíbles (2004) y cuando Chris Evans no era Capitán América sino la Antorcha humana en la película de Los cuatro fantásticos (2005). Pocos años después, inició el Universo cinematográfico de Marvel (o MCU para los aficionados) con la primera entrega de Iron Man (2008), que pasaría a ser la primera de, hasta ahora, 23 películas basadas en los cómics de la compañía. El 2019 fue un año significativo para los entusiastas del MCU porque, con el estreno de Avengers: Endgame, se concluyó una fase que llevaba más de 10 años en construcción. Sería seguro decir que al mundo le siguen atrayendo las narrativas de superhéroes —no por nada es que esa última entrega de los Vengadores resultó ser una de las películas más taquilleras de la historia, inclusive superando a Avatar (2009) de James Cameron (Box Office Mojo, 2020)—. Quizá esto sea porque, de maneras muy diversas y con diferentes grados de efectividad, las narrativas de superhéroes nos reconfortan con la idea de existe un grupo de individuos privilegiados que se rigen por principios morales del bien y la justicia para combatir las múltiples manifestaciones del mal que pudieran proliferar. Estas ficciones, generalmente, terminan por transmitirnos la idea de que sin importar lo lúgubre que el panorama social pueda llegar a ser, habrá un grupo de personas que luchen incansablemente por restaurar el orden y la justicia en el mundo. Pero claro, ojalá la vida real fuera tan optimista como esas historias.

De la mano de estas historias sobre el orden y la justicia en relación con las narrativas de superhéroes, han existido una multiplicidad de narrativas que desmitifican a los superhéroes, la noción de justicia y cuestionan la posibilidad de la restitución de un orden en la sociedad. En esta ocasión me gustaría hablar de una de estas ficciones alternativas a las clásicas historias de superhéroes. En julio de 2019, a sólo unos meses del estreno de Avengers: Endgame, Amazon Prime estrenó The Boys, creada por Eric Kripke. Basada en la serie de cómics del mismo nombre de Garth Ennis y Darick Robertson, The Boys nos presenta con un mundo en el que los superhéroes existen, pero en su mayoría, lejos de ser desinteresadamente heroicos, capitalizan sus superpoderes en nombre de la fama. La serie sigue las aventuras de Hughie Campbell (Jack Quaid) quien, tras la muerte de su novia a manos de un superhéroe llamado A-Train (Jessie T. Usher), se alía con un grupo de justicieros (The Boys), liderados por Billy Butcher (Karl Urban), que buscan destruir el sistema que avala la corrupción y los excesos de los superhéroes en Estados Unidos. 

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The Boys satiriza las narrativas de superhéroes, representadas tanto por Marvel como por DC Comics, para criticar el culto a la celebridad que permea muchos aspectos de nuestra cultura hoy en día. En esta entrada, me gustaría enfocarme, específicamente, en la manera en que la serie problematiza este culto a la celebridad mediante el cuestionamiento de los preceptos machistas que regulan el acceso a la fama, preceptos a los que la mayoría de las mujeres tendrían que subyugarse para poder ascender en un mundo inherentemente patriarcal. Para ello, analizaré brevemente la construcción de los héroes al servicio del mercado, para luego abordar el personaje de Starlight (Erin Moriarty) y los conflictos a los que se enfrenta para ingresar y mantenerse dentro de The Seven, la élite de los superhéroes que se muestran en la serie. 

La serie nos presenta una visión bastante perversa, violenta y oscura de las narrativas de superhéroes más populares. Los superhéroes de este universo se revelan corruptibles y corrompidos, avariciosos, y más interesados en sus ratings que en salvar vidas en nombre del bien y la justicia. En este universo, ser un superhéroe puede, potencialmente, traer mucho dinero gracias a la gestión de empresas como Vought International, que capitalizan el (supuesto) heroísmo de sus más de 200 representantes para hacer películas, vender productos y conseguir inversiones. La cereza del pastel de Vought son The Seven, la élite de superhéroes que se convierte en el reflejo distorsionado de agrupaciones como la Liga de la justicia o los Vengadores, a cargo de la perspicaz y despiadada Madelyn Stillwell (Elisabeth Shue), una alta ejecutiva de la compañía. Asimismo, los héroes de The Seven hacen guiños a varios superhéroes consagrados en la cultura popular, por lo que se intensifica su “heroísmo” no altruista al compararse con el de los héroes tradicionales: Homelander (Antony Starr), el líder del grupo, pareciera una fusión terrorífica entre Superman y Capitán América; Queen Maeve (Dominique McElligott) es una versión codiciosa de la Mujer Maravilla; y A-Train remite a un Flash insoportable. 

En este sentido, The Boys nos presenta con un heroísmo artificioso, mediado por grandes campañas de mercadotecnia y con fines de lucro que se declaran abiertamente. Este sistema de mercadotecnia en el que se ven inmersos los superhéroes los asemeja a celebridades hollywoodenses obsesionadas con mantener su estatus en la fama, para lo que se procuran de una figura pública cuidadosamente curada por un grupo de expertos —en este caso, los empleados de Vought—. Si bien la sociedad los idolatra y los considera héroes legítimos, la estética de la serie nos los presenta de tal manera que se perciben como ese producto artificioso de la mercadotecnia —pensemos, por ejemplo, en lo ostentoso y probablemente impráctico de sus vestuarios, además de que en varias ocasiones se resalta la presencia de los héroes de Vought en espectaculares y productos de uso cotidiano—, pese a que sus poderes sí existan. El engranaje de Vought que garantiza su popularidad y relevancia, aunado con la realidad de los poderes que poseen los héroes, hace de éstos una figura prácticamente indestructible y enmarca las intenciones de The Boys de destruir el sistema que se alimenta de la consagración de los superhéroes como una misión suicida que ni siquiera los altos rangos de la CIA quisieran intentar.

Ahora bien, al principio de la serie se nos dice que uno de los miembros de The Seven, Lamplighter, se va a retirar —no se llega a explicar por qué, lo cual pudiera ser un punto interesante para la segunda temporada—, por lo que empieza un proceso de selección para encontrar a un nuevo integrante. Es así que conocemos por primera vez a Starlight, una chica de Des Moines, Iowa, cuyo superpoder es la irradiación intensa de luz, que se convierte en un arma. Ese proceso de selección es muy similar al proceso de audiciones para una película, ya que consideran tanto su apariencia física, como su carisma con base en estudios de mercado, para así hacer de The Seven un producto comercial inclusive más exitoso. La ironía del personaje de Starlight se revela desde su discurso de audición, en el que ella confiesa interesarse por ser un superhéroe para “salvar al mundo”. Una vez que recibe la noticia de estar dentro, la felicitan por la “ingenuidad” de la respuesta, como si hubiera sido una gran estrategia de mercadotecnia sobre sí misma, cuando en realidad es lo que ella quisiera lograr. Además, quien aparentemente está muy interesada en el acceso a la gloria mediante la fama que conlleva The Seven es la madre de Starlight, Donna January (Ann Cusack), que había llevado a su hija a “concursos de superhéroes” (prácticamente concursos de belleza) desde pequeña, con miras en obtener una posición como la que adquiere al unirse a The Seven, lo cual también alude al rol de los padres de niños actores en la consolidación de sus carreras.

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Sin embargo, Starlight pronto descubrirá que The Seven está muy lejos del heroísmo idealista del que ella quisiera formar parte y que el acceso a la fama tiene un precio, especialmente si eres mujer. En esta sección quisiera hablar de dos momentos que me parecen fundamentales para la crítica de la industria del entretenimiento que hace The Boys mediante el personaje de Starlight: el primero tiene que ver con una instancia de abuso sexual, y el segundo con las presiones mediáticas para controlar el cuerpo de las mujeres. 

El primer caso ocurre la primera vez que llega al cuartel general de The Seven en Manhattan. Starlight está emocionada por conocer a The Seven, puesto que son los héroes de su infancia y aspira a ser tan grande como ellos (al menos por el momento). Sin embargo, su idealización del grupo de élite se destroza pronto cuando conoce a The Deep (Chace Crawford) —reminiscente de Aquaman— y éste procede a coaccionarla para que le practique un acto sexual sin su consentimiento, haciéndola creer que él es el “segundo al mando” y que, de negarse, su carrera en The Seven estaría terminada antes de siquiera haber comenzado. (Nota: en la tercera entrega del cómic [Ennis y Robertson, 2007] ocurre un incidente similar, pero perpetuado por Homelander; sin embargo, el tratamiento subsecuente del acoso sexual hacia Starlight se maneja de manera distinta, puesto que se vuelve sistemático y, eventualmente, impacta su relación con Hughie. Me parece fundamental mencionar esta diferencia para hablar de la manera en que se trata en la adaptación televisiva.) El tratamiento que se hace en The Boys sobre el abuso sexual dentro de las instituciones resuena con el movimiento #MeToo, en el que cientos de mujeres se han atrevido a denunciar a sus abusadores, quienes en muchos casos disfrutaban del cobijo de su posición laboral y su popularidad para desacreditar o silenciar a las víctimas. 

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Después de su incidente con The Deep, Starlight, en su tiempo libre y sin su vestuario de superhéroe, acude al rescate de una mujer que estaba a punto de ser agredida sexualmente por dos hombres aprovechándose de su situación de ebriedad, pese a que su carrera con The Seven pudiera verse afectada al salirse de los guiones minuciosamente detallados para sus apariciones heroicas. Contrario a las expectativas de Starlight y de su equipo administrativo, adquiere muy buenos ratings por haber confrontado a esos agresores, pero esta nueva fama como “mujer empoderada” significará más retos para ella. El universo de The Boys critica un fenómeno que se ha asentado furtivamente en nuestra sociedad: se puede tolerar el “empoderamiento” femenino sí y sólo sí la mujer acata la feminidad tradicional; es decir, si su empoderamiento proviene de la sexualidad destinada a la mirada masculina (muy paradójico, ciertamente). Madelyn Stillwell decide que deben modernizar la imagen de Starlight y le diseñan un nuevo traje que es mucho más relevador y sexual que el que ella tenía; Starlight no quiere usarlo, pero le dan un ultimátum: debe aceptar el nuevo diseño o saldrá de The Seven. Una Starlight incómoda se resigna a utilizar el nuevo traje, pero empieza a notar que la hipersexualización de su figura como héroe se quiere transmitir, incluso, a sus fans más jóvenes, quienes mueren por conseguir el traje oficial de Starlight en admiración. 

A Starlight le produce incomodidad el manejo mercadotécnico del heroísmo que hace Vought, además de que en un principio no le puede contar su historia de abuso a nadie. Las cosas empiezan a cambiar para ella cuando conoce a Hughie, quien se muestra comprensivo con Starlight y la impulsa a vivir su carrera profesional de manera más auténtica. Por supuesto que los motivos de Hughie no son enteramente desinteresados después de que éste se da cuenta de que su amiga Annie, a quien conoce por casualidad en un momento vulnerable, es en realidad el séptimo miembro de The Seven, el grupo que The Boys quieren destruir. Sin embargo, me parece que, si bien Hughie se enfrenta a un clásico dilema moral de películas de espías o infiltrados respecto de lo genuino de sus sentimientos hacia Starlight, la relación entre ambos los hace crecer y afianzar lo que valoran en el mundo más allá de la fama. Starlight, impulsada indirectamente por Hughie, decide no guardar silencio respecto del abuso que sufrió a manos de The Deep y lo denuncia en un evento masivo, para el horror de su madre y de sus managers. Me parece relevante que la serie decidió, por lo menos, que The Deep si sufriera consecuencias tras esta revelación —lo exilian, por lo menos un tiempo, en un poblado lejos de toda la acción para hacer control de daños— y que el desarrollo de Starlight no sólo gira en torno a este incidente, sino que también se ve cada vez más en la necesidad de confrontarse con las formas de actuar de la empresa para la que trabaja.

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Como último apunte respecto de The Boys, me gustaría decir que me parece interesante la forma en que aborda el culto a la celebridad y el sexismo institucional que esto implica, mediante una narrativa de superhéroes que satiriza y critica la noción misma del heroísmo y la posibilidad de humanos “superdotados” que casi se deifican. Ciertamente no es la primera ficción, ni será la última, que critique estas narrativas —pensemos en Watchmen (1986-1987) de Alan Moore  y sus adaptaciones—, pero considero que esta serie aprovecha muy bien la mezcla entre elementos humorísticos y violencia estilizada y explícita para invitarnos a pensar en cuál es el mensaje que realmente subyace en las películas de superhéroes más tradicionales, como las de los Vengadores u otras del MCU. ¿Qué es lo que convierte a esas personas superdotadas en héroes y no en villanos? ¿Realmente es sostenible la idea de un héroe abnegado y altruista en nuestra sociedad? ¿Cómo influye la fama en esas cuestiones? The Boys nos muestra con ironía la importancia del dicho “nunca conozcas a tus héroes”, porque, quizá, lo que necesitamos no sea un superhéroe, sino la verdadera virtud, que radica en las acciones cotidianas de bondad y ayuda mutua.

Referencias:

Ennis, Garth y Darick Robertson. The Boys. Three. Dynamite, 2007.

IMDb Pro. “Top Lifetime Grosses”. Box Office Mojo. https://www.boxofficemojo.com/release/rl3059975681/ (Última consulta: 22/07/20)

Kripke, Eric. The Boys. Amazon Prime, 2019.

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