Lenguaje y humanización en The City (2008) de Martin Crimp

Una de las cosas en las que más he pensado, tras varios meses de distanciamiento social en el país debido a la situación actual es la forma en que damos por hecho la posibilidad de contacto e interacción con las demás personas. Sobre todo, creo, la interacción casual, ya sea cuando vas caminando por la calle, en el transporte público o en algún otro edificio de uso común. Estos meses, también, han sido un tiempo complicado para procurar esas interacciones voluntarias con nuestras personas cercanas. Gracias a la tecnología, quizá estemos ahora en más comunicación que en décadas e, incluso, años atrás; pero, si hay algo que resalta en estos momentos, es que la comunicación no es un asunto trivial, pese a la abundancia de tecnologías y medios para lograrla. Precisamente estar pensando en esto fue que me llevó a releer The City (2008), una obra de un acto en cinco escenas del dramaturgo inglés Martin Crimp, que, si tuviera que resumir en un par de palabras, diría que es una obra de teatro sobre lo imperfecto de la comunicación humana.

The City sigue a Clair y Chris (un matrimonio de clase media cuya relación se está cayendo a pedazos) durante un año bastante peculiar de su vida, marcado por encuentros fortuitos con personajes peculiares —Mohammed, un escritor famoso que Clair conoce en una estación de tren, y Jenny, la enfermera que vive al lado de la casa familiar—, por el desempleo y por una reevaluación de sus carreras y deseos personales. Un dato curioso es que la obra, si bien está escrita en inglés, se presentó por primera vez en Berlín en una traducción al alemán —lo cual se me hace tanto interesante como significativo, puesto que la traducción como actividad artística cobra importancia dentro de la obra—. Un mes después, se presentó en el Royal Court Theatre de Londres, con Benedict Cumberbatch como Chris, Hattie Morahan como Clair y Amanda Hale como Jenny (Royal Court, 2008).

En la ficha técnica del Royal Court Theatre, se describe la trama de The City de la siguiente manera: “tres personajes luchan por darle sentido a un mundo surreal y en colapso en este misterio oscuramente cómico” (Royal Court, 2008). En la entrada de hoy, me gustaría partir de esta descripción de la obra como una búsqueda de sentido para hablar de cómo The City nos invita a cuestionarnos la capacidad paradójica del lenguaje para humanizar y deshumanizar a un “otro”, dependiendo de quién sea quien construya las narrativas y con qué fines lo hagan, y el papel de la literatura y el arte para lograrlo. Para ello, partiré de un breve análisis de la comunicación fallida que se presenta en la obra. Luego, abordaré en esa paradoja entre humanización y deshumanización, para, finalmente, llegar a la noción del extrañamiento del lenguaje y sus limitaciones que nos plantea Crimp en esta obra.

The City inicia con Clair en escena y Chris llegando de trabajar, con su maletín y un pase de seguridad colgado del cuello. La conversación entre ellos gira en torno a sus actividades del día, como pudiera ser normal entre una pareja al terminar la jornada laboral. Sin embargo, pronto se revela una incomodidad persistente en los intercambios entre ambos. Por ejemplo, Clair le cuenta a Chris que incidentalmente conoció a un escritor famoso, Mohammed, en una estación de tren cuando iba de regreso a casa. El escritor y ella empiezan a platicar y éste le cuenta sobre su hija, quien se iría a vivir con su cuñada y de quien no se pudo despedir puesto que, de último minuto, le quiso regalar un diario y las dos se fueron antes de que regresara de la tienda:

Este pasaje nos muestra una de las instancias en las que existe una comunicación, pero que exista no implica que sea efectiva. De esta manera, la primera escena nos introduce en el microcosmos de la casa de Clair y Chris —que Crimp clama que no tiene un lugar ni un espacio específico en el texto, si bien hay marcadores lingüísticos que sugieren que están en Londres—. Este es un lugar en el que se exacerba el aislamiento y la sofocación, tanto literal (puesto que toda la obra ocurre en ese espacio) como lingüística, por las barreras crecientes entre la comunicación de ambos, quienes, pese a tener una conversación, se van revelando cada vez más ensimismados en su propio mundo.

Clair y Chris tienen, en apariencia, una vida envidiable: un matrimonio estable, una casa en medio de la ciudad que tiene un jardín, y dos hijos —que la mayor parte de la obra permanecen ausentes, pese a reiteradas menciones de que están en el cuarto de al lado, jugando—. No obstante, esa aparente vida de portada de revista se quiebra en múltiples ocasiones. Desde el principio se revela una inestabilidad económica en la familia, propiciada porque Chris pierde su trabajo. A causa de ello, comienza a pasar mucho tiempo estando ocioso en la casa, que también es el lugar de trabajo de Clair, quien se dedica a la traducción—a lo que volveremos un poco más adelante—. Además de esos roces, ambos parecen estar más interesados en otras personas que en su pareja, lo cual vuelve sus interacciones aún más tensas.

Una de las irrupciones más importantes en el espacio doméstico ocurre cuando Jenny, una joven enfermera que vive en la casa de al lado, llega a quejarse de que los hijos de Chris y Clair se la pasan gritando y no la dejan dormir. Sin embargo, lo que más resalta de este personaje no es la queja sobre el ruido, sino la supuesta explicación que les da sobre por qué no puede dormir:

Es con Jenny que se empieza a delimitar uno de los temas más importantes que se tocan en la obra: el paralelismo entre la vida y los procesos de humanización, y la destrucción de la vida mediante procesos de deshumanización. Jenny y su esposo participan de un discurso que justifica la violencia mediante la deshumanización de las víctimas a través de un lenguaje que las convierte en “perpetradores del terror enojados y sin escrúpulos que no se detendrán hasta seguir con vida” (Crimp, I.2); de esta manera, el discurso forma una parte importante de la defensa de una intervención bélica ambigua en esa “guerra secreta” en la que la violencia ejercida hacia los ciudadanos de la ciudad sin nombre se justifica al convertirlos en victimarios sólo por querer sobrevivir. Éste es un ejemplo más de cómo, en The City, los tres personajes, ya sea por conflictos intrapersonales o internacionales, participan de un estado de ansiedad colectiva que los orilla a encerrarse cada vez más en sus microcosmos personales y que entorpece aún más la comunicación entre ellos.

Conforme avanza la obra, la atención se va enfocando cada vez más en Clair y en su quehacer como traductora en medio de esa atmósfera de tensión constante. Su trabajo en el mundo de la traducción se torna interesante en el contexto de comunicación/incomunicación y humanización/deshumanización presente a lo largo de la obra, ya que, ¿no es la traducción una forma de garantizar la comunicación entre dos idiomas distintos? Pero, ¿qué ocurre cuando la comunicación es defectuosa inclusive dentro del espacio doméstico? En The City, los intentos por comunicarse se convierten en una barrera casi indestructible entre las personas más que en una posibilidad de mediación entre ellas, pese a que la intención de conectar con los otros aparentemente exista. Estos personajes no están en control, ni siquiera, de la posibilidad de compartir con los demás algo tan sencillo como una conversación de manera significativa. 

La quinta y última escena contiene una de las revelaciones más importantes de la obra. Transcurre un año entre la primera y la última escena, cosa que se advierte más que nada por indicaciones sobre vestuario y guiños verbales hacia las estaciones fuera de la casa, ya que a lo largo de la obra se mantiene una continuidad espacial; es navidad, o vísperas de navidad, y los tres adultos se están por intercambiar regalos. Sin embargo, el regalo que le hace Clair a su esposo nos obliga a repensar todo lo que habíamos tomado como verdadero durante el transcurso de la obra. Le regala un diario —el mismo diario que al inicio menciona que el escritor que conoció le obsequió en la estación del tren—, pero que no está en blanco. Chris comienza a leerlo en voz alta y poco a poco se empieza a vislumbrar que Clair secretamente tenía la intención de convertirse en escritora, en ser creadora y no solamente traductora/intérprete de las palabras de otras personas.

Clair confiesa en el diario que, como parte de su proceso creativo durante sus intentos por escribir, se imaginó que había una ciudad dentro de su mente, y que, para escribir, sólo tendría que recorrer esa ciudad y diversas historias cobrarían vida, y ella cobraría vida con ellas. Pero, sus intenciones se ven frustradas. Clair confiesa que se dio cuenta eventualmente de que esa ciudad imaginaria estaba destruida: “Busqué habitantes de los cuales escribir, pero no había habitantes, sólo polvo. Busqué gente todavía aferrándose a la vida —¡qué historias podría contar!— pero incluso ahí — en las coladeras, los sótanos —en el sistema de trenes subterráneos— no había nada —nadie— sólo polvo” (Crimp, I.5). De esta manera, se traza otro paralelismo entre la ciudad imaginaria de Clair y la ciudad destruida en la que trabaja el esposo de Jenny. Su intento de convertirse en escritora fracasa por no poderle dar vida a esa ciudad imaginaria. 

Pero Clair no se dio por vencida del todo. No pudo encontrar personajes en esa ciudad de su imaginación, por lo que decidió inventarlos, pero “fue una lucha. No querían cobrar vida. Vivieron un poquito —pero sólo de la forma en que un pájaro enfermo torturado por un gato vive en una caja de zapatos. Fue difícil hacerlos hablar con normalidad — y sus historias se deshacían tan pronto las estaba contando” (Crimp, I.5). Luego procede a describir a esos personajes, y es ahí cuando ocurre una de las revelaciones más grandes de la obra: los personajes que describe Clair como producto de su invención son los mismos, o por lo menos parecen serlo, que los que vemos y escuchamos a lo largo de The City, y lo que lee Chris es la confesión de esta verdad. Sin embargo, Clair dice haber querido renunciar a ese intento por escribir, pero no sin antes desestabilizar la realidad de las narrativas que se nos han presentado en las cinco escenas:

Al cierre de la obra, Crimp nos encierra en una ambigüedad prácticamente imposible de esclarecer: ¿será que toda la obra es realmente el diario de Clair, o que Clair quiso atrapar su realidad en esa ciudad inventada que describe en su diario? ¿Será que así se explica, en parte, la rareza de las interacciones entre los tres personajes y su ensimismamiento?

Me parece que no puede haber una respuesta única a esto, dado que la obra vive precisamente en ese espacio de ambigüedad entre lo que se dice, lo que se quiere decir, y lo que se entiende. Al final de cuentas The City es una obra sobre el lenguaje, sus posibilidades y limitaciones, su capacidad tanto para humanizar a un grupo de personas y crear una noción de identidad y pertenencia como para despojar a otros de humanidad y convertirlos en un “otro” ajeno y despreciable cuya vida es insignificante. Crimp nos advierte que, en un mundo en el que nuestras realidades se crean mediante la interconexión de microcosmos a través del lenguaje, si el lenguaje mismo falla, entonces nos quedamos con nada. 

Nota:

Todas las traducciones son mías.

Fuentes consultadas

Crimp, Martin. “The City”. Martin Crimp: Plays 3. Kindle, Faber & Faber, 2015.

Royal Court Theatre. “The City by Martin Crimp”. Royal Court Theatre. https://royalcourttheatre.com/whats-on/the-city/ (Última consulta: 29/08/20) 

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