Lazos afectivos en The Housekeeper and the Professor (2003) de Yoko Ogawa

Confiamos en nuestra memoria. Relacionamos nuestra memoria con quienes somos y quiénes podemos ser; pero ¿qué pasaría si no pudiéramos crear nuevos recuerdos? ¿Cómo podemos crear conexiones y relacionarnos con otros cuando no es seguro que podamos recordar quiénes son o qué significan para nosotros? The Housekeeper and the Professor (2003) escrita por Yoko Ogawa narra la historia de un matemático que ha perdido su habilidad para crear nuevas memorias a causa de un accidente, y su memoria a corto plazo dura solamente un periodo de 80 minutos por lo que debe tener recordatorios pegados a sus vestimentas. Cuando una nueva ama de casa llega a su vida, comienzan a tener una relación laboral que poco a poco se torna en una gran amistad al poder comunicarse por medio de números y problemas matemáticos. Al leer esta novela no dejaba de pensar en la falta de empatía que en ocasiones se muestra hacia quienes tienen dificultades para relacionarse con otros y en cómo acercarnos de formas varias puede llevarnos a formar lazos afectivos mucho más fuertes y bilaterales. En esta entrada quisiera reflexionar sobre la forma en la que el lenguaje matemático ayuda a formar vínculos entre tres personas distintas, así como la manera en la que la empatía se recalca como parte esencial de las relaciones humanas que perduran.

La voz narrativa (una joven madre soltera que declara no tener un alto grado de estudios) relata los hechos que la llevaron a trabajar para quien se convertirá en una parte fundamental de su vida. Al conocer a su empleador, tanto la madre como el hijo están conscientes del problema del profesor para retener nueva información pero la asociación entre su talla de zapatos y el mundo numérico es el inicio de una relación mucho más cercana:

En su primera interacción, con preguntas que quizá uno no está acostumbrado a recibir, la narradora muestra genuino interés en comunicarse con el profesor. Al entrelazar el lenguaje matemático con lo poético, la voz narrativa une su mundo al mundo del profesor: “El profesor tenía razón: mi cumpleaños y su reloj habían pasado por grandes pruebas y tribulaciones para encontrarse el uno al otro en un vasto mar de números” (Ogawa). Las coincidencias numéricas que unen a los personajes en la novela están presentes para que los tres puedan descubrirlas y aprovecharlas para fortalecer los lazos que los unen más allá de un recuerdo claro de su relación. 


La forma en la que interactuamos con otros está mediada por el lenguaje y pareciera que al compartir este medio las relaciones entre individuos se facilitan, pero en ocasiones compartir un mismo lenguaje no garantiza el entendimiento. Una de las cosas que más me ha fascinado de The Housekeeper and the Professor es la forma en la que puede mezclar el lenguaje poético al mismo tiempo que describe fórmulas matemáticas en una de las prosas más hermosas que he leído en mucho tiempo: “Con mi dedo tracé el rastro de números desde los que el Profesor había escrito hasta los que yo había añadido, y todos ellos parecían fluir juntos, como si estuviéramos conectando constelaciones en el cielo nocturno” (Ogawa). La conexión que ambos personajes forman tiene que ver con un constante interés mutuo por los números: “me parecía que aún había algo agradable en nuestras presentaciones diarias en la puerta. Me parecía reconfortante que me recordaran que mi número de teléfono tuviera algún significado (más allá de su propósito usual), y el simple sonido de esos números me ayudaba a empezar el día de trabajo con una actitud positiva” (Ogawa). Al leer esta novela por primera vez, me impresionó la facilidad con la que la narradora acepta y adopta el lenguaje matemático para poder interactuar con el profesor, no por sentir lástima por su condición (a mi parecer) sino como una forma de brindar apoyo. Por otro lado, el profesor es siempre paciente y está dispuesto a escuchar y entender a la narradora, que al tomar en cuenta la diferencia de jerarquías sociales entre ambos (incluyendo su situación laboral), podría resultar un tanto extraño la forma en la que los dos contribuyen al bienestar del otro para crear una relación más horizontal.

Se dice que nuestra identidad se forma y se transforma constantemente, aunque pareciera ser que nuestros pasados siempre forman una parte fundamental de quienes somos. Creo que los seres humanos no tenemos identidades cien por ciento definidas e inalterables, pero al leer la novela de Yoko Ogawa comencé a reflexionar sobre ello. En esta novela la interacción entre los personajes transforma sus vidas, a pesar de las grandes diferencias que hay entre ellos al encontrar puntos de convergencia y consuelo: 

La narradora adopta la seguridad que los números le han brindado al profesor en momentos difíciles y comprende la importancia que tienen para él aunque parezcan no tener utilidad alguna, es una forma de tener algo a que aferrarse que será constante como el apoyo entre los personajes de la novela.

En medio de la fragmentación y lo aparentemente efímera que es la relación con el profesor, los números y el lenguaje matemático nos proveen un sentido de permanencia. Si bien la narradora está consciente de la incapacidad del profesor para crear nuevas memorias, adapta sus formas de cuidado y de interactuar sin sentir lástima por él al no reducirlo a su condición: “él no recordaba nada después de 1975; pero yo no tenía idea de lo que ayer significaba para él o si podía pensar en el mañana, o cuánto sufría. Era claro que él no me recordaba de un día a otro. La nota anclada a su manga simplemente le informaba que no era nuestra primera interacción, pero no podía traer de vuelta los recuerdos del tiempo que pasamos juntos” (Ogawa). En este sentido, muchas ocasiones a lo largo de la novela me pregunté cómo lograba la voz narrativa tener un tono tan consolador en este relato. Creo que esa sensación parte de la narración en retrospectiva que indica una y otra vez que esta relación entre la protagonista, su hijo y el profesor trascendió las inconveniencias de la fragmentación:

Ese sentido de permanencia dentro del constante reinicio de sus interacciones y la calma con la que logran convivir los personajes me parece un ejemplo de lo reconfortante que es tener a tu alrededor a gente empática y que procura salvaguardar los lazos afectivos a pesar de las pequeñas dificultades que esto pueda ocasionarles. Es curioso que en una historia tan personal, narrada desde un Yo, no haya referencia alguna a nombres propios para los personajes a lo largo de la novela, simplemente se les reconoce por su profesión y en el caso del hijo de la narradora por un cariñoso apodo: “él le llamó a mi hijo Root, porque, él decía, que la forma plana de su cabeza le recordaba al signo de la raíz cuadrada” (Ogawa). Sin embargo, creo que tiene que ver con la naturaleza de la relación entre los personajes, en la que independientemente de sus nombres el cariño mutuo está ahí como el elemento más importante. 

La forma en la que esta novela puede ligar dos lenguajes que se creen tan distintos como el matemático y el poético de manera tan hermosa refleja la relación entre personajes tan diferentes que logran formar vínculos al no dejarse vencer por los obstáculos. The Housekeeper and the Professor me hace pensar en la importancia de ir más allá de las interacciones convencionales para realmente poder conectar con otros. Cuando damos esos pasos extras para entendernos y procurarnos se logran cosas tan hermosas como esta novela. Confiamos tanto en nuestra memoria y en su permanencia que quizá en ocasiones no somos capaces de recordarle a quienes nos rodean que les apreciamos y que esos recuerdos no lo son todo en las relaciones humanas. A pesar de que el profesor no puede recordar a Root ni a la narradora día tras día, su amistad trasciende y permanece constante como una fórmula matemática. “La fórmula de Euler brilló como estrella fugaz en el cielo nocturno, o como un verso de poesía en la pared de una cueva obscura. Puse la nota del Profesor en mi cartera, extrañamente conmovida por la belleza de esos pocos símbolos … Aún tengo la nota del Profesor, aunque la foto de Root se ha desvanecido hace mucho. La fórmula de Euler me conforta𑁋es un memento que aún atesoro” (Ogawa). Me parece que revisar el modo en el que nos relacionamos y en qué se basan nuestros vínculos es un buen ejercicio en estos momentos de la vida.

Creo que nos ayudaría a ser más empáticos con otros y hacernos más fuertes. 

Bibliografía:

Ogawa, Yoko. The Housekeeper and the Professor. Stephen Snyder traductor. Nueva York: Picador, 2009. Ebook.

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