Reconocerse en la lectura: Quiltras (2020) de Arelis Uribe

Por Andrea Ortiz Morales

Durante este año he reflexionado sobre mis procesos de lectura de cuentos y me di cuenta de que me los tomo muy en serio. Cuando tengo un libro de cuentos en mis manos, le doy tiempo a cada uno para pensarlo, aunque sea de dos páginas, porque resulta que son los que hay que pensar más, la cantidad de palabras no determina la complejidad de la obra. Tampoco me gusta pausar la lectura de un cuento porque la historia es como una flecha que se dirige a un punto específico (la metáfora es de algún crítico de quien no recuerdo su nombre, pero no es mía, tal vez quien lee esto lo sepa), no puedo entorpecer la dirección de ella deteniéndola en el aire. La lectura de libros de cuentos para mí es lenta, así es con casi todos, casi, hasta que conocí Quiltras.

No esperaba la velocidad de lectura que tomé, no sabía que podía leer tan rápido. Dice Daniela Tarazona en la contraportada de su libro El animal sobre la piedra: “El libro puede leerse de una sentada, según me han dicho. Así que, si el lector se levanta más o menos temprano, desayuna y luego lo lee, quedará libre para el medio día y podrá aprovechar el resto del sábado o el domingo”. Esto también lo traslado al libro de Arelis Uribe (Santiago, 1987). Si lo empiezas más o menos al terminar la jornada laboral (de home office, pero también si estás en la situación de trabajar lejos de casa, puedes empezarlo en el metro, el camión, el metrobús), es posible que lo acabes antes de dormir, contemplando su respectiva pausa para cenar, tomar un café con leche, lavar los platos, pasar al baño. Y automáticamente querrás leerlo de nuevo, volver a algunos fragmentos, leerlos en voz alta, rayarlo todo, pegar Post-it con notas, abrazar los cuentos (yo quise abrazar “Italia”).

Supe de la existencia de esta colección por la promoción que se le dio en las redes sociales de la editorial Paraíso Perdido, donde se publica la primera edición mexicana del libro, en la que se agregó el cuento “29 de febrero”. Se publicó por primera vez en Chile (Los libros de la mujer rota, 2016), y luego se incluyó el prólogo de Gabriela Weiner. Actualmente está en proceso la edición española. La portada del libro naranja con azul que tengo en mis manos está ilustrada por Eréndira Derbez, quien se unió como ilustradora de la editorial este año. Para mí, una de las características más importantes de esta ilustradora son sus imágenes de mujeres, por lo que creo que fue muy atinado elegirla para depositar a una de ellas en la portada, ya que eso es lo que se encuentra en cada uno de los ocho relatos: historias de mujeres, relaciones entre mujeres, qué significa ser mujer, miedo, impotencia, ternura, familia y amor entre amigas.

Las chicas de Quiltras, dice Gabriela Weiner, “tendrán que soportar que las encajonen en periferias, resentimiento social y rollos generacionales, referentes pop femeninos noventeros e imagismo urbano marginal”. Y cuánta falta nos hacen más historias así, sobre nosotras, sobre las cosas de todos los días, sobre el trabajo, la escuela, el trabajo doméstico, sobre caminar las ciudades y echarse en el pasto desde nuestra perspectiva de ser mujer en donde sea. Con este libro, no importa que no seas chilena (“es un libro muy chileno”, dijo Alejandro Zambra), te sientes ahí, aunque estés lejos –en México u otros lugares–. 

Todas hemos vivido historias similares. Sobre conocer gente en internet, “Lo conocí por Napster, que fue el primer programa con el que se pudo bajar música de internet. En esa época no existía Google ni Pirate Bay ni WhatsApp. Las páginas web eran hojas de Word llenas de gifs animados(Uribe 13); sentirse sola, “Esa noche dije que no me importaba la ausencia porque quería que la ausencia no me importara, pero el orgullo es real y me dolió estar sola. Porque la soledad es a lo que más temo” (Uribe 33); peleas familiares, enamorarnos de una mujer, “La Italia se tiró al suelo y se olvidó de encender la luz y abrir el vino. Me recosté a su lado y la besé y su boca sabía a agua limpia, a papel de revista brillante. No podía verla, pero la sentía” (Uribe 23), los barrios bajos, transformaciones, escritura, la desigualdad social, la noche, el miedo, “Me dan más miedo los paisajes vacíos que los repletos de gente, no sé por qué. Mi única arma de defensa es arrugar la frente, caminar rápido y esperar que no pase nada malo de aquí a mi casa” (Uribe 13); dejar nuestros lugares de origen, de otras que se van, “Después, me tomó la cara y me advirtió: escribir es peligroso, y miró hacia la pieza de mis papás. Me dio un beso y subió a su pieza a armar su maleta” (Uribe 23).

En una reseña de Goodreads, Arelis escribió sobre una presentación que tuvo en España en 2017: “He pensado mucho sobre qué decir esta noche. Sobre ser latina y que se note lo mestiza y lo proleta en el color de mi piel, en lo achinado de mis ojos, en lo desalineado de mis dientes. Que mi cuerpo sea discurso”.[1] Los cuentos de Arelis Uribe tienen una narración simple, oraciones cortas, predomina la primera persona del singular y con ella, la introspección, el análisis de cada uno de los acontecimientos y, como lectora, no puedo sino sentir empatía. A veces me preguntaba: “¿qué habría hecho yo en su lugar?” o “estuve en una situación parecida, ¿qué hice entonces?” Son historias tangibles que podemos seguir con la lectura en el presente, también con el recuerdo del pasado y a la expectativa del porvenir. Definitivamente, como se mencionó en la presentación del 22 de septiembre de este año, hay “literaturas en las que se [nos] pueden [podemos] reconocer”. Con Quiltras es una afirmación comprobable e irreductible. Es un recordatorio de que mientras lees y volteas de reojo al pasado, te puedes encontrar con el vértigo y la nostalgia de ser distinta, pero acompañada.

Lo que sucede con estos cuentos es que a veces, como mujeres, no hay necesidad de inventarnos personajes porque nuestros personajes somos nosotras mismas. Somos aquellas de quienes siempre han escrito otros, en masculino; ellos han intentado imponernos roles y modelos en la vida diaria y que se han transportado así, desde esa visión, a la literatura. Nosotras hablando de nosotras mismas, así nos reconocemos. Resulta difícil, dice Olivia Teroba en la misma presentación, iniciarte en la lectura y la escritura cuando “sientes que no hay tradición que te respalde”. Y es un alivio cuando te encuentras con estas narraciones que te sostienen y te dan la mano. Escribió Joanna Russ: “Pienso que el canon sagrado con su escritura divina es realmente aburrido y está frustrando a sus sacerdotes por completo; por una parte, sus textos son legibles solo si te está permitido leerlos, es decir, aceptar lo que está allí, incluyendo sus fallos. Pasar toda tu vida sometida a falsos universales puede acabar contigo.”

Quiltras no necesita escenarios occidentales porque utiliza lugares y lenguajes con los que nos podemos identificar fácilmente, es una literatura que se inserta dentro de una colectiva escrita por y desde la experiencia de ser mujer, latinoamericana, de barrio, que abre paso a nuevas tradiciones; que se consideraba periférica[2], alejada de un centro muerto; pero que poco a poco se va abriendo sus propias puertas y amplía lecturas para quienes se inician, para quienes estamos, para quienes algún día estarán con nosotras de lleno en la literatura y, también, para quienes no. 

El centro está muerto porque cada vez es más arcaica la idea de que tengamos que llegar a algún sitio lejano para posicionarnos con un supuesto prestigio literario, o del que sea, que unos cuantos decidieron. Nosotras somos nuestros propios centros culturales por las experiencias individuales, pero más por las colectivas que reafirman una y mil veces que podemos ser perfectamente horizontales, descentralizar el conocimiento y reconocernos en otro tipo de escrituras.

Les invito a leer Quiltras rápido, sin pausas, que les quite el aliento, y luego vuelvan, reabran el libro y abracen todo aquello que subrayaron con lápiz, pluma o mentalmente. Tomen notas sobre lo que les dijeron que no se puede escribir, pero que tienen ante ustedes.

Notas:

[1]https://www.goodreads.com/review/show/3001820529, consultado el 20 de octubre del 2020.

[2] “Los centros han sido construidos por hechos históricos de los que significa ser una mujer o una persona negra o de la clase obrera o lo que se te ocurra” (Russ).

Fuentes:

Russ, Joanna. Cómo acabar con la escritura de las mujeres. Editorial Dos Bigotes, 2018. Bookmate. 

Uribe, Arelis. Quiltras. Guadalajara: Paraíso Perdido, 2020.

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