Los ochenta nunca mueren… y Cobra Kai tampoco

Por Charlie Vargas

Es fácil disfrutar de The Karate Kid (dir. John G. Advisen) porque es posible identificarse con su premisa y personajes. El filme narra la historia de Daniel LaRusso (Ralph Macchio), un chico de Nueva Jersey que se muda a California junto con su madre (Randee Heller) en busca de una mejor vida. Ahí se enamora de Ali Mills (Elizabeth Shue), quien resulta ser la exnovia de Johnny Lawrence (William Zabka), el bravucón local y, para desgracia de Daniel, estudiante estrella del dojo de karate ‘Cobra Kai’. Tanto él como su grupo de amigos encuentran en el recién llegado a su nueva víctima y deciden hacerle la vida imposible. Mientras tanto, LaRusso se vuelve amigo del conserje de su edificio, el señor Miyagi (Pat Morita), quien decide enseñarle karate después de ver los constantes abusos de los ‘cobra kai’ hacia el chico. Al igual que las lecciones de Miyagi, las situaciones en la película van más allá del karate: ¿quién no se ha visto en el lugar de Daniel-san como el chico nuevo (o chica nueva) y se ha sentido fuera de lugar? ¿quién no ha tenido la necesidad de lidiar con un bravucón? o ¿quién no ha tenido una figura inspiradora en algún maestro o maestra (y que incluso te haya cambiado la vida)? The Karate Kid es efectiva porque nos presenta al underdog que debe sobreponerse a las distintas dificultades con la ayuda de un mentor entrañable.

Replicar el éxito de un producto cultural como The Karate Kid no es una tarea sencilla. Las siguientes tres secuelas (la última ya sin Macchio) no consiguieron los mismos números en taquilla ni fueron tan bien recibidas por la crítica. Por otra parte, la adaptación de 2010, protagonizada por Jaden Smith y Jackie Chan es otra prueba de la efectividad de su historia. Si bien esta entrega funciona por su cuenta y presenta ciertas modificaciones (como el cambio de karate a kung-fu), los elementos básicos de la original siguen presentes. No obstante, también es un recordatorio del mismo problema que padecieron las secuelas: ¿es posible continuar la historia sin que se vuelva repetitiva y sin sacrificar las características que resonaron con la audiencia o The Karate Kid funciona mejor como entrega única? Hemos sido testigos de ciertos intentos por resucitar franquicias ochenteras no tan afortunados, como es el caso de Robocop (2014) o los múltiples experimentos para corregir la saga Terminator, donde el daño es tan difícil de reparar que ni siquiera reiniciar la línea temporal e ignorar algunas entregas resulta ser la solución. No obstante, también existen ejemplos que evidencian que sí es posible reintroducir una saga cinematográfica con éxito comercial y crítico, como Mad Max: Fury Road (2015). Por fortuna para aquellas personas que estiman la película de 1984 o para quienes no la han visto pero están dispuestas a aceptar una nueva recomendación en estos tiempos de encierro, Cobra Kai se encuentra en esta segunda categoría.

Cobra Kai es una serie escrita por Jon Hurtwitz, Hayden Schlessberg y Josh Heal. Fue estrenada en 2018 a través de YouTube Red (ahora YouTube Premium), plataforma que lanzó también la segunda temporada en 2019. Netflix adquirió la propiedad en 2020 y anexó ambas a su catálogo en agosto de este mismo año. La tercera temporada está por estrenarse en 2021 y una cuarta ya fue anunciada por la plataforma de streaming. La serie inicia treinta años después de la victoria de Daniel LaRusso sobre Johnny Lawrence en el campeonato de karate en 1984. No obstante, dista de ser una secuela cuyo único encanto se encuentra en el retorno de Macchio y Zabka como los protagonistas. Si tuviera que elegir una palabra para describir Cobra Kai sería equilibrio. En palabras del propio señor Miyagi: “Daniel-san ¿tú recordar lección sobre equilibrio? Lección no ser sólo para karate, lección para toda la vida. Si toda vida tener equilibrio, todo ser mejor”. Y es justo lo que esta nueva producción consigue, equilibrar la presencia de la vieja guardia y la nostalgia que ésta genera, así como introducir a la nueva generación.

La ventaja de Cobra Kai sobre las películas consiste en su formato, el cual logra explotar al máximo. En la primera entrega resulta más sencillo apoyar a LaRusso, ya que las dos horas de duración se centran en la búsqueda de Daniel para establecerse en su nuevo hogar, vencer a sus acosadores y construir su relación con Ali. Sólo tenemos acceso a su perspectiva y la película deja en claro que Daniel es el protagonista mientras que Johnny y el dojo Cobra Kai son los antagonistas; en otras palabras, ‘estos son los buenos y estos son los malos’. Por el contrario, la serie puede explorar distintos puntos de vista y personajes porque no está sujeta a contar una historia en 120 minutos. La multiplicidad de perspectivas presente en los (hasta ahora) 20 episodios de Cobra Kai sustituye a la premisa ‘héroe contra villano’ presente en The Karate Kid.

El primer episodio nos presenta al otrora pupilo estrella del dojo cuyo mantra era: “Golpear primero. Golpear más fuerte. Sin piedad” caído en desgracia luego de su derrota. Johnny carece de un trabajo estable—incluso es despedido antes de la mitad del capítulo—, su residencia se ubica en un barrio poco acomodado y emplea su tiempo viendo películas de acción de los ochenta y bebiendo por su cuenta. Del mismo modo, también nos ponemos al día con Daniel, a quien no habíamos visto desde la tercera entrega. Ahora es dueño de un concesionario de automóviles junto con su esposa Amanda (Courtney Henggeler) y también es padre de Samantha (Mary Mouser) y Anthony (Griffin Santopietro). Los antiguos rivales han tenido fortunas opuestas; tal vez lo que se esperaría en la misma línea del ‘héroe contra villano’. El protagonista goza de una vida plena como recompensa por seguir el camino de la rectitud y el villano ha caído en desgracia como castigo a su mal comportamiento. No obstante, la serie insiste en lo peligrosas que pueden ser estas narraciones.

El conflicto comienza cuando Johnny decide abrir de nuevo el dojo en donde él aprendió karate. Su primer estudiante es Miguel Díaz (Xolo Maridueña), un joven que vive con su madre soltera y su abuela en el mismo complejo habitacional que su nuevo sensei. Johnny acepta entrenarlo luego de salvarlo de un grupo de bravucones de su escuela. Miguel es casi un reflejo de Daniel LaRusso a lo largo de la primera película. Es un chico que no termina de encajar en su escuela, se convierte en el blanco de burlas y conductas abusivas y que, además, al carecer de una figura paterna inicial, irá encontrando una en su sensei. En lugar de hallar a un maestro como Miyagi, quien parecía ser infalible al momento de guiar a su pupilo durante la trilogía original, Miguel estudia bajo la tutela de Johnny, un maestro primerizo. La franquicia había establecido a John Krees (Martin Kove) como uno de los principales villanos y, hasta cierto punto, daba a entender que la conducta errática de su pupilo estrella se debía en gran parte a las enseñanzas de su sensei; sin embargo, su alumno nunca tuvo la oportunidad de redimirse en pantalla. Cobra Kai le otorga esta oportunidad a Johnny. No obstante, su búsqueda no tendría el mismo efecto si la serie no lo mostrara como un personaje más complicado que en The Karate Kid. A través de flashbacks a escenas de la primera película, hacia la niñez de Lawrence, así como interacciones en el presente con su padrastro, podemos ver que la convivencia en el hogar de Johnny no era la ideal. Carecía de una figura paterna y tampoco contaba con múltiples amigos en la escuela. Del mismo modo, descubrimos que encontró el equivalente a un padre en John Kreese, lo cual facilitó que éste último le transmitiera enseñanzas cuestionables, tanto en el karate como en la vida. Dicho de otro modo, la serie retoma una de las enseñanzas del propio Miyagi: “No hay malos alumnos, sino malos maestros”. La conducta errática del Johnny Lawrence de la primera entrega no se justifica ni se perdona por completo, pero sí le añade al antiguo rival de Daniel una profundidad no presente en 1984. Cobra Kai reta a su audiencia a cuestionar la simplicidad de la premisa ‘el héroe es bueno porque sí y el malo es malo por naturaleza’ puesto que aprendemos que el mal comportamiento de Johnny no implica que la maldad sea una característica inherente en él, sino que fue consecuencia de un conjunto de situaciones desafortunadas.

La apertura del nuevo Cobra Kai instaura a Johnny en el camino de la redención, pero su recorrido no es sencillo ni directo, sino que encuentra varios obstáculos. El primero consiste en que él es un hombre fuera de lugar en el siglo XXI. Aún se aferra a sus épocas de gloria (los años ochenta) y reproduce ciertas conductas que ya no son aceptadas en la actualidad. Nadie le ha dicho que referirse a las mujeres como “nenas” es una conducta problemática, así como también lo son el ‘motivar’ a sus estudiantes a ‘no ser nenitas’ o que ‘las niñas no practican karate/son demasiado sentimentales”, por decir lo menos. Sin embargo, la serie no construye a Johnny como un personaje nefasto, sino como un hombre que se ha quedado atrás pero que va aprendiendo junto con sus estudiantes cómo funciona el mundo en la actualidad. En otra subversión a la primera película, Cobra Kai no está integrado en un principio por bravucones, sino por jóvenes que han sido rechazados y molestados a lo largo de su vida. Esto también ayuda a construir a un Johnny más empático para la audiencia. No recluta bravucones para su dojo, sino que éste se convierte en un espacio seguro para los chicos y chicas. Mientras sus estudiantes aprenden a defenderse, el sensei va descubriendo los problemas que conlleva conducirse “sin piedad” por la vida.

Por otra parte, la serie caería en las mismas narraciones simplistas que busca desafiar si no modificara también la percepción que tenemos de Daniel LaRusso. Si bien su recelo para aceptar el retorno del dojo que le hizo la vida imposible cuando llegó a California y, peor aún, dirigido ahora por su principal acosador, no resulta injustificado, sí queda en evidencia cómo él también se deja guiar a partir de perspectivas parciales. Un ejemplo de esto se encuentra en la escena en donde Johnny busca apelar el veto hacia Cobra Kai del torneo de karate. El comité organizador cita unos documentos en donde se señala que, debido a las acciones antideportivas de John Kreese, John Silver y Mike Barnes (eventos de The Karate Kid Parte III), el dojo quedó vetado de por vida. Daniel se opone a su restitución porque experimentó en carne propia los abusos de sus alumnos; sin embargo, Johnny no estuvo presente durante los eventos de la tercera entrega, por lo cual desconoce las acciones de Silver y Barnes. Es decir, no entiende por completo las razones de su antiguo rival. Del mismo modo, LaRusso tampoco permite que Lawrence le muestre cómo ha cambiado Cobra Kai, sino que siempre asume lo peor y busca truncar el negocio de Johnny en repetidas ocasiones. Las estrategias que Daniel utiliza en sus intentos para hundir al nuevo dojo distan de ser las ideales y, del mismo modo, al querer cerrar Cobra Kai, también atenta contra el único modo de subsistencia que tiene Johnny. Esto ocasiona que sea difícil respaldar por completo a Daniel. No queremos que Lawrence pierda su fuente de ingresos ni su posibilidad de redención, pero LaRusso no tiene acceso a esta información. Se está guiando a partir de una perspectiva sesgada.

No obstante, Daniel no se convierte en el villano. Descubrimos que, a pesar de su estilo de vida acomodado, aún extraña la presencia de su mentor y el equilibrio que ésta le traía a su vida. En tal vez una de las escenas más emotivas, cuando visita la tumba del señor Miyagi,  reconoce que se ha dejado llevar por sus emociones y que le gustaría contar con sus consejos. Cobra Kai deja en claro que Daniel no es Miyagi, pero aún así muestra que está actuando de la forma que él considera correcta. Cuando decide reabrir Miyagi-Do Karate, él piensa que es la mejor manera para contrarrestar Cobra Kai. Hasta cierto punto, la serie le da algo de razón, pero su error radica en su incapacidad para perdonar a Johnny y, en consecuencia, para darle la oportunidad de demostrar que desea ser un mejor sensei que Kreese para sus alumnos, en lugar de continuar con las mismas enseñanzas. Ambos son ejemplos de que ‘no hay malos alumnos, sino malos maestros’, pero no se busca mostrarlos como maestros incompetentes, sino como dos personajes que aún sienten el peso de sus antiguos senseis y sus enseñanzas. Johnny va comprendiendo los diversos problemas que la filosofía ‘Golpea primero. Golpea más fuerte. Sin piedad” tiene en la vida cotidiana. Él busca no cometer los errores de Kreese y que sus estudiantes no se conviertan en adolescentes problema como él una vez lo fue. Es cierto que no siempre acierta y que su rivalidad con Daniel lo hace actuar de forma impulsiva en ocasiones, pero Cobra Kai insiste en que sus intenciones son mejores que la ejecución de éstas. Asimismo, Daniel busca honrar al señor Miyagi y a sus enseñanzas, pero también es un sensei novato. Ver cómo LaRusso busca hacer lo que él considera correcto como un tributo a un mentor tan entrañable y lo difícil que esto le resulta nos ayuda a simpatizar con él, pero no nos conduce a retirar nuestro apoyo de Johnny. Queremos ver que ambos triunfen porque ninguno es construido como un héroe o como un villano en su totalidad.

No sería posible concluir esta entrada sin ahondar un poco más en la nueva generación de estudiantes. La serie no tendría el mismo éxito si sólo se enfocara en Daniel y Johnny. Incluso la reacción de otros personajes hacia la rivalidad LaRusso-Lawrence deja ver que es una rivalidad de preparatoria extrapolada. Si Cobra Kai se limitara a ambos, la rivalidad terminaría por verse algo ridícula y sería un mensaje contrario al de crecimiento que maneja. Sin la presencia de sus estudiantes, no podríamos ver las dificultades que enfrentan al tratar de administrar sus dojos ni la influencia que tienen como maestros, tanto positiva como negativa. Si bien la mayoría de los personajes merecen su propio análisis, considero pertinente mencionar a los otro dos quienes, junto con Miguel, forman una nueva versión del triángulo amoroso entre Daniel-Ali-Johnny de The Karate Kid.

Díaz y Samantha LaRusso son un reflejo de la interacción entre Daniel y Ali ‘con I’. Él es el chico nuevo y víctima de los bravucones de su escuela, quienes lo orillan a aprender karate para defenderse, mientras que ella es la chica de una clase acomodada. La serie construye su relación como la sucesora de LaRusso y Mills al grado de que su primera cita tiene lugar en el mismo sitio donde la pareja de la primera entrega tiene la suya. Las secuencias en Cobra Kai son una reproducción casi exacta de aquellas en la película. Sin embargo, también funciona para mostrarnos lo que podría haber sucedido con Daniel y Ali si este no hubiera encontrado a Miyagi. Del mismo modo, Samantha no se limita a ser la ‘chica de buen corazón’ que queremos que se junte con el héroe de la historia, como sí queda relegada Ali. Ella también incurre en acciones cuestionables, como no defender a su mejor amiga de toda la vida con el fin de no perder su lugar entre las personas ‘populares’, pero también es víctima de otras. Es decir, Sam tampoco es construida de forma simplista, ‘héroe’ o ‘villana’, sino como un personaje más complejo. En ocasiones resulta complicado simpatizar con ella, pero en otras es más sencillo apoyarla.

El rival de Miguel, tanto en el karate como por la atención de Sam, es Robby Keane (Tanner Buchanan). Si la rivalidad Johnny-Daniel no tuviera elementos suficientes para ser intensa por sí mísma, Robby es el hijo delincuente del primero, pero su relación con su padre es inexistente debido a la ausencia de éste en su vida. La presencia de Robby funciona como otro contrapeso entre Cobra Kai y Miyagi-Do. Si Miguel es el ejemplo del personaje cuya actitud se vuelve más violenta debido a las enseñanzas de su dojo, Robby representa lo contrario. Primero busca al ahora señor LaRusso con el propósito de molestar a su padre, pues conoce la animadversión que existe entre ambos. Con el paso de los episodios, a través de las enseñanzas de Daniel, Robby va encontrando su equilibrio y se aleja de las influencias y prácticas negativas en su vida. Díaz nos permite imaginar lo que habría sido de Daniel si se hubiera unido a Cobra Kai en la primera entrega en lugar de entrenar con el señor Miyagi, mientras que Keane puede ser visto como el qué hubiera pasado si Johnny Lawrence hubiera tenido la fortuna de encontrarse con un mentor distinto a Kreese. No obstante, la serie los construye de una manera en la cual es complicado señalar al ‘bueno y al malo’, porque ambos cometen errores, incluso cuando sus intenciones son buenas, así como también tienen momentos en donde actúan con el fin de perjudicar al otro.

En conclusión, Cobra Kai es una serie que se construye a partir del equilibrio entre retomar una franquicia tan querida como The Karate Kid y los elementos que la volvieron popular y presentar a la nueva generación de estudiantes. Si bien la rivalidad LaRusso-Lawrence sigue presente, la idea del ‘héroe contra villano’ que se exploró en la primera entrega es puesta a prueba mediante la evolución de los antiguos rivales y la adición de nueva información acerca de sus vidas. Ninguno de ellos se construye bajo la premisa ‘este es el bueno y debes apoyarlo’ y ‘este es el malo y te tiene que caer mal’, sino que ambos tienen actitudes cuestionables, pero también buscan dirigir sus dojos bajo las directivas que consideran más convenientes, mismas que parten de las distintas filosofías presentes en la primera entrega. Del mismo modo, sus nuevos estudiantes oscilan entre ambos extremos. Si bien la serie no busca justificar sus comportamientos más problemáticos, sí busca enfatizar cómo la división entre ‘héroe’ y ‘villano’ no es tan simple como se presenta en ciertas ocasiones. Cobra Kai es un regalo para las/os antiguas/os fanáticas/os de The Karate Kid con todas sus referencias y el retorno de sus personajes, así como la continuación de su historia; sin embargo, también puede ser disfrutable para aquellas personas sin conocimiento previo de la franquicia, pues, al igual que ocurrió con la primera entrega, la serie tiene personajes y situaciones con las cuales es sencillo identificarse. Si bien puede llegar a ser complicado elegir Cobra Kai o Miyagi-Do, justo ahí reside su mayor fortaleza: no es una nueva entrega de una rivalidad de ‘buenos contra malos’, sino una exploración de las distintas dimensiones que pueden tener las personas y lo problemático que resulta separarlas entre ‘héroes’ y ‘villanos’.

Charlie Vargas

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