Especial navideño 2020: nuestras ficciones decembrinas favoritas

Estamos acercándonos al cierre de un año que se ha sentido en muchas ocasiones como un siglo sin fin. Sabemos que, para muchas personas, la situación actual implicará diversos cambios y ajustes en la manera de vivir las fiestas decembrinas en contraste con años anteriores; los rituales decembrinos implican una manera de conectar y compartir con sus seres queridos. Pero, lo que también sabemos, es que las ficciones nos han ayudado en este año, quizá más que nunca, a mantener esos puentes con las personas que queremos (podríamos adivinar que muchas personas hemos vivido esos intentos más o menos exitosos por sincronizarse para ver alguna película en la distancia) e, incluso, con nosotrxs mismxs, ya sea al regresar a las ficciones que amamos o al descubrir otras nuevas que vayan a seguir a nuestro lado por mucho tiempo más.

Es en honor a estas ficciones que nos han acompañado en tiempos difíciles y a las fiestas decembrinas que quisimos escribir una entrada un poco diferente. En esta ocasión, nos gustaría compartirles nuestras ficciones favoritas de la temporada y reflexionar muy brevemente sobre las diversas costumbres y anécdotas alrededor de ellas, ya sean gustos recientemente adquiridos o ficciones que nos hayan acompañado desde que tengamos memoria. Les invitamos zambullirse con nosotrxs en este recorrido decembrino. Esperamos se diviertan tanto como lo hicimos al escribir sobre ellas.

Alejandro G.  

Pensando en qué escribir para esta entrada pasé por distintos lugares: desde la adaptación de A Christmas Carol (1994) de los Picapiedra hasta Die Hard (1988). En mi casa, no se acostumbraba a ver películas navideñas y, en general, nunca he tenido una tradición decembrina particular. Por otra parte, las ficciones navideñas existen de variadas formas y géneros y comparten pocas cosas en común, salvo la fecha en que se sitúa la acción y, en general, una exaltación de la familia nuclear y la convivencia con las demás formas de forma solidaria y no egoísta. (Por eso, para mí nunca ha tenido sentido que pasaran Titanic (1997) en Canal Cinco en Noche Buena). Siento, además, que la idea de ficción navideña está muy ligada al cine hollywoodense y, fuera del libro de Dickens, me fue complicado pensar en otras obras literarias o en algunos videojuegos que pudieran pertenecer a esta categoría. Por fortuna, en noviembre llegó a nosotros Marvel’s Spider-Man Miles Morales (2020).

El nuevo juego de Insomniac Games (del que ya he escrito aquí antes) sigue las aventuras del neófito superarácnido Miles Morales mientras intenta defender Harlem de la corporación Roxxon y del grupo rebelde Underground. A pesar de ser una historia de afirmación heroica, es una historia navideña hecha y derecha. Se desarrolla en Nueva York durante el invierno y muchas de las calles están adornadas para esta época del año, además de tener un traje especial para el joven arácnido. Por otra parte, en su núcleo se halla una historia familiar de amor y redención en la que al final el protagonista y los personajes aprenderán a dejar de lado sus diferencias por aquello que vale la pena: las relaciones personales sanas y recíprocas. Además, su historia principal es suficientemente corta para jugarse en dos o tres días, por lo que bien podría instituirse como una tradición navideña. Ya el tiempo dirá, pero con gusto volveré a colgarme entre los edificios neoyorquinos mientras suenan en el fondo las canciones de Michael Bublé y Luismi (que pondré yo en Spotify porque la música del juego es más hip-hopera) y me tomo un ponche de frutas hirviendo.

© Insomniac Games

Si se han sentido encerradxs por la pandemia y siempre han querido visitar Nueva York en navidad porque vieron demasiado Mi Pobre Angelito 2 (1992) en Canal Cinco, recortada y con anuncios, Marvel’s Spider-Man Miles Morales es una gran opción.

Menciones honoríficas:

Klaus (2019)

El origen de los guardianes (2012)

Rebeca

Amix, no les voy a mentir, fue muy difícil pensar en qué ficciones relaciono con la navidad y tratar de analizar el porqué del asunto. Nunca me había puesto a reflexionar conscientemente acerca de los productos culturales que relaciono con la época y sobre qué me es indispensable para sentirme navideña. Este año, por ejemplo, no tuve un árbol de navidad ni decoraciones en mi casa, pero sí me he sentido bastante navideña, quizá porque he pasado una buena parte de los días escuchando playlists navideñas que inician con el clásico “All I Want for Christmas” de Mariah Carey. También he visto unas cuantas películas navideñas, muchas malas, otras clásicas y unas cuantas que no propiamente navideñas. Por ejemplo, me di cuenta que relaciono mucho Little Women (1868) con esta época (quizá porque el libro abre con una anécdota navideña de las hermanas March) y me transmite ese sentimiento de cariño acogedor que generalmente asocio con la navidad. Si bien no tuve tiempo de releer la novela, decidí compartir la película de 2019 con dos de mis grupos de secundaría durante esa última semana de clases donde ya nadie quiere hacer nada y creo que fue lo que realmente me hizo entrar en modo navideño.

Otro clásico para mí en esta época es Love Actually (2003). Es muy curioso porque justamente hace un par de semanas un amigo nos explicaba lo mucho que odió la película y cómo no entendía la fascinación de la gente con ella. Estuve reflexionando y creo que tiene razón en varios aspectos, en términos cinematográficos no es una muy buena película y muchas de las historias son cuestionables en la época actual, pero me fascina la idea de que haya amor en todas partes, incluso en las acciones más comunes o rutinarias. Este año disfruté ver Love Actually porque me gusta pensar que esa capacidad de amar es algo que el Covid no nos ha quitado y eso me llena de esperanza.

© Universal Studios

Mayra

Mi familia nunca ha sido de fiestas grandes y aparatosas para pasar navidad. Lo que más me gusta de la época son los pequeños rituales que forman parte de la celebración; mis favoritos giran en torno a la comida de la cena del 24 (siempre tiene que haber pasta, y si tengo chance de hacerla en casa, mejor) y a los adornos y luces que me sigue emocionando sacar de sus cajas cada año. Al empezar a pensar en ficciones navideñas para esta entrada, mi mente también pasó por Love Actually, que vi por primera vez cuando estaba en secundaria y que todavía sigue siendo una de mis confort movies cuando no quiero pensar demasiado (aunque concuerdo con la idea de que algunas de las tramas no envejecieron bien), y por Mickey’s Christmas Carol (1983), la adaptación animada de Disney del clásico de Dickens que siempre me hacía llorar cuando la veía en el VHS que tenía cuando era pequeña. Creo que lo que más me resaltó al pensar en estas narrativas es la repetición puede convertirlas en una parte más del ritual familiar navideño.

Abriendo ese baúl de los recuerdos, me vino a la mente uno del que querría hablar en esta ocasión. Crecí viendo capítulos de Mr. Bean (1990-1995). Recuerdo haber visto algunos en la televisión y reír y reír con ellos. Tiempo después, mis papás consiguieron una caja de DVD con varios capítulos —que no fue sino hasta mucho después que me di cuenta de que era la serie completa y que no había ningún capítulo con Mr. Bean que no hubiera visto; en fin, la tristeza total—. Desde hace unos años para acá, se volvió una mini tradición ver el capítulo navideño de la serie, “Merry Christmas, Mr. Bean”, la noche del 24, tras la cena (en mi casa siempre hemos cenado temprano en nochebuena), en el que seguimos al personaje titular mientras atraviesa diversas peripecias en torno a las festividades navideñas: desde jugar con los elegantes aparadores navideños de Harrods y adivinar mañosamente el peso de un pavo, hasta lo cómicamente desgarrador de mandarse tarjetas navideñas a sí mismo; en fin, una colección de aventuras muy a la Mr. Bean, pero en tiempos de las fiestas decembrinas. Posiblemente mi parte favorita sea cuando, incidentalmente, Mr. Bean termina conduciendo un conjunto de metales que estaba tocando villancicos en una plaza pública; no importa cuántas veces lo haya visto, siempre me hace soltar una sonrisa.

© Tiger Aspect

Pensé en escribir un poco sobre este capítulo en específico porque me recuerda a mi infancia (y a mi no-tan-infancia, siendo honesta), pero, en especial, porque en la nochebuena de 2018 lo vimos con mi abuela y ésa sería la última nochebuena que pasaríamos con ella. Quizá este año lo veamos (o hayamos visto) en su memoria, siempre se divirtió mucho también con esos capítulos, y quizá podamos sentir que nos acompaña en esos momentos. A final de cuentas, me parece que lo más bonito de la navidad no son los adornos, ni la cena, ni los regalos, sino la posibilidad de compartir un momento con tus personas cercanas, tu familia por elección, y crear esos pequeños rituales que probablemente te acompañen toda tu vida.

* * *

Por parte de todo el equipo de Inexistente, les deseamos muy felices fiestas y esperamos que 2021 sea un año más amable para todxs.

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