El sueño del príncipe azul: la fascinación por la familia real en The Crown (2016~)

No les voy a mentir, el trabajo como maestra en este esquema de clases virtuales es muy pesado y me deja muy poco tiempo libre para dedicarme a otras actividades. Aun así, encontré tiempo para ver la última temporada de The Crown en tres días. Y es que justo cómo me pasó con la temporada anterior, el drama de las relaciones personales entre la familia real se sentía como un adictivo secreto que no te cansas de escuchar, al contrario, quieres seguir viendo para saber qué más va a pasar (o, más bien, qué más pasó).

Sin duda, uno de los aspectos que más destacan dentro de esta temporada es la aparición de Lady Diana (Emma Corrin) y su inclusión dentro de la familia real británica. En el episodio 9, la princesa Diana aparece en el escenario de la Royal Opera House y cautiva al público con un baile en honor del cumpleaños de su entonces esposo, el príncipe Carlos. Es justo esta escena que me hizo recordar una tarde que pasé con mi papá viendo videos de YouTube: él me estaba enseñando sus apariciones preferidas de la princesa Diana, incluida una donde aparecía bailando en un concierto (no el mismo que aparece en la serie). Por lo visto, mi papá había seguido de cerca la historia de Lady Di y sus apariciones públicas, y sabía muchísimos detalles acerca de su vida. El ver esta temporada de la serie me llevó a recordar esa tarde con mi papá, los dos sentados en el sillón admirando a la “princesa del pueblo” y a cuestionarme esta fascinación con la realeza británica que parece extenderse a todas las generaciones. Es por eso que en esta entrada reflexionaré en torno a la manera en que The Crown retrata a la familia real británica con una mezcla ficción y realidad para crear una serie atractiva para el público y cómo estos dos aspectos se relacionan con la fascinación por la vida de esta familia.

© Netflix

En primer lugar, me gustaría discutir brevemente un fenómeno muy curioso que he notado desde que la serie surgió. La ficción histórica es un género anclado en la realidad pero que toma licencia para añadir, modificar e incluso contradecir eventos que ocurrieron en la vida real. Es natural que los escritores de este tipo de ficciones se tomen estas libertades porque no tenemos manera de saber qué ocurrió exactamente en cada momento de la vida de estas personas. Lo curioso es que parece ser que una buena parte de la audiencia toma lo que acontece en la serie como una verdad histórica. Por otro lado, e igualmente curioso, una buena parte de la audiencia se mete de lleno en la serie como si fuera cualquier otra ficción, incluso se cuida de los “spoilers”. Es una problemática que surge con todas las ficciones históricas pero resulta particularmente relevante con The Crown por lo cercana que está la Historia a nuestros tiempos. Es un poco extraño ver un recuento de los acontecimientos más importantes en la vida de una persona que no ha muerto (un poco como Rocketman [2019) con Elton John) y esto tiene repercusiones en la vida real. Por ejemplo, varios sitios de noticas reportan que la popularidad del Príncipe Carlos y de Camila Parker ha decaído a partir de los hechos mostrados en esta nueva temporada (es decir, la manera en que Carlos sostuvo un romance con Camila Parker mientras estaba casado con Diana Spencer).

Adicionalmente, me parece que uno de los aspectos que hace que The Crown sea tan exitosa es la desmitificación de la familia real británica como seres distintos a nosotres, los comunes, los que no nacieron con sangre azul. Aunque los medios internacionales se encargan de cubrir los pormenores de la vida de la realeza británica, el contenido que obtenemos proviene principalmente de apariciones públicas que ocurren como consecuencia del cumplimiento de los deberes reales. Esta cobertura mediática comenzó a intensificarse cuando se televisó por primera vez en la historia una coronación: la de Isabel II. La serie relata este hecho en su primera temporada, así como el remonte en la popularidad de la corona británica que otorgó la realización de un documental acerca de la vida en el palacio pero, ¿por qué la imagen que da The Crown de la reina y su familia es diferente a la de la prensa? La respuesta más sencilla es que nos permite ver la vida privada y entender que tienen conflictos ordinarios a pesar de haber sido “elegidos por Dios” para estar a la cabeza de la monarquía.

La aparición de Diana Spencer funciona precisamente para resaltar las diferencias y las similitudes entre los conflictos en la familia real y aquellos de las familias “ordinarias”; su dramática historia de amor con Carlos justamente provee un repunte en la fascinación por la vida privada de la realeza británica. La primera vez que aparece en pantalla, Diana es una niña disfrazada de árbol para participar en la obra que están poniendo en escena en su escuela: Midsummer’s Night Dream (1605).[1] Diana se las arregla para conocer al Príncipe Carlos, que en ese entonces estaba saliendo con la hermana mayor de ésta, y de este primer encuentro destacan dos aspectos que permanecerán presentes durante toda la relación de los dos personajes: la enorme diferencia de edad que existe entre los dos (él es trece años mayor) y la inherente inocencia de Diana. Claramente su deseo de conocer a un verdadero príncipe (como los de los cuentos) está ligado a una fantasía un poco infantil, pero el asunto es que Diana era muy joven cuando se comprometió y se casó con Carlos, lo que significa que todavía conservaba un poco de esa ingenuidad infantil que vemos en esa primera aparición.

© Netflix

Ahora bien, Diana no era precisamente una persona “del pueblo”, sino que provenía de una familia con una tradición aristocrática e incluso había convivido con la familia real durante su infancia; sin embargo, verla compartir un departamento con sus amigas o salir de fiesta con ellas, así como saber que era asistente de maestra de kínder y trabajaba limpiando la casa de su hermana son aspectos que la diferencian de la familia real, porque ningún miembro, antes de ella, había vivido tales cosas. El ejemplo más notorio es cuando Diana se muda al Palacio de Buckingham después de anunciar su compromiso con Carlos; este último se encuentra en un viaje diplomático y Diana se encuentra sola y aburrida, por lo que decide desempolvar sus patines y usarlos para recorrer los pasillos del palacio mientras escucha música.

© Netflix

Esto no sólo sirve para mostrar que Diana todavía era una adolescente al momento de su matrimonio, sino que también sirve para explicitar cómo difieren sus intereses y su manera de pensar con aquellos de la familia real. Es justo por eso que fue tan popular y tan amada por tanta gente en todo el mundo: no sólo porque representa el cumplimiento de la fantasía infantil de casarse con un príncipe, sino que además es alguien que comprende los intereses y las necesidades de su pueblo porque ha estado de los dos lados. No hace actos de caridad porque es su deber o para favorecer su imagen pública; su preocupación parece tener origen en un deseo genuino de ayudar a otros. Y justo su voluntad de ayudar a los demás cuando ella misma estaba sufriendo un desorden alimenticio, la infidelidad de su esposo y la soledad de pertenecer a la familia real hace su historia aún más trágica y más anclada en la realidad porque rompe con el mito de que la vida de la realeza es perfecta.

Entonces, Lady Di no sólo muestra un carácter más humano y menos frío que el resto de la familia real, sino que desmitifica el cuento de hadas y el “felices para siempre” y muestra que aquellas personas que teníamos en un pedestal sufren igual que nosotres (sólo que lo hacen en lugares mucho más lujosos). La humanización de las figuras de la realeza (al mostrarnos que sufren desamor, rechazo, inseguridad o celos) genera la sensación de que realmente no son tan diferentes de nosotros. En términos de identificación, puede resultar reconfortante saber que la Reina Isabel ha sufrido celos, saber que el príncipe Carlos se siente aislado y sufre de bullying en el colegio o saber que la princesa Diana se encuentra en una relación amorosa no correspondida. De hecho, al ver esta temporada entendí por fin la fascinación con la princesa Diana que todavía invade a muchas personas, entre ellas mi papá: Diana muestra una vulnerabilidad que sólo puede ser humana, su carisma y su identificabilidad nos hacen pensar que quizá algún día alcancemos una posición igual de privilegiada.

El amor y la fascinación por la familia real probablemente vengan de los cuentos de hadas que nos leían en la infancia. La familia real británica está asociada con la ilusión de la perfección y es un ideal a alcanzar, ese “felices para siempre” que nos invitaron a perseguir desde una edad muy temprana. The Crown hace lo que Lady Di logró hacer hace tantos años: acercar al pueblo a la realeza y resaltar las cualidades humanas y la vulnerabilidad de las personas que la conforman.

Notas:

[1] No es casualidad que se trate de esta obra en específico, ya que uno de los conflictos principales de la obra consiste en que dos parejas de enamorados se ven envueltas en un enredo romántico (causado por una poción de amor administrada por el Rey de las hadas) que ocasiona que dos de los hombres acaben enamorados de la misma mujer. La trama también aborda la idea del matrimonio por obligación y todo esto sirve como presagio de la relación que tendrán Carlos y Diana y, a su vez, Carlos y Camila Parker.

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